Personajes originales. PG13. Aventuras.
Rating: PG13
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por JRR Tolkien, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Escrito antes de ver las películas, pueden contravenir algunas cosas de las que contó Peter Jackson. Cuarto puesto en el I Concurso de Relatos Hispanos de AnilloUnico
HUMANOS
"Hemos llegado a la aldea de Dembar y Kurenai en apenas día y medio de viaje. Dembar es muy afable, y me hace compañía. Pero ella.. resulta tan brusca. En ocasiones me da miedo, pero supongo que todos los humanos son así en condiciones normales. Después de todo, los dos que acompañaban a Legolas eran más graves y serios que cualquier elfo de Lothlorien. La aldea consiste apenas en seis pequeñas casas amparadas por un bosquecillo insignificante, pero los habitantes nos han recibido alegres. No pueden evitar hacer preguntas sin cesar. ¿Cómo está yendo nuestro viaje? ¿A dónde vamos ahora? Viajamos hacia el Este por las llanuras, y de vez en cuando nos encontramos con un pequeño grupo de orcos. Los matamos sin apenas detenernos y seguimos... me alegro de no tener que acercarme a ellos. Me han dicho que Rohan antes no era así, que no se encontraban orcos en las llanuras. Pero en estos tiempos nada es imposible, y hablan de un hervidero de monstruos del Señor Oscuro destruido al sur de Fangorn. Kurenai y Dembar quieren ir a la guerra porque su padre murió allí. Él no les dejaba luchar, quería que permanecieran en la aldea para defenderla... ¿Quién defenderá Lorien si todo fracasa? ¿Quién evitará que el fuego y la desolación se traguen a los mallorn? Llevo el recuerdo de mi bosque como una losa al cuello..."
En la aldea de Dembar y Kurenai apenas quedaban más que niños y mujeres, pero al cabo de la noche fueron apareciendo hombres, unos querían sólo viajar a aldeas distantes y buscaban compañía. Otros iban a Minas Tirith. Sólo un par estaban dispuestos a continuar la guerra donde fuera, arrepentidos de su irresolución inicial. Belial contó una decena de personas preparadas para partir al amanecer siguiente. La madre de Kurenai era una mujer fuerte, como su hija, y no tuvo reparo en maravillarse ante Belial. "¡Jamás pensé que vería un elfo!" había exclamado llevándola de casa en casa como un niño que encuentra un animal extraño. Después ofreció a Belial cambiar a Vanda por un caballo de sus cuadras. No importaba si alguien era pobre o rico en Rohan, se percató Belial, mientras tuvieran un caballo. Pero rehusó el ofrecimiento cortésmente, y tomando su cuenco se fue a cenar al calor de una pequeña hoguera lejos del bullicio general.
Entonces Kurenai se sentó junto a ella y tiró varias ramas al fuego, vestida con una sencilla túnica de faena. Un sano color rosado empezó a aparecer en sus mejillas mientras recuperaba el calor. Su flequillo rubio bailaba al ritmo de sus movimientos y finalmente se volvió hacia Belial, que permanecía arrodillada absorta en la danza de las llamas.
- Es realmente extraño que uno de vosotros luche junto a... bueno, que luche en general. ¡Me alegra ver que no todos los elfos permanecen al margen de lo que sucede! ¿Luchas por la vuelta del rey de Gondor o por tu región?
Belial la miró largamente sopesando su respuesta. No pensaba mentir.
- Yo no quiero luchar... - los ojos de Kurenai se volvieron enormes.
- ¿Cómo? Pero... vas con nosotros a Minas Tirith. ¿Qué piensas hacer allí? Ah, ya entiendo. Vas a curar a los heridos ¿no? Es lógico, los elfos sabéis mucho de esas cosas.
- No... voy a buscar a alguien.
- ¿Un padre? ¿Un hermano? ¿Hay más elfos luchando acaso?
Sacudió la cabeza en una negación. Legolas la había explicado su misión con brevedad y sin extenderse, limitándose a recalcar su extrema importancia y su condición de secreto.
- Prometió volver... pero mi pueblo marcha ya hacia los Puertos. Así que yo voy a buscarle.
Kurenai comprendió al instante. Primero dejó caer la mandíbula totalmente desconcertada. De repente frunció el ceño enfurecida.
- ¡¿Vas a Minas Tirith por un hombre?!
- No es un hombre. Es un elfo.
- ¡Como si es un orco, maldita sea! A luchar no se va por un capricho. A luchar se va por honor, por creencias, o incluso por venganza si es lo que buscas. A luchar vamos por Rohan, por el Rey de Gondor y por toda Tierra Media... ¡no por un elfo!
- Yo no voy a luchar, Kurenai. Voy a encontrarlo.
- ¡Lucharás! Lucharás porque no tendrás más remedio. Y que no vuelva a subirme a un caballo si no consigo que luches por algo más que por un arquero...
- Puede que luche, pero no defenderé algo de lo que debo despedirme. Hubiera luchado por Lorien, pero Lorien ya no es mi casa. Tú luchas por honor y fervor de patriota, pero yo no quiero hacerlo. Y si lo hago, será por amor.
- Orejas puntiagudas... Sois una raza egoísta...
- No he visto nada que me haga cambiar de opinión.
Kurenai se levantó y la miró con altivez no exenta de cólera.
- Ojalá no lo veas. No sé si podrías soportarlo.
FORTUNA
- ¿Qué más armas llevas aparte del arco? A partir de ahora todo se complicará... llegaremos al Anduin esta noche y lo seguiremos hasta la muralla. Allí tendremos que dar un rodeo, y seguramente aparezcan muchos más monstruos - explicó Kurenai al despertar a la mañana siguiente, mientras se ajustaba la coraza sobre el grueso jubón.
- Una daga - murmuró Belial esquiva. La discusión de la noche anterior la había puesto muy nerviosa, y ahora veía una barrera entre sus compañeros de viaje y ella. Los humanos estaban locos... Luchaban casi por placer, lo consideraban no un deber, sino más bien un derecho. Y concretamente, Dembar y Kurenai se sentían orgullosos de ello.
- ¿A dónde crees que vas con eso? - rezongó Kurenai despectivamente al ver la daga. - El arco no te serviría de nada si un orco se te echara encima. Y esa daga... bueno, tal vez te sirva para pelar manzanas, pero desde luego no se clavaría ni en un pedazo de mantequilla. - se calló de repente. Frunció el ceño en un gesto de concentración y de repente pareció recordar algo. Abrió un armario cercano a la mesa y lanzó a Belial un tosco paquete de tela áspera. - Esto es lo único que te puedo dar. Los hombres se llevaron todas las armas. Supongo que también tendré que enseñarte a utilizarlas... espero que la legendaria habilidad de los elfos no sea un cuento.
Belial había ido abriendo la tela, para descubrir dos hoces plateadas. Su brillo la sobresaltó. Aquello no podían ser hoces de faena. Las hojas parecían recién afiladas, y eran delgadas y flexibles como un hilo de seda. Se quitó los guantes para poder apreciar la delicadeza del trabajo sobre el mithril. Ningún otro metal podía mostrar aquel brillo y resultar a la vez perdurable. Las hoces eran un verdadero trabajo de artesanía; una mostraba un grabado de estrellas enredadas. La otra, tenía grabada en la empuñadura una greca de olas.
- Hay algo escrito en las hojas - señaló Kurenai - Pero nosotros no hemos podido descifrarlo.
Aquello sacó a Belial de su ensimismamiento, y se fijó en los filos. Efectivamente, marcadas tenuemente en las dos hoces había varias runas élficas. Leyó primero la de las estrellas: Lossë, Nieve. El nombre de la segunda era Ëari, Mares.
- No es que se hayan pensado mucho los nombres, ¿no? - preguntó Kurenai ciñéndose la espada a la espalda. Pero Belial estaba intrigada.
- ¿De dónde las sacasteis?
- Eran de mi abuelo. Era... digamos que viajaba mucho, y les regalaban armas a menudo, así que supongo que se las darían. Personalmente prefiero mi espada. Esas hoces no durarán ni un golpe, pero tendrás que apañarte hasta que encuentres algo mejor. Además, se oxidarán enseguida.
- El mithril ni se oxida ni se rompe. Y no te preocupes, sabré manejarlas - respondió. ¿Cómo podía aquella humana, que tanto se jactaba de sus conocimientos sobre armas, ignorarlo? Kurenai se limitó a enarcar una ceja antes de salir de la casa.
- ¿Mithril? ¿Quieres decirme que esas hoces que parecen más un adorno que otra cosa, están hechas del famoso mithril? Apuesto lo que quieras a que no resiste un golpe de mi espada.
- Los elfos no apostamos - Belial se subió sobre Vanda y le espoleó. - Ya nos hemos entretenido demasiado, está saliendo el sol.
- Cobarde - rió Kurenai montando de un salto. Aquella elfa loca tenía mucho que aprender.

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