Personaje original, post-Cáliz de Fuego, PG13. Escrito en el 2002, INCOMPLETO.
Calificación: PG13
Advertencias: Mary Sue, femslash, muerte de personaje, tamaño novela, incompleto.
Notas: Situado en el verano posterior al Cáliz de Fuego
Comentarios: Empecé este fic en el 2002 y durante dos años practicamente no escribí otra cosa. Supongo que por eso me he decidido a postearlo; es una parte demasiado importante como para dejarlo permanentemente fuera de mi página de relatos. Un par de comentarios más:
- Llegué hasta las 168 páginas en word, divididas en cinco partes.
- Está no sólo incompleto sino a parches. No lo escribí correlativamente.
- He añadido explicaciones sobre los trozos que faltan ahí donde faltan. En algunos casos incluyen notas sobre diálogos de esos trozos.
- Los distintos signos "<<<<<<<>>>>>>>>" quiere decir que ahí iba algo más pero no es importante; alguna descripción o el título del capítulo.
- Ugh >__<
- Pero usted tiene que saberlo...
- Señorita O'Connelly, por última vez, el examen ha terminado. Si tuviera la bondad de dejarme seguir con mi trabajo... - la voz de McGonagall resonó con frialdad en el aula, que iba vaciándose de alumnos. Algunos se volvieron intrigados por la escena que se desarrollaba en el estrado de la profesora, repleta de ardillas voladoras. Los exámenes logrados. También había algunas pequeñas carpas doradas en su acuario, exámenes fallidos. Y Minerva McGonagall, profesora de Transformaciones, devolvía a una forma u otra los distintos experimentos a medio camino, tomando notas mentalmente. Pero alguien se lo impedía. Alzó una ceja hacia la chica que esperaba junto a la mesa. No había nada desagradable en su actitud, nada desafiante, nada que pudiera inducir a un castigo. Sin embargo, McGonagall tenía que librarse de ella. - Y si sigue interrumpiéndome, tendré que volver a revisar todas las anotaciones. Créame, eso no sería provechoso para las notas de la clase.
Tal vez dijo eso demasiado alto, un murmullo de reproche se alzó desde el fondo del aula, donde los rezagados prestaban atención con poco disimulo. Todavía quedaban dos días de exámenes... los alumnos de sexto curso se revolvían en la biblioteca, hablaban poco y estudiaban demasiado en su opinión. ¿Y ahora aquella Slytherin iba a enojar a la profesora justo antes de la corrección? Todos contuvieron la respiración, mientras McGonagall observaba a la muchacha por encima de sus lentes.
- ¡Vesta, llegaremos tarde! - uno de los gemelos Weasley atravesó el grupo y llegó en tres zancadas al otro lado del aula. La tensión se relajó, como siempre que Fred o George alzaban la voz en clase, pero la curiosidad seguía ahí, sobre todo cuando el sonriente chico pelirrojo tomó a Vesta del brazo y la llevó casi a rastras lejos de McGonagall.
- ¿Qué estás haciendo, George?
- Conservar diez puntos para Slytherin, viborilla - susurró al acercarse a las puertas. Tuvo que agachar la cabeza porque Vesta era bastante más baja que él. Los alumnos se apretujaron para salir; por lo visto el espectáculo había terminado.
- No me llames así - respondió, pero parte de su rigidez la abandonó cuando la mayoría de los estudiantes empezaron a dispersarse. Iba a ser la hora de comer, y cuanto antes terminaran, mejores sitios podrían encontrar en la biblioteca. Fred esperaba a su hermano (“Siameses” era un apelativo muy común para los Weasley entre los alumnos de sexto) al final del pasillo. No tenían prisa por estudiar - Sólo quería hablar con McGonagall. Si llevara un león tatuado en el pecho, incluso me habría invitado a tomar el té.
- Claro, además hace unas pastas de jengibre deliciosas, todas las noches lleva una bandeja a nuestra sala común. Tiene una reputación que cuidar, viborilla, no la pueden ver hablando con una de los tuyos - bromeó. Desde luego, y ambos lo sabían, si había una profesora imparcial en Hogwarts, esa era McGonagall. Vesta agradeció el intento de broma con una sonrisa, pero George, acostumbrado a las carcajadas en respuesta a sus chistes, se lo tomó como algo personal. - No nos estropees la fiesta, Vesta. Ya sabes lo que decían los muggles de la antigua Apenas...
- Atenas
- De todos modos creo que no eran esos. Hay que buscar el bien de la mayoría. Y la mayoría observamos con esperanza cierto cambio en el... cuerpo docente. Me voy antes de que empiece a hablar como Binns.
La dejó sola en el corredor vacío. Por unos segundos pensó en volver a la clase, e insistir. Sólo recordar la expresión de McGonagall cuando se acercó al estrado después del ejercicio pudo evitarlo. De cualquier modo, ahora cualquier nota considerada injusta en el examen de Transformaciones sería también culpa suya. Y para colmo, sospechaba que su ardilla voladora tenía agallas, pequeñas, ocultas bajo los pliegues de su peluda piel... pero agallas al fin y al cabo. Una ardilla que respiraba bajo el agua.
La fuerza de la costumbre terminó llevándola al Gran Comedor. En época de exámenes el bullicio parecía amplificarse, incluso cuando no todos los alumnos concurrían a las mismas horas. ¿Cómo podía menos gente que de costumbre armar el doble de alboroto? Atravesó las puertas sin ni siquiera dirigir la mirada al cielo, y se sentó en el primer sitio que encontró libre en la mesa de Slytherin, nada más entrar en el enorme salón.
- Hola, Vesta - dijeron un par de las alumnas de quinto entre las que se había sentado. Les miró brevemente, lo suficiente para recordar sus nombres y las últimas conversaciones que hubieran mantenido.
- Hola Marcie - respondió alcanzando una fuente de puré. - ¿Quién os hizo el examen de Pociones?
Varios de los estudiantes dirigieron una mirada de interrogación hacia la mesa de los profesores, como para comprobar que Snape seguía sin estar allí. Pero no había preocupación ni nerviosismo. En Hufflepuff, donde también faltaba alguien, los murmullos eran apagados y temerosos. En cambio en Slytherin se podía respirar algo similar a la normalidad, si es que podía considerarse normal aquel final de curso. El Torneo, la muerte de Diggory, ahora desaparecía el jefe de la casa...
- Yo sigo creyendo que a Cedric lo mató Potter. Está claro, cuando desaparecieron se enfrentaron a algún tipo de cuarta prueba sorpresa. Diggory ganó, y Potter se lo cargó - murmuró un chico cercano a Marcie, arrancando murmullos de aprobación de los Slytherin que lo oyeron. Draco Malfoy abandonó su asiento para acercarse al grupo.
- Más quisiera él - susurró con aire misterioso. Vesta comenzó a pelar una naranja mientras los demás se arremolinaban acercándose a Malfoy. A Draco siempre le habían encantado aquel tipo de tretas; lanzar una frase aparentemente inofensiva para que todas las miradas se volvieran hacia él. Siempre funcionaba. Cuando consideró que ya tenía suficiente atención, siguió hablando: - Es algo mucho más serio que otra de las alucinaciones de Potter. Me atrevería a decir que van a cambiar un montón de cosas... ¿Ya te marchas, Vesta? Tú ya sabes lo que ha pasado, ¿a que sí? - levantó la cabeza entre los alborotados Slytherin, abandonando su tono de discurso. Ahora todos la miraban. No era propio de Draco centrar la atención en otra persona, pero Vesta sabía en cierto modo que sólo estaba estableciendo algo similar a la solidaridad, como si compartieran un secreto. En realidad ella estaba tan perdida en los acontecimientos como todos los demás.
- La verdad es que no tengo ni idea, Draco. Sólo sé que si sigo aquí voy a suspender algo más que Vuelo este año. - se encogió de hombros sonriente. Malfoy asintió.
- Ah, mis padres querían hablar contigo, ¿les mandarás una lechuza? - preguntó sin esperar a la respuesta, volviendo a su papel de líder.
“Por qué no, los exámenes serán un desastre de cualquier modo” pensó Vesta saliendo del Gran Comedor.
¥¥¥
- Vesta O'Connelly volvió a preguntar por Severus esta mañana
- Los Slytherin están todos muy intrigados, Minerva. Si tú desaparecieras de la noche a la mañana, Gryffindor organizaría un equipo de rescate. O una caza de gatos... - respondió Dumbledore concentrado en un ajado pergamino que, a cada corriente de aire que entraba por la ventana, ondulaba sobre su mesa. Juntando las manos, McGonagall dio unos cuantos pasitos rápidos hasta el otro extremo del despacho.
- Pero tanta insistencia... podría estar sospechando algo, podría avisarles. Tal vez de algún modo averiguó que Vold... él, ha resurgido. Pueden haberla mandado cartas contándoselo. Severus podría estar en grave peligro.
- Tienes razón en todo - cogió una pequeña lupa para observar con detenimiento las runas. - Sin duda Vesta sabe o se imagina que Voldemort ha regresado. No necesita que la avise nadie. Y sí, Severus está en grave peligro. Pero te aseguro que no por culpa de ella. - con un resoplido, dejó la lupa a un lado del escritorio. - Si vas a la sala de profesores, ¿podrías llamar a Mnemosine? Necesito urgentemente alguien que entienda las runas mal escritas...
McGonagall asintió. Muchas otras veces había pensado lo mismo en el pasado; que Albus Dumbledore sufría episodios intermitentes de irresponsabilidad o locura. Por fortuna siempre había estado equivocada. Con el paso de los años, acabó teniendo algo claro: si Dumbledore la aconsejara lanzarse por la ventana, ni siquiera invocaría un hechizo de levitación.
¥¥¥
Durante la época de exámenes, había poca actividad en la lechucería. En una especie de mutuo acuerdo, los hijos escribían poco, y los padres parecían no querer entorpecer lo que ellos suponían largas sesiones de estudio. Por tanto, cualquier visita inesperada a la luz del día, hacía que varias docenas de lechuzas se volvieran, curiosas, esperando ser elegidas. Incluso siendo animales de hábitos nocturnos, las lechuzas recordaban a Vesta un servicio de taxis especialmente cuidadoso, disponibles las veinticuatro horas del día, diligentes, rápidas... y muchas veces competitivas. Un coro de suaves ululatos acompañó su entrada en la luminosa torre, mientras atravesaba filas de búhos y lechuzas de distintos colores, propiedad particular de los alumnos, para llegar al espacio de las lechuzas del colegio. Algunas abrieron los ojos, otras siguieron dormitando, unas pocas se inclinaron protectoramente sobre los polluelos. Las nidadas tenían apenas mes y medio, todavía faltaban semanas hasta que pudieran volar, pero cuando comenzase el nuevo curso podrían utilizarse para viajes cortos o cartas ligeras. Era curioso, quizá las aves que tenía ahora mismo enfrente poseían, a su manera, un árbol genealógico envidiable. “Mi familia ha llevado cartas de Hogwarts durante más de veinte generaciones” podrían fanfarronear en su lenguaje cuando se cruzaran con las lechuzas de otros colegios.
Aquella era la clase de pensamientos que rondaban en la cabeza de Vesta siempre que tenía que enviar una carta. Varias aves hincharon el pecho, tal vez aburridas, como queriendo llamar la atención.
- Aequus sedeo - apuntó al suelo con su varita, de la que salió un pequeño remolino que empezó a rodar por el suelo. Cuando el tornado en miniatura se disipó, pudo sentarse sobre la piedra, limpia ya de desperdicios, huesos de ratones y plumas caídas. No sentía predilección por ninguna de las lechuzas del colegio; de hecho, desconocía sus nombres. Tenía pocas cartas que enviar a lo largo del curso, ninguna de importancia. La mayor parte de los alumnos tenían lechuzas propias, las cuidaban, las trataban como auténticas mascotas, pero para ella eran sólo trabajadores. Carteros. De todos modos, se sentía bien allí. Era agradable observar las idas y venidas, ver cómo se pavoneaban de arriba abajo de sus extraños palos para lechuzas, respirar el aire que entraba por los agujeros de la pared y ayudaba a disipar el fuerte olor... Rebuscó en la túnica algún pedazo de pergamino lo bastante liso como para enviar a los Malfoy (“Siempre puedo echar la culpa a la lechuza”), y la pluma de bolsillo que no necesitaba tinta que se había comprado en Zonko. No podía empezar la carta sin tener seleccionada la lechuza que iba a utilizar, así que sus ojos se demoraron unos minutos más en las hileras que había frente a ella. Por fin la vio, una hembra de plumaje agrisado, que ladeaba la cabeza atenta a todo cuanto sucedía varias filas más atrás. Al verla tan interesada, Vesta también se volvió, y entre un montón de patas y comederos distinguió el cabello enmarañado de Hermione Granger. Se incorporó a medias para llamarla, pero Hermione no estaba sola, así que permaneció en silencio.
Por fortuna, Hermione sí la vio. Vesta la hizo una seña con la mano, y cuando una lechuza blanca salió disparada rumbo al Sur, pareció que iba a abandonar la torre.
- Oh... yo... acabo de recordar que debo ir a la biblioteca - escuchó la voz de Hermione a la entrada de la lechucería.
- Hermione, ¡tengo hambre! ¡Siempre me dan hambre los exámenes de Historia, con toda esa sangre, y los descuartizamientos, y...!
- Estoy de acuerdo con Ron. Llevo todo el día esperando a que terminéis los exámenes, necesito comer. - Vesta reconoció la voz de Harry Potter y frunció el ceño, alegrándose de no haber saludado a Hermione en voz alta. No necesitaba cerca a aquel pequeñajo que miraba con desconfianza a cualquiera que no fuera de su Casa. A veces Vesta había sentido ganas de hablar con él, y preguntarle si realmente creía que todos los de Slytherin tenían tanto tiempo libre como para no pensar en otra cosa que en fastidiarle las diversiones. - Nos vamos a comer.
- Os alcanzaré más tarde - de nuevo la voz alegre de Hermione, y después, pasos. Luego, pasos que volvían. Hermione conjuró el mismo hechizo que Vesta, y se sentó frente a ella. Parecía llevar encima todos los libros de cuarto, y muchos más, de hecho parecía un libro andante. Sonreía levemente, pero su pierna derecha temblaba de impaciencia. Se moría de ganas por ir de verdad a la biblioteca.
- Es... extraño, verte aquí - susurró aplastada por el segundo volumen de Reglas de cálculo en la cuarta dimensión. Vesta sabía que se refería más bien a “¿Qué haces hablándome fuera de la biblioteca? ¿Y si te ve algún Slytherin?”, pero se limitó a levantar el pergamino todavía en blanco.
- ¿Cómo te están yendo los exámenes? - hacía dos años que conocía a la Gryffindor, por eso, aunque sus escasas conversaciones en la biblioteca fueran todas sobre temas de estudio, sabía pulsar el resorte correcto para que arrancase a hablar. Necesitaba aquello en ese momento. Alguien que la hablase sobre cosas triviales. Hermione no se hizo de rogar, y aunque de momento sólo hubiera tenido dos exámenes, se los describió con tal cantidad de detalles que Vesta tuvo la impresión de haber asistido a ellos.
- Esta tarde tenemos Estudios Muggles. Por eso he pensado que no necesitaré realmente más que tres o cuatro horas de repaso. - se tiró con cierto nerviosismo del pelo. Cada minuto en la lechucería era un minuto menos para preparar los exámenes del día siguiente. No podía pararse a hablar con Vesta sobre los horarios o el Manifiesto de Stonehenge, incluso cuando la chica Slytherin parecía tan relajada. ¡En sexto nada menos! ¡Con los EXTASIS a menos de un año! ¿No pensaba estudiar? Quizá pudieran ir juntas a la biblioteca. - ¿Querías algo?
- Estaba pensando... que eres justo una de las personas con las que necesitaba hablar. - Vesta se levantó y se sacudió una pluma de la túnica. Con cierta dificultad debida a los libros y la mochila, Hermione la imitó.
Había terminado la carta mientras Hermione hablaba. “Queridos señores Malfoy: les agradezco su interés por cómo me está yendo el curso, espero que todo les vaya bien. Sintiéndolo mucho, debo rehusar su invitación para pasar unas semanas con su familia. He prometido ir a París, y no volveré hasta mediados de Agosto. Quizá entonces pueda pasar a visitarlos. Les manda un abrazo, Vesta O'Connelly” . Una carta genérica, en junio especialmente abundaban, cuando todos aquellos amigos de sus padres intentaban que pasara las vacaciones en sus casas. No podía mencionar a los Malfoy que se iba a Paris con una excursión muggle, pero conociendo a Narcisa, imaginaba su reacción. “Oh, Lucius, querido, ¡París! Ya hace dos semanas de nuestra última visita, necesito un nuevo fondo de armario”. Dobló el pergamino en cuatro y utilizó una estrecha tira de tela para atarla a la pata de la lechuza. Cuando utilizaban cordeles, algunos alumnos apretaban demasiado, y dejaban marcas circulares en las garras. Era estúpido, aunque la carta se soltase las lechuzas no dejarían que se perdiera. Susurró el destino a la mensajera, que se alisó las plumas antes de desaparecer por la ventana más cercana. Hermione frunció el ceño levemente al verla partir.
- Bueno, dime, ¿Aritmancia? - dijo volviendo a sonreír. Habían establecido una especie de intercambio de información beneficioso para ambas: Vesta la dejaba sus apuntes, dos cursos superiores, y Hermione los discutía con ella, poniendo en claro algunos puntos que Vesta no terminara de comprender.
- ¿Puedes ayudarme a repasar Pociones?
- ¿¡Pociones!? - una de las últimas lechuzas abrió los ojos sobresaltada y Vesta cerró la puerta de la torre asintiendo.
- Son esos malditos catalizadores en las envejecedoras, ¿sabes? Creo que tengo alguna especie de predisposición a convertir todo en caldo de pollo. Al menos eso parece. Además, ¿por qué si agrego ancas de rana se ralentiza la reacción? Las ranas saltan, debería ir más ligero...
- Vesta, Vesta... - Hermione no pudo evitar sonreír. Vesta también lo hizo, aunque visiblemente nerviosa. Como algo predestinado, jamás habían estudiado Pociones juntas. Creía que era porque Vesta no tenía problemas con ellas. Y Hermione... problemas pocos, al menos con las pociones en sí. Pero sabía que los Slytherin tenían un orgullo “de Casa” muy desarrollado. Hermione no tenía claro cómo reaccionaría Vesta ante su opinión personal de Snape, y prefería dejarlo así. Después de todo, aunque algunos Slytherin no fueran exageradamente hostiles hacia los alumnos de otras casas, seguían formando un grupo muy compacto. Eso incluía al Jefe. - ¿Y eso? Quiero decir, ¿por qué yo?
Se detuvieron al final de la escalera de la torre, en una franja fuertemente iluminada por dos hermosas vidrieras ojivales. Hermione miró al exterior esperando la respuesta. En cualquier otra ocasión, el campo de quidditch estaría lleno de alumnos entrenando, o simplemente disfrutando del sol como lagartijas sobre escobas voladoras. Los exámenes realmente cambiaban la rutina de Hogwarts. Sería muy difícil encontrar sitio en la sala de estudio. Con la vista fija en las grecas del suelo de mármol, Vesta pareció hablar para sí misma.
- ¿Quién si no?
¥¥¥
Los exámenes pasaron con la misma rapidez con la que llegaban cada curso. Muy pocos estudiantes se quejaban de que el año escolar se les hiciera largo, y exclamaciones como “¡Si hace dos días estábamos en Navidad!” habían perdido su significado, pasando a ser una especie de frases comodín, a fuerza de repetirlas. No obstante, aquel año agitado el ambiente era extrañamente artificial. Grupos compactos se desplazaban de un lado a otro del césped, evitando en lo posible acercarse al carruaje de Beauxbatons o al lago donde se quedaba el barco de Durmstrang. Pocos se atrevían a ir solos por los terrenos de Hogwarts, incluso a pleno día, y el claustro interior se había convertido en un lugar extrañamente concurrido, por la seguridad que producía estar rodeado del edificio, acogedoramente familiar y sólido.
En aquellos días, muchos estudiantes de las casas ajenas aprendieron a envidiar la protección extra de la que supuestamente gozaban los Slytherin en sus dependencias subterráneas. Por lo visto entre los alumnos de los primeros cursos había surgido la convicción de que las torres podían caerse, las escaleras móviles volverse locas o estar malditas... Había más gente que nunca sentada en los descansillos que daban a las mazmorras, lo que originó no pocos altercados. Tal y como estaba el ambiente, lo mejor fue que último día del curso llegó pronto o la señora Pomfrey se hubiese hartado de curar caídas y resbalones “accidentales” por las escaleras.
En el dormitorio femenino de las Slytherin de sexto había un desorden poco usual mientras ocho de sus diez ocupantes se empeñaban en hacer la maleta en el último momento, cuando faltaban apenas unos minutos para que les repartieran las notas.
- ¿Es que no podéis hacerlo después de cenar? - exclamó Bella Macnair cuando un delgado libro la golpeó levitando en la cabeza antes de introducirse limpiamente en una maleta.
- ¿Y perdernos la despedida de los chicos de Durmstrang? Creo que a Linda todavía la quedan un par de bragas sin firmar por Krum - exclamó una chica morena esquivando con limpieza el tintero que Linda arrojó directamente a su cabeza.
Con una risa leve, Bella giró la cabeza hacia Vesta, que reía también ante la pelea. Habían sido algo más inteligentes preparando el equipaje por la mañana, y dejando fuera sólo lo esencial. Un veraniego vestido muggle que se pondría nada más despertar al día siguiente, en el caso de Bella, y la mochila y la caja agujereada de Vesta. Los dos pesados baúles estaban ya en la sala común para que fueran de los primeros en ser llevados al expreso de Hogwarts.
- ¿Entonces vendrás? Estarán Malfoy, McCormack, Allen... Di que sí, por favor... - suplicó Bella tirándose de los rizos pelirrojos. - Mi padre dice que me tiene preparada una gran sorpresa cuando llegue mañana a casa.
Vesta carraspeó. No es que Bella la disgustase profundamente, como muchos otros estudiantes. Simplemente sabía que si la estaba invitando a su cumpleaños era por costumbre, porque había sido así durante trece años. Además, estaba demasiado preocupada por las notas como para pensar en fiestas, puestas de largo y similares.
- No creo que pueda, en serio... ¿no va a ser la hora ya? - respondió finalmente. Bella se encogió de hombros y la siguió hasta la sala común, donde ya esperaba la mitad de la casa. Como de costumbre, los alumnos de primer y segundo curso permanecían de pie junto a la chimenea. Segundo y tercero, sentados sobre la alfombra. Los de quinto se agrupaban todos en los taburetes junto a la mesa de estudio, y los sillones quedaban reservados para sexto y séptimo.
- Da gusto poder estar cómodo cuando te entregan el dichoso papelito - escucharon a un alumno de su curso. El grupo de séptimo permanecía extrañamente apagado, y algunos murmuraban en voz baja. Cuando todos, los setenta, estuvieron colocados en sus puestos, la tensión flotaba ya como el humo sobre sus cabezas. Incluso los buenos estudiantes comenzaron a lamentarse y a emitir pronósticos muy poco optimistas. Pronto terminaron callándose y sumergiéndose cada uno en sus propias preocupaciones. La sala de Slytherin nunca había sido especialmente bulliciosa, pero aún así aquel silencio era tan profundo que cuando se abrió la puerta del pasillo ahogaron una exclamación de alarma.
Generalmente era el jefe de la Casa quien les entregaba las notas, y mandaba una copia a sus padres, pero tras la desaparición de Snape, Dumbledore había asumido el papel con mayor o menor fortuna. Terminó el temario, se ocupó de algunos asuntos internos, incluso pasó varias veces por la Sala Común a preguntarles si necesitaban algo. Nunca Slytherin había tenido un jefe tan solícito y dispuesto a socorrer a sus estudiantes al menor atisbo de malestar, y por eso mismo resultaba totalmente inadecuado para el papel. La entrega de notas sería aún peor, daría tantos ánimos a aquellos con notas malas que los que habían tenido sobresalientes desearían lo contrario... Por eso se sorprendieron el doble cuando en vez de Dumbledore en categoría de suplente, fue Snape quien avanzó hasta la chimenea.
Nadie dijo nada, por miedo, sorpresa o simplemente porque era la costumbre, pero ahora la curiosidad era casi tan palpable como lo había sido momentos antes la tensión. Indiferente a la reacción, Snape sacó el grueso fajo de pergaminos de un bolsillo y comenzó el reparto.
- Abbot, Geoffrey - susurró en tono bajo. Un niño de primer curso, con grandes ojeras y túnica reluciente, alargó la mano para alcanzar el papel. Snape ni lo miró. - Siga así. Anderson, Josephine...
Uno a uno fueron desfilando y recibiendo sus correspondientes notas. En el mismo tono monótono, Snape agregaba un pequeño comentario al entregárselas, de tal modo que incluso las buenas noticias sonaban como un reproche. Pronto el grupo pareció dividirse entre los que se limitaban a esperar, con las notas en la mano, los que parecían observar algo muy interesante en el techo con los ojos temblorosos, y los que temblaban a su vez esperando el turno. Los alumnos de cursos superiores tuvieron un buen rato para constatar que Snape era el mismo de siempre, ni más alto ni más bajo. Tampoco le faltaban dedos, ni ojos, y desde luego no había sido devorado por el monstruo del lago, como se había sugerido. Simplemente, se había tomado una especie de vacaciones adelantadas. Y ni siquiera había aprovechado para cambiar de vestuario. Sexto y séptimo comenzaron a dejarse llevar por la rutina de cada entrega de notas, y simplemente pensaron en cosas más agradables para sobrellevar la espera. Snape siempre se comportaba así, pero era del dominio público que se debía a la rivalidad con Gryffindor, y todos deseaban patear el trasero a aquellos leones engreídos. Quizá no en los mismos términos, pero el espíritu era el mismo. Lo único que el profesor intentaba era incentivar su orgullo. Después de todo, eran la mejor casa del colegio, y no podían permitirse los descuidos ¿no?
- ... mejorar en Transformaciones. O'Connelly, Vesta. - anunció por fin. Vesta se estiró para agarrar el papel, y lo ojeó rápidamente antes del comentario. “Oh, no...” dijo para sí milésimas de segundo antes de escucharlo. - Decepcionante, francamente. De las peores.
Todo aprobados bajos, muchos de ellos por los pelos, como Historia... cinco, seis, cinco y veinticinco... exceptuando los sobresalientes de Estudios Muggles y Encantamientos. Abel Leigh echó una mirada por encima del hombro de Vesta.
- Las mías son peores - susurró, pero no lo bastante bajo. Snape tendió sus notas a Paddington, Tadeus.
- Claro que lo son, Leigh. No he dicho que usted sea parte de la clase, dado que sus resultados son dignos de un squib Hufflepuff. Si es tan amable, deje los coqueteos y la solidaridad para cuando lleve el papeleo de algún elfo doméstico excepcionalmente dotado para la política. Svenson, Katerina...
Cuando Jane Wiggin, de séptimo, recibió su boletín, Snape se cruzó de brazos y les observó por primera vez.
- No intentéis excusaros - paseó la vista por las filas de estudiantes, y algunos bajaron la mirada. - En general, el resultado de este año ha sido un desastre. No quiero que me digáis “Ha sido así en todas las casas” o “Es que ha estado el torneo...”, porque ninguno de vosotros está en otra casa ni ha participado en el torneo. Sólo espero que el curso que viene podáis limpiar vuestra pobre actuación en éste. Los alumnos que han terminado séptimo tendrán que conformarse con saber que su promoción abandonó Hogwarts con las notas más bajas en casi diez años. Terminad de hacer el equipaje y subid al comedor.
Definitivamente, les habían devuelto al mismo Snape de siempre.
- ¿Menudo fin de curso eh? - Bella volvió a sentarse junto a Vesta, y abarcó con un gesto todo el Gran Comedor. El ambiente estaba cargado, repleto de susurros, y muchos tuvieron la tentación de ponerse a gritar hasta romper aquella tirantez tan extraña en una cena de despedida. Quizá lo hubieran hecho si Dumbledore no se hubiera puesto en pie al terminar la cena.
- El fin de otro curso - anunció con seriedad, deteniéndose unos segundos en pasear la vista por las cinco mesas, incluida la de profesores. Instantáneamente se hizo el silencio, Dumbledore no hablaba alto, y todos sabían que un fin de curso extraordinario precisaba de una despedida extraordinaria; no querían perdérsela. Pero el anuncio de Dumbledore pilló a todos, o al menos a la mayoría, por sorpresa.
Diggory, ¿asesinado por Voldemort?
La reacción no se hizo esperar. Exclamaciones de horror, asombro, el ruido de unos cubiertos cuando una chica de Hufflepuff se dejó caer sollozando silenciosamente sobre la mesa... Muchos de Slytherin enmudecieron también. Sin embargo otros se limitaron a mirarse. Se estableció una red invisible entre los que atendían con un nudo en los ojos a lo que Dumbledore seguía diciendo, y los que simplemente se miraban como compartiendo un secreto. “Lo sabían” pensó Vesta cuando vio que Draco miraba a Crabbe, a Goyle, y luego a ella misma, alzando una ceja. También Bella escrutaba la mesa y de vez en cuando dedicaba un asentimiento a otro estudiante, incluso alguno de Durmstrang. “Lo sabían... así que era por eso”. Se llevó las manos al vientre y oyó confusamente el resto del discurso de Dumbledore, como si el comprender de repente la hubiera vuelto sorda. La última palabra que pronunció el director fue “Diggory”. El Comedor volvió a alzar sus copas. A Vesta la hubiera gustado hacerlo, pero no se dio cuenta de lo que sucedía a su alrededor hasta que Bella la sacudió.
- ¿Vienes al corredor? Hemos quedado con los de Durmstrang - susurró en su oído, y a Vesta la sonó como si la hablara a través de muchas capas de tela. En la mesa de profesores, Snape hablaba rápidamente con Dumbledore, y el director asentía con una pesadez en la mirada que resultaba especialmente preocupante en él. McGonagall miró hacia ella y luego hizo una seña a los dos hombres, que se levantaron y abandonaron la sala por la puerta de los profesores.
- Me voy. - dijo, aunque en realidad no tenía interés en que Bella la escuchara. Se levantó y salió corriendo del Comedor.
- ¿Vas a celebrarlo tú sola? - le preguntó Bella lo bastante alto como para que varios Hufflepuff se volvieran amenazadores hacia la mesa de Slytherin. Pero Vesta ya atravesaba el corredor principal. Lleno de gente, pero ni rastro de Snape. Bajó a saltos los escalones hasta la sala secreta y gritó la contraseña cuando entraba por el pasillo. Por suerte ningún prefecto estaba cerca, porque la habrían entretenido y seguramente amonestado. Cogió la mochila del dormitorio y abrió la caja agujereada introduciendo la mano.
- ¡Venga, venga, venga! - exclamó. Se marchaba.

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