12-6-2002.
Cuando era niña, Maeve bailaba de puntillas sobre las hadas para no despertarlas. Tanto tiempo danzó, que las alas de aquel papel celofán se pegaron a sus tobillos, e hicieron sus giros más rápidos, sus saltos más altos, pronto Maeve bailaba también sobre los eléboros negros, envuelta en una tranquila inconsciencia de colores tan variables como el tornasol de sus ojos siempre cerrados. Sólo dos veces en toda su vida los abrió, la primera cuando levantó los brazos al cielo y se quedó suspendida en un movimiento incompleto. ¿Qué había pasado? A su alrededor de repente la pista de baile era un bosque que jamás había visto, incluso cuando había nacido del oscilar breve de sus raíces. La música había cesado. El mundo quedó en suspenso, porque Maeve había dejado de bailar por primera vez. Alzó los brazos al cielo de nuevo, pero las estrellas la miraron angustiadas. ¿Por qué había parado? Un murmullo de temor brotó de las entrañas de la tierra, y las criaturas giraron a su alrededor, intentando con sus vocecillas breves imitar la melodía de la naturaleza, ahora detenida, que el universo había creado para acompañar la respiración danzante de Maeve. Pero no sucedió nada. Y con los brazos extendidos y la mirada de nuevo oculta, Maeve esperó.
Milenios, eones, eras oscuras, que sólo parecieron segundos y a la vez se antojaban inacabables para el paisaje en calma alrededor de la bailarina inánime. No conocía el tiempo, y en el palacio vacío que era su mente, no había recuerdos ni otros pensamientos más que el ansia de completar su baile. Esperó, con los brazos extendidos. Esperó, y obtuvo recompensa, porque el aire llevó su coreografía inacabada de forma imperturbable a lo largo de la eternidad, entre las semillas volantes de los sauces, las invisibles lágrimas de las hadas que morían y el nacimiento de un nuevo mundo desconocido, encaminado a destruir todo lo que hasta entonces había esperado pacientemente que Maeve siguiera bailando.
El aire atravesó el mundo una y otra vez en su órbita errante, encontrando a cada vuelta nuevas cosas, nuevos odios, nuevas noches oscuras y artificiales. Y cuando se cansó, el aire tomó sus recuerdos, la magia muerta de la tierra, los últimos suspiros de aquellos a quienes ya no se puede ver. Con ellos se construyó un cuerpo a imagen del de Maeve, y volvió a su lado para entregarle todo lo que quedaba del universo para el que ella había dejado de bailar. Entonces, el aire corpóreo extendió sus brazos, de arena y vapor de agua, y se unió a los de Maeve, que sólo entonces pudo continuar su baile incompleto. Las alas de celofán de sus tobillos recuperaron el resplandor apacible de los sueños, los eléboros se irguieron sobre sus tallos, pero las hadas ya no estaban allí, y la música se hizo rápida y acelerada. El aire intentó seguir el ritmo, pero no pasó mucho tiempo antes de agotar su vida prestada. Maeve abrió los ojos por segunda vez en su vida, y vio la magia de las eras pasadas derramarse en sus dedos, y desaparecer barrida por un aire nuevo, uno que no conocía las historias de los seres antiguos, que no sabía bailar.
Maeve dejó de danzar. Alzó la vista al cielo, y las estrellas la ignoraron, demasiado ocupadas en curar sus heridas sangrantes. Desaparecieron los susurros dulces de las hayas y las encinas, el suave rocío virgen del cesped bajo sus pies. Maeve se dejó caer al suelo. "¿Por qué sigue sonando la música, si yo ya no bailo?" intentó preguntar. Pero jamás había usado su voz. No la había necesitado. Aquel aire nuevo golpeó sus cabellos mientras la dejaba morir. Sólo entonces contestó, pero ya todos los que podían oir el lenguaje del aire habían desaparecido de la faz de la tierra. "Ya no necesitamos el baile de la magia"

Leave a comment