El largo camino a Valinor (1): Ausencias y Camino

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Personajes originales. PG13. Aventuras.

Rating: R
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por JRR Tolkien, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Escrito antes de ver las películas, pueden contravenir algunas cosas de las que contó Peter Jackson. Cuarto puesto en el I Concurso de Relatos Hispanos de AnilloUnico


AUSENCIAS

"Adiós bosques dorados...". Repitió esta frase ante cada árbol de Lothlorien, durante los tres días previos a su partida. "Adiós bosques dorados..." y, a cada palabra, deseaba que una voz casi olvidada le susurrase que no se iban posando la mano en su hombro. Que se quedaban. Que Lothlorien era su hogar y ni todos los Valinor de Arda podían cambiar eso. Pero llegó al último árbol, su árbol. Lo había plantando hacía solo cien años y ya alcanzaba a los demás en altura, sin embargo sobresalía entre el resplandor de Lothlorien como un rubí entre esmeraldas. "Adiós, mi amigo plateado". Era el único árbol del color de la luna, del color de sus ojos. En sus raíces, el pedazo de papel con su nombre, Belial Sinhendu, se habría descompuesto largo tiempo atrás, y las raíces ya se entretejían con las de los mallorn. Quién sabía si muchos años después esas raíces enredadas no producirían árboles con hojas de plata y oro a la vez...

- Belial, nos espera un largo viaje. Conviene que todos estemos preparados para partir al amanecer.

- Sí, madre.

Se iban. No había más remedio. Alguien había decidido por ella mucho tiempo atrás, quizá antes incluso de que Eru desencadenara la vida en Arda. Los elfos debían abandonar sus bosques y partir a Valinor, para vivir eternamente. Durante toda la Tercera Edad, que ya llegaba a su fin, habían viajado hacia el mar. Su época se acababa... ¿qué significaba eso? ¿Cómo podía acabarse la época de un pueblo floreciente e inmortal como los elfos? Sabía que más allá de Rohan se libraba una guerra de dimensiones inabarcables para ella, una guerra que sabía decisiva. Lo sabía porque todos sus pensamientos se hallaban lejos, luchando contra algo que incluso la dama Galadriel prefería no mencionar. Legolas estaba allí, combatiendo. Pero Belial estaba en Lothlorien. Y huía.

Trepó a la copa de su árbol saltando, y sacó de un tirón el fardo incrustado entre dos de las ramas superiores. Apartó el carcaj y los guantes; migas de lembas y hojas plateadas que guardaba por sus formas caprichosas. Finalmente encontró lo que buscaba. Desplegó la capa oscura, de una piel de calidad bastante inferior a sus propias ropas, y se la echó sobre los hombros. También sacó del carcaj una flecha diferente, algo más pesada y larga que las suyas. Cerró los ojos. No quería marcharse. No podía marcharse. ¿Y si Legolas volvía y no la encontraba? O tal vez en realidad no iba a hacerlo... pero dijo que volvería. Lo recordaba con exactitud.

- Prometo que cuando vuelva te ayudaré a mejorar la puntería - habían sido sus palabras exactas. Las había dicho la noche siguiente a su llegada, mientras el bosque en pleno observaba asombrado al resto de los visitantes. Belial nunca había visto otra cosa que elfos. La asustó el pelo áspero que los dos humanos tenían en la cara. Los que llamaban "medianos" eran unos seres risueños y comilones que arrancaron no pocas carcajadas con su comportamiento extravagante, al menos dos de ellos. Eran tres, o quizá cuatro. No podía precisarlo. Sólo recordaba que había otro sumido en una especie de angustia muy diferente a la de sus compañeros. Aunque de vez en cuando los otros también parecían entristecerse. En el bosque corría el rumor de que habían perdido a un compañero atravesando las montañas pero sólo Galadriel sabía la verdad. Y luego estaba el enano... era un ser grotesco y rudo, pero Belial se lo había pasado en grande observando la cara de sus mayores al verle. Gimli había contado maravillosas historias sobre minas y tesoros a los elfos más pequeños, que aún no compartían aquella estúpida manía predeterminada entre elfos y enanos. Belial nunca había imaginado ver uno de cerca, y disfrutó con sus historias y aquellas maneras espontáneas. De hecho, de todo el grupo aparte de Legolas, sólo recordaba aquel nombre. Gimli. La gustaba pronunciarlo de vez en cuando, porque su mero recuerdo la hacía sonreír.

- Gimli - repitió tímidamente bajo la capa. Pero aquella vez el recuerdo del enano barbudo sólo la entristeció. Tal vez ya estuvieran todos muertos. Y por lo que tenía entendido, si ellos estaban muertos todo Endor lo estaría en breve. Una nube de luminosa seda blanca se acercó por la pasarela que unía algunos de los árboles.

- Los enanos son pequeños en apariencia pero grandes en actos, ¿verdad Belial? Yo también me he acordado a menudo de los que se fueron...

- Mi señora... - hizo ademán de levantarse, pero Galadriel hizo un suave gesto deteniéndola mientras se sentaba junto a ella. La señora conocía el nombre y la vida de cada habitante del bosque, pero Belial jamás había cruzado con ella más que impresiones sobre el tiempo o el sonido de algún arpa. Muchísimas de las elfas jóvenes tomaban a Galadriel como consejera, y revoloteaban alrededor de ella pidiéndole opiniones y bromeando.

- He observado que pareces realmente afligida por la marcha, Belial. ¿Qué sucede? A todos nos apena dejar Lorien, pero en ti veo una melancolía cercana a la desesperanza... - los dedos de Galadriel se movieron con dulzura por el pelo ligeramente rojizo de Belial, que alzó la cabeza encontrándose con unos ojos preocupados.

- Señora... Lorien es mi casa. No comprendo esta marcha, y la verdad es que quisiera quedarme - susurró con timidez. Galadriel asintió, y bajó la mano hasta sus hombros.

- ¿No es esta la vieja capa del elfo Legolas? - sonrió alisándola con los dedos.

- Sabéis que sí, mi señora - asintió Belial. La misma Galadriel se la había dado. Bueno, en realidad simplemente la dejó en sus manos cuando la misteriosa comitiva partió arropados con las grises capas élficas de Lorien. Nadie la había reclamado. La sonrisa de Galadriel se tornó comprensiva.

- Claro que lo sé. Y sé que despedirte de tu hogar es sólo una pequeña parte de tu interés por quedarte aquí. Igual que supe que amabas a Legolas. ¿Por qué si no iba a entregarte una capa de mala calidad que habría seguido el mismo camino que las de sus compañeros? Cuéntame qué sucede.

Y se lo contó todo. Que todo el mundo había estado tan atento a los medianos, humanos y enanos que ella pudo quedarse junto a Legolas, un elfo, igual que ella y por tanto no tan extraordinario a los ojos de los habitantes de Lorien. Cómo habían hablado noche tras noche sobre viajes y lugares que sólo conocían por el nombre. Que había prometido volver y ella tenía que estar allí, esperándolo...

- Y mi señora... ni siquiera sé si sigue vivo, si la lucha está perdida, si este viaje conduce a algo... - cuando terminó de hablar las lágrimas se deslizaban sin medida por su cara y las manos de Galadriel, que la abrazó levemente. Belial no tardó en enjugarse el llanto, que había brotado de forma inconsciente. Llorar delante de otros seres era indigno.

- Yo no puedo impedir este viaje. No está en mis manos. Y tenemos que partir, porque es largo el camino y peligroso incluso para nosotros. Lorien ha conseguido mantenerse a salvo todo este tiempo. Belial, todos los elfos acabarán llegando a Valinor. Ven con nosotros cuando partamos, y en Valinor te encontrarás con Legolas.

Belial se pasó las manos por la cara, húmeda y congestionada. Le costó encontrar las palabras, pero aquella pregunta intentaba salir de su cabeza desde hacía demasiado... Tal vez así dejara de atormentarla.

- ¿Y si ha muerto? ¿O está luchando ahora mismo pero muere al final de la batalla?

- En tal caso, daría igual esperarlo aquí que en Valinor. Os encontraréis en el día que está por llegar. Sé que una nueva idea está rondándote por la cabeza...

- ¿Lo sabéis?

Galadriel asintió. Belial estaba decidida, y obligarla a seguir viaje la condenaría a una existencia de soledad y melancolía. Podía percibir esa tristeza desgarradora que anidaba en el pecho de la joven y comenzaba a salir de sus ojos grises. Belial habría hecho una buena vida entre su propia gente. Pero estaba encaminada a otra senda. En cierto modo su amor era una maldición

- Eru te bendiga. Te deseo todos los bienes en tu viaje, Belial Sinhendu de Lorien. Mañana seguirás viaje hacia Rohan. Ven a verme antes del alba, y después espero que la despedida sea sólo temporal - se inclinó besándola en la frente. Luego, en un murmullo apenas perceptible, añadió con rapidez: - Ojalá los tres nos veamos en Valinor, pequeña.

La señora se levantó y la dejó sola en la oscuridad del árbol plateado.

CAMINO

"Día primero. Si cabalgo deprisa, puedo llegar a la Ciudad Blanca en poco más de una semana. La señora Galadriel me dio este cuaderno para anotar mi camino. "Escribe lo que te suceda, porque lo que está escrito no es volátil como lo son las palabras. Tal vez dentro de 2000 años la Tierra Media recuerde a la única cronista elfa de Lothlorien" me dijo. Pero creo que es una labor demasiado grande para mí. Yo no soy una luchadora, ni una cronista, ni nada similar. Sólo busco una promesa..."

Galadriel no sólo le había regalado aquel ligero pero grueso fajo de pergaminos; también un ligero caballo de crines negras y pelaje gris llamado Vanda, al que Belial ya conocía. Tenía también su arco, una daga que sólo utilizaba para fabricar flechas, su capa gris con la ropa de montar. Y una pequeña bolsita colgada del cuello, escondida entre las ropas... Evitaría las llanuras abiertas y rodearía Rohan por el camino más cercano a Fangorn, pero sin llegar a entrar en el bosque. Cabalgaría durante el día y parte de la noche. O al menos aquella era su intención en un primer momento.

En el anochecer de su segundo día de viaje había desmontado y caminaba delante de Vanda, hablándole en voz alta. Habían cruzado el Entaguas apenas unas horas antes, así que según sus cálculos ya estaban en Rohan. De repente escuchó gritos distantes a su espalda. Se giró cargando el arco, y al cabo de unos segundos vio tres antorchas que parecían volar hacia ella. Eran Rohirrim, y perseguían a cuatro bultos negros que Belial no consiguió identificar. Sólo cuando se acercaron más, pudo observar a los perseguidos, que empezaban a perder su ventaja debido a la velocidad de los jinetes.

Jamás había visto un orco pero había oído hablar de ellos, y aquella especie de falsificación de su propio pueblo la provocó una repugnancia instantánea. Las flechas de los Rohirrim no daban en el blanco. Los vio correr hacia la protección del bosque, cubiertos con harapos que anteriormente podían haber sido armaduras, y tras el desconcierto inicial disparó dos veces. Al ver caer a sus compañeros, los otros orcos se percataron de su presencia y cambiaron el rumbo. Puede que estuvieran huyendo, pero Vanda era comida en movimiento, o eso debieron pensar antes de que otras dos flechas cortaran su carrera en seco. Los jinetes de las antorchas se acercaron a los cadáveres y miraron en derredor, intrigados. No podían verla. Silbó indicándoles su posición, y uno de ellos se adelantó hasta alcanzarla.

- ¡Buenas noches! Excelente puntería amigo, aunque ya los teníamos en nuestras manos - saludó una muchacha desmontando del precioso alazán. - Me llamo Kurenai y este es mi caballo, Cinder.

Era una joven rubia, humana por supuesto, con una ancha sonrisa y protegida por un peto de cuero endurecido. A la espalda llevaba un gran sable. Sus ojos indagaron bajo la sombra, y echó hacia atrás la capucha de Belial

- ¡Demonios! ¡Si es una Orejas Puntiagudas! Dembar, ven a ver esto - el llamado Dembar era un chico algo mayor, pero inconfundiblemente hermano de Kurenai. Tenía el mismo cabello dorado y los ojos color miel, y era sólo un poco más alto que ella.

- Me llamo Belial Sinhendu - susurró ligeramente molesta por el apelativo. Dembar y Kurenai se dieron cuenta y estallaron en sonoras carcajadas, palmoteándola la espalda.

- Perdona a mi hermana. No sabe mantener esa bocaza cerrada ni un segundo - exclamó Dembar mientras Kurenai le miraba enfurecida. Belial no pudo evitar una ligera sonrisa. - ¿Qué hace un elfo por aquí, si me permites la pregunta?

- Voy a Gondor...

- ¡Caramba! ¡Es una caja de sorpresas! Nosotros también vamos a Gondor... pero antes vamos a pasar por algunas aldeas para reclutar rezagados. ¿Por qué no te unes a nosotros?

- Yo... creo que sólo os estorbaría. - musitó. Unirse a ellos sólo retrasaría su ritmo de viaje... aunque después recordó la fama de los corceles de Rohan, y viendo los fantásticos animales que montaban Kurenai y Dembar dudó unos segundos. La amazona rubia aprovechó al instante aquel resquicio de duda.

- ¿Estorbarnos? ¿Con esa puntería? Y tranquila, si estorbas los monstruos se ocuparán de librarnos de ti. No se hable más, en dos días de viaje hacia el Este llegaremos a nuestra aldea... si para entonces sigues viva será buena señal.

Y Belial asintió. Después de todo, habían alabado su puntería...

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