Alice y las ratas: 1

Alice/OC. PG13. Angst. Pre-juego.

Rating: PG13
DISCLAIMER: Esta historia está basada en personajes de Lewis Carroll utilizados por EA Games, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Este fic fue escrito como regalo de cumpleaños para Elenis. Eve se llama así por la canción de Chantal Kreviazuk, que fue la que me inspiró. La última nota de Alice, sin contar la que escribió para la narradora (nunca le puse nombre, culpad a Rebecca >.<), está directamente sacada de allí.


Hevills no es un orfanato especial en ningún sentido. Imagino que en todos los asilos hay niños demasiado listos, demasiado crueles o simplemente demasiado acostumbrados a la vida entre esas paredes. Cuando salga de aquí daré gracias a un Dios en el que nunca he creído si el camino me lleva a cientos de kilómetros de cualquiera de estos niños. No se crea ninguna solidaridad entre nosotros, y muy pocos hacen amigos. Simplemente vivimos juntos, esperamos juntos el momento en que la puerta trasera se abra para dejarnos solos en un mundo que no conocemos. Eso sucede a los diecisiete o dieciocho años. Los que no pueden esperar, intentan escapar o mueren de pura desidia.

Yo tengo suerte por trabajar en las cocinas en lugar de en la lavandería o tiñendo telas, donde las manos se te cuartean y las heridas escuecen al sumergirlas en el tinte. O cuidando a los niños más pequeños, que lloran sin parar, sin que nadie pudiera callarlos, y a veces mueren entre tus brazos. Mucha gente envidia mi posición, lavando los cacharros o, cuando sea algo mayor, ayudando a servir la comida. Me gusta pensar que es una especie de premio porque en todos mis años aquí jamás he montado escándalo y, hasta ahora, estoy logrando pasar desapercibida. Cada uno se aferra a lo que puede, ¿no? La verdad es que sólo me tienen aquí porque mis manos son pequeñas y rápidas, y manejan con facilidad los enormes pucheros, y llegan al fondo de todas las vasijas.

Sin embargo, echo de menos a Alice. Creo que sería exagerado decir que me hubiera gustado ser su amiga, porque en muchos aspectos me daba miedo. No era el miedo habitual, el que tienen todos los niños en algún momento de su vida… Alice llegó y siempre me pareció que ella estaba a otro nivel. Me daba miedo intentar que me prestase atención, por si descubría que yo no le agradaba, o peor aún, pensara que era estúpida. Me gustaba escuchar lo que decía, y conseguía estar siempre cerca cuando hablaba. Echo de menos su forma de pensar, demasiado seria, y de hablar, poco, y también cómo lograba con pocas palabras lo que otros tenían que conseguir mediante la fuerza bruta.

Yo creía todo lo que Alice contaba sobre el País de las Maravillas, aunque jamás le pregunté sobre ello y sólo lo mencionaba de vez en cuando. Desde los insignificantes ocho años que yo tenía cuando llegó, parecía una de las pocas personas a mi alrededor capaces de ver algo más allá del asilo, y revoloteé invisible a su alrededor intentando descubrir algo más sobre aquellos animales y lugares extraños que a veces irrumpían en sus escasas conversaciones como si no pudiera evitar referirse a ellos. Al contrario de la mayoría de los niños en Hevills, ella había llegado en posesión de sus propios recuerdos. El resto apenas podíamos entender lo que nos repetían una y otra vez las cuidadoras: que nuestros padres eran criminales o prostitutas que habían abandonado a su descendencia corrompida como hacían los animales. Los únicos animales que yo conocía eran las ratas, los perros y los gatos. Los conejos parlanchines o las mariposas gigantes de Alice eran para mí como la promesa del infierno en cada misa. Algo que existía, sin duda, pero que yo no conocería al menos en un futuro próximo.

Eve y Alice llegaron con apenas semanas de diferencia, y fracasaron ambas en su intento de poner a salvo la buena fe que les habían inculcado en sus casas hasta entonces. Describir a Alice se me hace imposible porque supongo que la gente que vive cosas extrañas se vuelve extraña a su vez. Al llegar era pálida, rosada, pero perdió aquella claridad con rapidez. El asilo la moldeó con sus dedos esqueléticos, como a un pedazo de arcilla. Pronto era gris y espectral, aunque brillaba algo en sus ojos que apartaba y atraía a partes iguales. Sólo cuando se enfadaba parecía recuperar su corporeidad, y entonces aparecía una leve arruga en sus ojeras. El resto del tiempo, vegetaba, con frases ocasionales. No reía, aunque en Hevills se hacía poco, no jugaba ni siquiera cuando salíamos a limpiar la nieve... Dentro de los niños tristes u hoscos del asilo, que eran muchos, ella era la única consciente de su tristeza. El resto estábamos tan acostumbrados que no concebíamos ningún momento de auténtica felicidad. Y ella no sólo se veía obligada a convivir con la tristeza sino, lo que era peor, sufría el recuerdo de su antigua felicidad.

A Eve no la consumieron del mismo modo, y aún hoy me pregunto cómo lo logró. No podía mostrar su vitalidad, pero yo sabía que estaba ahí, aún sin motivo. Se escapaba por sus ojos, verdes como los de Alice pero carentes del fulgor contundente, y por el fino cabello rubio que se resistía a oscurecerse y perder el brillo. Era muy pequeña, menuda. En Hevills los niños pequeños y los mayores menudos éramos presas seguras para los demás niños y también las cuidadoras. Hay que hacerse invisible y, aunque para mí era algo instintivo, Eve era tan llamativa como un pedazo de pan blanco sobre el altar negro de la capilla.

Cuando Alice apartó su atención de su mundo particular para fijarse por primera vez en Eve, ésta sangraba tendida en el suelo de una esquina del patio. Había encontrado un gato pequeño y creo que quería quedárselo. En Hevills el precio oficial de un delantal lleno de ratas era el placer de haber ayudado a erradicar parte de la plaga perenne que corría entre nuestros pies, pero todo el mundo sabía que los que llevaban los delantales llenos podían estar seguros de recibir una o dos cucharadas más en la siguiente comida. Había muchas ratas, grandes y gordas, negras, grises... algunos juraban haberlas visto verdes y al oírlo me parecía un burdo remedo de las fantasías de Alice. Los animales de colores sólo existían lejos de Hevills y algún día yo los conocería. De momento, incluso un gato pequeño era un posible competidor. Así que mataron el gato a pedradas y luego continuaron con Eve, que había corrido a defenderlo.

Alice detuvo uno de sus silenciosos paseos por el patio para observar a Eve. Podría jurar que Eve no lloraba por el dolor que seguramente sentía. En sus espasmos arrítmicos había más rabia que otra cosa, y acariciaba al gato, definitivamente muerto, todo piel y sangre. Debió sorprenderle que las botas paradas junto a su cabeza permanecieran balanceándose de adelante a atrás. No creo que desde el suelo hubiera podido distinguir la suela de las botas de Alice de las de cualquiera de los niños que la habían pisoteado un rato antes, y se incorporó con el despojo aún apretado contra su pecho, y yo pensé que era una de las personas más valientes que había conocido. Muchas veces levantarse de aquella manera tras una pelea y cuando aún había alguien rondando cerca equivalía a una patada segura en el esternón. Alice jamás había dado muestras de violencia.

- Quería salvarlo - musitó Eve observándose las manos. Alice le dedicó una mirada críptica.

- No me gustan los gatos. Son animales retorcidos.- respondió con voz impersonal pero extrañamente firme.

- Yo tenía uno fuera, Missy... Y todo era muy distinto. Incluso yo.

Un cambio visible incluso para mí se operó en aquel momento, y sentí un escalofrío al darme cuenta que sólo yo, aparte de ellas dos, estaba compartiéndolo. La sensación de ser una intrusa invadiendo su círculo exclusivo me acompañó desde entonces siempre que las observaba, a veces como un débil eco y otras, las menos, como una acuciante sensación de vergüenza, de estar donde no debía, viendo y escuchando lo que no debía. Jamás volví a ver a Alice tan indefensa, posiblemente vi a la persona que había sido antes de que la tragaran los muros. Soltó una de las manos que aferraban el conejo de peluche para sentarse junto a Eve, que ya no lloraba, y con el conejo en el regazo le cogió de los pequeños brazos para colocarlo mirando hacia ella. Luego tomó aire.

- Yo también tenía un gato. Era un gato negro, y una noche...

Leave a comment

About this Entry

This page contains a single entry by published on February 27, 2005 12:50 PM.

Reza was the previous entry in this blog.

Alice y las ratas: 2 is the next entry in this blog.

Find recent content on the main index or look in the archives to find all content.