El largo camino a Valinor (3): Alegria, Soberbia y Honor

Personajes originales. PG13. Aventuras.

Rating: PG13
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por JRR Tolkien, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Escrito antes de ver las películas, pueden contravenir algunas cosas de las que contó Peter Jackson. Cuarto puesto en el I Concurso de Relatos Hispanos de AnilloUnico


ALEGRIA

"La encontramos escondida entre cenizas y esqueletos. Llevaba allí sola, esperando, cerca de tres días. También nos contó que iba con sus padres al Norte, tras abandonar Minas Tirith unos meses antes. Unos orcos les atacaron, y ella pasó toda la noche bajo las piedras, donde su madre la había escondido. Toda la noche oculta, escuchando el chasquido de los huesos mientras los orcos devoraban viva a su familia. Kurenai quería dejarla en la aldea más cercana, pero ella insiste en regresar a Minas Tirith. He prometido hacerme cargo suyo, y ahora cabalgamos juntas sobre Vanda. Es morena, menuda como una musaraña, y alegre a pesar de todo. Dice que se llama Kyra. No tiene más de siete años..."

Kyra era una niña feliz por naturaleza, y el dolor que pudiera haberle causado la muerte de sus padres no tardó en diluirse ante la curiosidad. Hablaba sin parar; sobre el bonito caballo de Belial, sobre los hombres que las acompañaban, sobre los monstruos que los habían atacado y cómo eran de feos... así aprendió Belial lo que eran los Uruk Hai, una nueva clase de engendros de los que tampoco había oído hablar. Kyra los describió como "hombres muy grandes y fuertes con cara de orco". Desde luego, no sonaba muy esperanzador. Kurenai cabalgaba molesta junto a ellas, sin dirigirles la palabra más que un par de veces. En la última aldea dos hombres más les habían seguido, y Kurenai disfrutaba de su papel de jefa de la misión. "Parece adoptada" confesó Kyra a Belial sacando la lengua en un gesto extraño. "¡Con lo agradable que es Dembar!". De vez en cuando Dembar se acercaba y llevaba a Kyra durante un rato. Belial estaba asombrada de sus propias impresiones; no podía evitar sonreír ante el desparpajo de la niña. Seguramente aquella jornada de viaje sonrió más que durante una semana en Lorien. Y por fin alcanzaron la orilla del Anduin, rodeada de árboles.


SOBERBIA

"Cabalgamos hacia el sur siguiendo la orilla del Gran Río... Visitamos las aldeas cercanas, algunos hombres se quedan, otros se nos unen. No recuerdo sus nombres ya, pero no importa. Al estar cerca del bosque cada vez nos encontramos más monstruos, y pocas veces puedo utilizar el arco. Kurenai cree que es la forma de convertirme en algo más que una elfa enamoradiza, y que acabaré disfrutando de la lucha. Pero lo dudo. Detesto verme cubierta de esa sangre maloliente, y el sonido de la carne de esos monstruos al cortarla, ajándose como una tela tosca y húmeda. Por fortuna avanzamos rápido. Ya vemos los Emyn Muil, nos acompañan a nuestra izquierda como una hilera de dientes cercados de niebla, lejos en la otra orilla. Cabalgamos rodeando una enorme elevación sobre el río, algo que Kurenai ha llamado el Muro oriental de Rohan o algo así... Dice que siguiendo por el río en barca hay dos gigantescas estatuas de los reyes de Gondor. Los Argonath. Legolas me habló de ellos, quizá haya pasado por aquí hace poco. Cuando lleguemos a las cataratas del Rauros volveremos a acercarnos al río y después atravesaremos la parte sur de Estemnet, donde hay más aldeas. Cruzaremos el Entaguas y estaremos en Anórien. Veremos las Montañas Blancas, y seguiremos el Camino del Oeste. La verdad es que nunca he oído hablar ni de la mitad de los sitios que menciona... Kyra me ha pedido que le enseñe élfico así que cada día aprende una parte de una canción. Nunca pensé que una humana se interesara así en nuestro pueblo. Es reconfortante."

Acamparon cerca de la orilla, entre dos promontorios pequeños, como últimos vestigios de las imponentes montañas dejadas atrás. Dembar y Kyra jugaban con la comida, mientras Kurenai practicaba al sable con algunos de los hombres. Belial simplemente pensaba en quitarse la ropa y darse un baño. Con esa idea se puso en pie, y al instante Kurenai se acercó a ella.

- Practica conmigo - desafió sonriente, rozándola la barbilla con la punta del sable. - Quiero ver qué tan buenas son esas maravillosas hoces de hojalata.

- Kurenai, déjalo... estoy cansada y quiero darme un baño - respondió Belial. Pero el reto de Kurenai había atraído ya al público, incluidos Kyra y Dembar. Lo veían como un juego. Así que lucharon.

Kurenai atacaba y Belial esquivaba. Siguieron así durante un par de minutos, hasta que finalmente la Rohirrim se hartó. Aprovechó un giro para tomar impulso, y alzó el sable sobre Belial descargándolo con fuerza. La elfa se limitó a protegerse cruzando las hoces sobre su cabeza. El crujido del metal al quebrarse resonó por encima de sus respiraciones agitadas. Y la maldición de Kurenai cuando el sable se resquebrajó. Se dejó caer de rodillas y tomó los dos pedazos en sus manos, sin poder comprender. Belial guardó las hoces y se dirigió al río.

HONOR

Las aguas del Anduin se llevaron la sangre, y en su lugar trajeron imágenes a la memoria de Belial, fragmentos de recuerdos de los que el Gran Río había sido testigo. El último amanecer de la Compañía en Lothlorien los había encontrado dormidos en la copa de su árbol, tras pasar toda la noche hablando sobre la partida. Mientras clareaba, Belial pasó un largo rato observándole dormir, intentando grabar cada una de las sensaciones que sentía en un lugar donde el tiempo no las apagara. En la cara de Legolas se dibujaba una expresión plácida, el rostro de alguien que duerme feliz. Tuvo que obligarse a despertarle. No cruzaron palabra, mientras ella le trenzaba con cuidado el fino cabello de las sienes. Si hubiera tenido que decir algo, no estaba segura de poder contener las lágrimas. Y la noche anterior Legolas ya la había visto llorar demasiado.

Lothlorien en pleno ocupaba las orillas del río para despedir al grupo. Un rato antes, Galadriel les había hecho entrega de unos valiosos regalos, y también de unas barcas y las capas grises. La misma dama Galadriel había puesto la vieja capa de piel de Legolas en sus manos, con aparente indiferencia. Sumergida hasta la cintura, Belial vio claramente que aquel movimiento en aspecto neutral de la señora había sido en realidad un regalo. Sonrió. Galadriel lo veía todo, lo sabía todo, porque Lothlorien eran sus dominios y saberlo todo era una especie de obligación. Movió las manos sobre la superficie del río, imitando las ondas dejadas por las palas cuando aquellas ligeras embarcaciones se deslizaron por el afluente, en dirección al Anduin. Belial las había seguido saltando de árbol en árbol, hasta llegar lejos del embarcadero. Allí por fin se detuvo como una ardilla cansada y esperó hasta perderles de vista. Legolas alzó una mano a modo de despedida y ella le imitó. Luego un meandro de la corriente se los tragó. Y para Belial sólo hubo oscuridad.

Se observó en el agua. Ahora sí que parecía ella misma, sin la sangre seca cubriéndole la cara. Se sumergió mojándose el cabello, y sin darse la vuelta extendió la mano tomando su camisa. Alguien estaba en la orilla, posiblemente Kurenai, porque los pasos eran enérgicos y ligeros.

- ¿Qué quieres Kurenai? - preguntó poniéndose la blusa antes de volverse.

- ¿Quién te crees que eres para ponerme en ridículo? - inquirió la Rohirrim con voz tensa. - ¿Qué clase de brujería has usado?

- Yo no uso brujería, te advertí que el mithril podría romper la espada...

- ¡Pero es imposible!

Belial advirtió que no atendería a razones en aquel momento; tomó el resto de su ropa y salió del agua. Kurenai la sujetó con fuerza del brazo.

- Quiero la revancha - murmuró.

- ¡No pienso enfrentarme a ti! - exclamó Belial. ¿Es que no era suficiente tener que exterminar a aquellas bestias innaturales que salían de cualquier lugar, que también tenían pelear entre ellas? Se soltó de la mano de Kurenai, no sin antes observar que los dedos enguantados la habían dejado cuatro marcas púrpura en el antebrazo.

- ¡Cobarde! ¡Sólo eres una hechicera sin honor! Y ese elfo que buscas ya debe estar muerto. O lo estará, porque sois todos...

La bofetada de Belial cortó la frase a medias. Kurenai reaccionó rápidamente golpeándola en el estómago. Tras un instante de sorpresa mutua, se abalanzaron la una sobre la otra. Aunque Belial tenía buenos reflejos, Kurenai era el doble de pesada. No tardaron en rodar hasta caer en el Anduin. Aún tuvieron tiempo de darse varios golpes antes de que el agua fría las devolviera la sensatez. Dejaron de tirarse del pelo y darse patadas, sentándose en la orilla.

- Sigues debiéndome una lucha - susurró Kurenai.

- Volvamos al campamento. Kyra debe estar pasando miedo.

- ¿Es que no puedes dejar por un segundo de preocuparte por esa maldita cría? Es un estorbo, pero la señorita Orejas Puntiagudas se empeñó en traerla. Escúchame, Belial. Esa niña va a morir. Morirá el día en que nos ataquen tantas bestias que ni siquiera podamos entretenernos en protegerla. ¿Por qué te inquietas por un cadáver?

Oyeron un crujido en un árbol cercano. Inmediatamente después, los pasos inquietos de Kyra internándose en el bosque.

- ¡Estupendo! Además es una pequeña espía - exclamó Kurenai, pero Belial ya había desaparecido tras el sonido. Se levantó de un salto y desapareció en dirección contraria.

Kyra corría sin rumbo a través del bosque, tropezando y arañándose con las ramas que apartaba, y ayudándose de las manos para subir por las piedras del promontorio. Su respiración agitada y su corazón, que podía oírse como un tambor en el silencio, sumado al olor a sangre, no tardaron en despertar algunas de las criaturas que habitaban allí. Belial había trepado a un árbol, y saltaba velozmente de rama en rama. No tardó en distinguir la cabeza oscura de la niña bajo sus pies. Entonces escuchó un sonido familiar... un arco tensándose. Cayó sobre Kyra justo cuando una flecha orca pasaba sobre ellas.

- ¡Suéltame! - sollozó la niña pataleando. Suavemente Belial la tapó la boca, susurrando una canción de Lorien. La respiración de Kyra no tardó en normalizarse y cayó en una especie de somnolencia tranquila. Pero a su alrededor los arbustos comenzaban a moverse amenazadores, las ramas crujían y el murmullo de la lengua oscura flotaba como una corriente subterránea bajo el silencio. Y Belial había dejado todas sus armas en la orilla.

Los orcos aparecieron pronto, como un enjambre de alimañas carroñeras. Rodeaban la figura blanca que era Belial con curiosidad. Tras ellos apareció un troll. Belial nunca había visto ninguno y a través del pelo que le tapaba la cara lo encontró todavía más grotesco que los orcos, si es que aquello era posible. Llevaba una gruesa cadena alrededor del cuello, rota en el extremo, y de los dientes amarillentos aún colgaban los restos de su última comida. Se acercó pesadamente abriéndose paso entre los orcos y Belial no pudo evitar levantar levemente la cabeza para contemplar aquella mole pétrea. Entonces vio un resplandor entre las ramas, y casi al instante, a Kurenai descolgándose ágilmente sobre el troll para poner una antorcha a pocos centímetros de los ojos del animal.

No lo quemó, pero Belial contempló estupefacta como el troll comenzaba a aullar y se tapaba los ojos, dando vueltas por el claro. Kurenai, firmemente agarrada a la cadena del cuello, sabía que los trolls temían más que nada la luz del día. Al escuchar los gritos los orcos comenzaron a chillar a su vez, y bastó la aparición de Dembar y unos cuantos Rohirrim más para que huyeran aterrorizados. El monstruo giró sin rumbo con Kurenai en los hombros hasta desaparecer entre los árboles, y al cabo de unos segundos oyeron un aullido distinto y un fuerte golpe. Tomando a Kyra en brazos, Belial siguió el sendero de árboles desgajados que había dejado el troll. Se detuvo justo al borde del pequeño precipicio sobre el Anduin. Varios metros más abajo vio un montón de piedras rotas, pero ni rastro del troll.

- ¡Kurenai! - gritó asustada.

Kurenai saltó de los árboles sonriente y sin mediar palabra ella y Belial regresaron al claro. Durante unos segundos se hizo el silencio.

Entonces, los hombres la izaron en hombros y dieron vítores en su nombre. Dembar se giró hacia Belial.

- Ya tiene su ración de gloria, ha olvidado lo de las hoces - susurró sonriente, y corrió a unirse a la algarabía.

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