Alice/OC. PG13. Angst. Pre-juego.
Rating: PG13
DISCLAIMER: Esta historia está basada en personajes de Lewis Carroll utilizados por EA Games, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Este fic fue escrito como regalo de cumpleaños para Elenis. Eve se llama así por la canción de Chantal Kreviazuk, que fue la que me inspiró. La última nota de Alice, sin contar la que escribió para la narradora (nunca le puse nombre, culpad a Rebecca >.<), está directamente sacada de allí.
"Hay una sombrilla que gira, tapando el sol, y no puedo ver quién la maneja para decirle que ha dejado de brillar. Si la toco me quemaré porque está hirviendo. No, no puedo tocarla, no puedo apartarla y cuando se derrite caen gotas de sangre negra en mis brazos."
***
Después de aquella noche tuve miedo. En el orfanato, cuando haces algo malo a otro niño, hay dos posibilidades. O eres mayor, que no era el caso, o eres menor que él, y entonces te aguantabas y recibías tu merecido. No sabía cuál sería mi merecido por espiarlas, sólo esperaba que Eve no se lo contara a Alice. Tenía miedo de que fuera Alice quien se enfadase conmigo, y también porque a medida que pasaban los días me encontraba en una situación a la que seguramente ningún niño de Hevills se había enfrentado nunca: la espera. Si alguien iba a pegarte una paliza, lo hacía pocas horas después de lo que lo hubiera motivado. No esperaba días, no te dejaba temblar a cada momento libre, o cada vez que os cruzabais en el patio. Si alguien iba a pegarte una paliza lo hacía a la primera oportunidad y asunto resuelto, luego incluso podíais intentar robar juntos el pan de la mesa de los pequeños como si no hubiera pasado nada.
Aún no me había dado cuenta de que Eve no pensaba hacer nada, y seguía mirándolas de lejos sin atreverme a escuchar a Alice como hacía antes, cuando Eleanor lo estropeó todo.
Hasta entonces yo me había considerado poco menos que una rata cobarde, siguiendo a Alice y observándola a escondidas, intentando ser parte de lo que la rodeaba pero sin atreverme a dar la cara. Creía que era, aparte de Eve, la persona que mejor conocía los pasos de Alice en todo Hevills. Pero resultó que me equivocaba, y de alguna manera Eleanor había mejorado sus seguimientos hasta el punto de descubrir cosas que ni siquiera yo sabía.
Si no me hubiera sentido tan mal por Alice, tal vez habría sentido envidia por Eleanor.
El conejo de trapo de Alice parecía estar cosido a su mano o al bolsillo de su delantal. No lo abrazaba, no lo mostraba, sólo estaba ahí igual que las manchas de tierra en mis calcetines. Siempre estaba ahí. O eso creía yo, y me equivoqué, porque en algún momento que hasta entonces había escapado de mi observación lo dejaba en la habitación durante cinco minutos. Eso fue lo que Eleanor sabía, que no sabía yo.
¿Y qué culpa tenía el muñeco de trapo de que aquella niña del diablo no soportara que Alice fuera mil veces mejor que ella?
Si hubiera sabido lo que iba a hacer, me hubiera tirado encima suyo en cuanto se levantó de la cama. Había sacado de debajo del colchón un cuento que nunca me había enseñado y, mientras, ella miraba sin parar a la puerta del dormitorio. Tenía que haber pensado que algo iba mal, pero es que hacía tanto tiempo que no conseguía poner las manos en uno de los libros de Eleanor que simplemente ni siquiera le presté atención. En un momento dado se levantó... y lo siguiente que vi fue a Eve, que debía estar subiendo por las escaleras, atravesando a la carrera el pasillo hacia el dormitorio de Alice. Después un montón de gritos que, logicamente, hicieron que todo el mundo acudiera en tropel a ver qué pasaba y a quién animar en la pelea.
Fui la más rápida, aunque me clavé una astilla en el pie derecho al girar en medio de la carrera para entrar en la habitación, y tuve que saltar sobre dos camas para esquivar a las niñas de aquel dormitorio, pero llegué a tiempo para ver qué sucedió. En realidad, la pelea apenas llegó a producirse.
- ¡¡Dámelo!! - gritó Eve, más alto de lo que nadie la había oído gritar nunca.
Al principio no supe a qué se refería, y cuando distinguí el muñeco fuertemente apretado contra el pecho de Eleanor, mientras ésta comenzaba a tirar de la cabeza, sentí una indignación instantánea. No tenía derecho a tocarlo, a abrazarlo, porque en sus manos el conejo de trapo parecía un insulto a Alice. La muy desgraciada incluso sonreía, mientras los pespuntes que unían la cabeza al cuello empezaban a estirarse peligrosamente.
- ¿Quién eres, su guardiana? - exclamó Eleanor burlonamente, y su sonrisa se ensanchó cuando las niñas que habían empezado a acercarse acogieron la frase con carcajadas. Al dar un paso Eve hacia delante, Eleanor se apoyó en el quicio de la ventana. - Lo tiraré.
Y diciendo eso, se inclinó hacia un lado y sostuvo el muñeco fuera de la ventana. Se escucharon algunos "¡Tíralo!" y un "Menudo par de estúpidas, peleándose por un trozo de tela" de Cecilie, que dio media vuelta. La cama donde yo estaba de pie crujió cuando otra niña se subió a mi lado, y apenas la miré media milésima de segundo antes de volver la vista asustada a la ventana.
Era Alice.
La expresión de Eleanor tardó en cambiar lo que tardó en ver a Alice, de pie sobre la cama. No me atrevía a mirarla directamente, y pasaba sin parar de sus puños apretados a la cara iluminada de Eleanor, a los dientes que Eve mostraba como un perro rabioso, a los ojos de Alice entrecerrados, tristes como si ya supieran lo que iba a pasar. Otro "Tíralo ya", Eleanor que sonrió absolutamente feliz, y entonces en lugar de dejar caer el muñeco, tomó impulso y lo lanzó hacia el cielo.
"Por favor, que vuelva a caer, que vuelva a caer" susurré, y Alice se volvió a mirarme, haciendo que me tapara la boca y bostezase abiertamente. Pero el conejo no regresó.
El grupo se deshizo, porque ya había terminado la diversión o porque se acercaba la hora de comer. Eleanor miró a Eve pasándose la lengua por los labios, aunque su sonrisa había perdido parte de amplitud cuando ya no tenía en qué escudarse. Salió de la habitación casi corriendo perdiendo cualquier atisbo de dignidad que pudiera quedarle. Eve hizo ademán de salir tras ella, pero sin dejar de mirarme Alice alzó una mano, y vi de reojo a Eve acercándose a los pies de la cama. Me había quedado sola con ellas. Tuve la impresión de que no volvería a sentir tanto miedo en la vida.
Alice bajó al suelo sin decir una palabra, y entonces me quedé mirándolas como una estúpida, preguntándome qué sucedería después. La posibilidad de salir corriendo ni siquiera me pasó por la cabeza, supongo que porque la forma de huir de Eleanor me había dejado tan asqueada que no quería parecerme a ella. Fueron hacia la ventana, donde Eve señaló hacia el tejado.
- Debe estar ahí - susurró, y Alice asintió sin siquiera mirar al cielo. Con un movimiento lento, Eve apoyó la cabeza en su hombro y la rozó la muñeca antes de susurrar: - Voy a hacer que te lo devuelva.
Después salieron de la habitación, cogidas de la mano sin siquiera volver a mirarme. Entonces sí, eché a correr y no paré hasta llegar al comedor.

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