Personaje original, post-Cáliz de Fuego, PG13. Escrito en el 2002, INCOMPLETO.
Calificación: PG13
Advertencias: Mary Sue, femslash, muerte de personaje, tamaño novela, incompleto.
Notas: Situado en el verano posterior al Cáliz de Fuego
Comentarios: Empecé este fic en el 2002 y durante dos años practicamente no escribí otra cosa. Supongo que por eso me he decidido a postearlo; es una parte demasiado importante como para dejarlo permanentemente fuera de mi página de relatos. Un par de comentarios más:
- Llegué hasta las 168 páginas en word, divididas en cinco partes.
- Está no sólo incompleto sino a parches. No lo escribí correlativamente.
- He añadido explicaciones sobre los trozos que faltan ahí donde faltan. En algunos casos incluyen notas sobre diálogos de esos trozos.
- Los distintos signos "<<<<<<<>>>>>>>>" quiere decir que ahí iba algo más pero no es importante; alguna descripción o el título del capítulo.
- Ugh >__<
La extraña pareja
- Voy con usted.
La escuché a mi espalda poco después de abandonar la sala común. "Voy con usted", repitió, y aquellas palabras retumbaron en el vestíbulo. Fingí no haber oído nada y continué el camino hacia mi despacho. Escuchaba sus pasos rápidos detrás de mí, pero ahora permanecía en silencio. Cerré la puerta en sus narices y me detuve frente a la alacena. En otros momentos seguramente no me habría importado que, como de costumbre, pasara parte de la noche en el despacho tomando apuntes sobre las propiedades de todos aquellos engendros encerrados dentro de los botes, el porqué de las coloraciones burbujeantes, la medida exacta de belladona que separaba el veneno del relajante... pero no aquella noche. No cuando la Marca aún ardía en mi brazo, cuando notaba mi voluntad de ayudar a Dumbledore flaquear... voy con usted ... Vesta no buscaba ninguna explicación académica aquella noche, ni una reprimenda por sus notas. McGonagall ya me lo había advertido al volver de aquella infructuosa búsqueda de mis antiguos compañeros.
- Severus, Vesta O'Connelly no ha hecho más que perseguirme desde la cuarta prueba. Que sea la última vez que tengo que dar explicaciones por ti a ninguna alumna - Minerva utilizó en aquella ocasión un tono de reproche más propio de la clase de Transformaciones que de la Sala de Profesores. Sin embargo, tenía razón. De repente aquella determinación de Vesta, que se filtraba a través de la puerta como si estuviera hecha de niebla, resultaba terrorífica como la de Medusa. Detuve mi mano un instante antes de tocar el pomo, y di media vuelta golpeando la puerta del pasadizo exterior.
Todavía dentro del túnel, frío y húmedo, noté el miedo estúpido deshacerse. Sabía muy bien que Vesta jamás actuaría de espía para los mortífagos, al menos no mientras la influencia de Medusa siguiera contenida entre los muros de Azkabán. Al año siguiente, si yo seguía vivo o Hogwarts en pie, Vesta estaría sentada a la mesa de Slytherin como de costumbre, asistiría a las clases, y pasaría las tardes en mi despacho ayudándome con los ingredientes y en silencio. No como todos aquellos horribles niñatos, que no cesaban de parlotear sobre partidos de quidditch o la siguiente salida a Hogsmeade. Porque el curso terminaba, y ella se iría a pasar el verano a Francia, con una especie de excursión muggle, a estudiar. Y estaría a salvo por estúpido que pudiera parecer, fingiendo ser otro de esos bobalicones seres y sacando fotografías a la Torre Eiffel. Sobresaliente en Estudios Muggles, por supuesto. Qué menos, cuando cada semana la Coordinadora de Actividades Extra-Mágicas en Londres la enviaba gruesos sobres rebosantes de sellos (muggles... ¿es que no saben para qué sirven las lechuzas?) y con montones de papeles que no la iban a servir de nada en mi opinión...
Subí los peldaños resbaladizos que había al final del túnel, y empujé la trampilla con cuidado. Bastante lejos a mi derecha el campo de quidditch parecía más bien las ruinas de un cementerio. Volver a pensar en Medusa había sido una mala idea, imaginé la alegre risotada que hubiera lanzado al aire de haber estado presente la noche de la cuarta prueba. Aunque con toda seguridad, la mayor carcajada la habría provocado verme estrechar la mano a Sirius Black, metamorfoseado en el perro sarnoso que siempre fue... No era momento de pensar en eso. Llegaría hasta Hogsmeade y desde allí me bastaría con aparecerme en Londres. Ellos me encontrarían, no tendría que hacer nada. Tragué saliva. Me encontrarían . No había esperanza que valiera. Me giré para echar una última mirada al colegio, y lo primero que me encontré fue a Vesta que apuraba a la carrera la última decena de metros que la separaban de mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Tanto tiempo con los Weasley la había hecho perder por completo la disciplina?
- Profesor, espere, déjeme ir con usted... por favor - musitó, y la asfixia de aquella carrera a campo través hizo que su voz sonara agonizante.
- Vuelva al colegio, señorita O'Connelly - ordené, poco acostumbrado a tener que reprenderla.
- No - respiró profundamente - No, profesor, quiero ir con usted. Usted no lo entiende... "necesito" ir con usted...
- Vesta, no puedes estar aquí - enumeré todas las normas que estaba infringiendo, ignorando su mirada cansada. - No me hagas llevarte a rastras como si fueras una alumna de primero. Estás entorpeciendo mi trabajo.
- ¿Trabajo? Esto no es un trabajo, es un suicidio, si Voldemort le descubre...
- Todavía estoy a tiempo de quitarle cincuenta puntos a Slytherin por tu insolencia - exclamé, apretando los puños. Creí unos segundos que aquella amenaza surtiría efecto, aún cuando seguramente en aquellos momentos se estaba realizando ya el último recuento. Pero simplemente avanzó un par de pasos y se llevó las manos a la cintura.
- Mire - murmuró, y poniéndose derecha se levantó la camisa para enseñarme su costado derecho. No podía ser... me acerqué rogando que hubiera visto alucinaciones. Pero allí, sobre la piel blanca, la sonrisa burlona de la Marca Oscura tenía un color ocre refulgente. Así que Medusa se había salido con la suya - Quema, por eso sé que ha vuelto... llevaba molestándome desde hace meses, y el otro día, durante la última prueba, fue horrible... creí que iba a desmayarme del dolor - se volvió a meter la camisa y se acomodó la mochila sobre el hombro izquierdo. - Quiero ir con usted. Sé que puedo ayudarle.
***
Me llamo Vesta Medusa O'Connelly, tengo 17 años y he terminado el sexto curso en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería... no es un mal comienzo para un diario de viaje, ¿no? Después de todo, una especie de presentación siempre está bien. Lo he hecho en cada uno de mis veraneos con muggles , así que no veo por qué debería ser distinto en un verano más... mágico, por así decirlo. Con algunas diferencias, claro está. Ya no uso esos cuadernos cuadriculados de papel semi-artificial, sino pergaminos blancos de papel de arroz. Y en lugar del bolígrafo azul con que anoté cuidadosamente los monumentos que iba conociendo, he cogido mi mejor pluma. Pero no utilizo tinta, ni siquiera esa tinta invisible que todo el mundo sabe desenmascarar. Esta no es una excursión cualquiera. Así que he echado mano de algo que descubrí en tercero, una noche en la desierta sala común de Slytherin, cuando derramé medio frasco de una poción fallida sobre mis apuntes de Aritmancia.
En apariencia el líquido transparente sólo me dejó el pergamino bastante mojado, y una bonita reprimenda del Profesor Vector por no llevar hechos los ejercicios al día siguiente. La verdad era que los pergaminos se habían volatilizado en mis manos, cuando intentaba secarlos al fuego azulado de las ramas de serbal que había puesto en la chimenea. Sólo las partes que no estaban empapadas quedaron intactas. Intrigada, mojé una de mis plumas (la peor que tenía, porque no quería arriesgarme a perder ninguna de valor) en lo que quedaba de poción, y escribí mi nombre en grandes letras a lo largo de todo un pergamino. Levantándolo de las esquinas, lo acerqué a las llamas. Las letras brillaron un instante para luego deshacerse, dejando su silueta recortada en el pergamino ileso. Incluso el óvalo de la “e”, o el círculo casi perfecto con que escribo la “a”, flotaban rodeados de aire. ¡Aquello era estupendo! Pero claro, tenía un problema. Una vez que lo acercabas al fuego las letras quedaban delineadas con claridad, y ya no podían volver a ocultarse. ¿De qué servía una tinta invisible si una vez que se leía quedaba patente a los ojos de cualquiera? Cogí el frasco y lo removí frente a mis ojos. Ni siquiera recordaba la proporción de ingredientes exacta. Así que tras pasar un par de horas olisqueando el líquido y escribiendo por todas partes, cogí los papeles y el frasco y fui a contarle mi descubrimiento a la única persona de Hogwarts a quien no le importaría que le despertase a las cuatro de la mañana un martes, mientras se tratase de algo interesante.
El profesor Snape había escuchado mi explicación frotándose los ojos y bostezando. Luego se quedó los pergaminos y el frasco, y me mandó a dormir. Al día siguiente se acercó a mí durante la clase. “Señorita O'Connelly, la proporción de azufre era excesiva, tendrá que repetir el ejercicio”, indicó en voz alta dejando el frasco sobre la mesa. Pero por supuesto aquella no era mi poción. El nuevo líquido tenía un suave color anaranjado. Lo destapé y sonreí para mí. Y además olía a menta.
Por tanto, sólo el profesor sabría cómo leer estos papeles. Ahora mismo se limita a mirar preocupado por la ventana del tren que nos lleva a Londres. Sé que jamás leería esto sin mi permiso. Aunque a veces me gustaría que lo hiciera...
Y no marcan a los niños
Veía el reflejo de Vesta escribir afanoso a través del cristal de la ventana. Ella no había vivido suficiente bajo el dominio de Voldemort. ¿Cuánto tiempo tardaría aquella Marca en oscurecer su espíritu? Esperé a que terminase de escribir mientras el olor a menta de la tinta llenaba el vagón vacío. Aquel tren era un auténtico prodigio del mal gusto muggle; los fluorescentes zumbaban con insistencia, revelando la basura acumulada entre las juntas metálicas. Las almohadillas de los asientos tenían un color opaco indefinible, y estaban reventadas, con aquella espuma artificial de color negruzco quemada o arrancada. Sellé el vagón con un encantamiento para que el revisor viejo que había agujereado nuestros billetes no viniera en busca de conversación o algo parecido.
Por supuesto habría sido infinitamente más fácil llegar hasta el camino de Hogsmeade, fuera de las murallas de Hogwarts, y aparecer en algún descampado cercano a Londres, pero Vesta aún no dominaba las apariciones. Habría sido demasiado arriesgado. Seguimos caminando hasta el pueblo muggle más cercano, cuya diminuta estación estaba desierta. Fue una suerte que apenas media hora después de llegar, pasase el tren hacia Londres. El muggle que nos vendió los billetes estaba tan dormido que ni siquiera se fijó que le pagamos en sickles, y tras tendernos los papeles volvió a su cabina murmurando algo sobre fiestas de disfraces.
Al sentarse en el vagón, Vesta se quitó la túnica de Hogwarts y la metió en su mochila verde. Se miró un poco al espejo y supongo que quedó satisfecha de su aspecto de estudiante muggle normal y corriente cuando tras varios intentos consiguió mantener su endemoniado cabello negro lejos de los ojos. Me senté frente a ella cuando el tren empezó a moverse con pesadez, renqueando como un caballo viejo. La vi sacar de la mochila los pergaminos, su frasco de tinta y una de las plumas de gaviota que solía utilizar. Escribió durante unos minutos, me miró de soslayo y apuntó algo más. Al volver a guardarlo todo en la bolsa Awbonee se enrolló en su muñeca. Aquella pequeña serpiente coral campaba a sus anchas alrededor de Vesta, y muchas veces sobre ella. Dumbledore le había permitido quedársela siempre que no la llevara a las clases y sólo mientras permaneciese oculta. Supongo que había cumplido, porque seis años después el reptil todavía me asustaba a menudo apareciendo entre sus libros sin previo aviso.
Me pregunté si Dumbledore sabría algo de la Marca. Dejé de mirar el reflejo y me centré en la Vesta real, que siguió jugando con la serpiente pero alzó los ojos hacia mí. Sabía lo que iba a preguntarle.
- ¿Cómo lograron que te la hiciera? - sólo Voldemort podía grabar aquella Marca. Incluso el muggle más torpe podía dibujarla, pero sólo el Señor Tenebroso era capaz de hacer de ella algo vivo, algo que quemaba y resplandecía siguiendo su voluntad.
- Mi madre se lo pidió. Como un favor... personal. - frunció el ceño incómoda. - Puedo recordarlo, ¿sabe? Había poca gente. Él me cogió. Tenía las manos frías. Luego empezó a dolerme el estómago, quemaba, y eché a llorar. A mi madre le avergonzó.
- No lo sabia.
- Casi llegué a olvidarlo. No quería ser un bicho raro, o que creyeran que yo era como mis padres.
- ¿Dumbledore lo sabe?
- Se lo conté en tercero, cuando empezó a dolerme. Pero sólo me dio una palmada en la espalda y me dijo que tendría que acostumbrarme. Era como si ya lo supiera.
- Debiste decírmelo.
- Lo sé, y lo lamento profesor. No creía que tuviera nada que ver con usted hasta el otro día.
Alcé la mano y calló al instante. Dos semanas antes, Karkarov la había encontrado sola en clase cuando me buscaba a mí. Un simple vistazo le bastó para reconocer a la hija de Medusa y abrir aquella boca de cobarde histérico. Vesta todavía esperó unos días, supongo que atando cabos, antes de tocar el tema con su sutileza habitual. “El otro día estuve con el director de Durmstrang. Quería hablar con usted.” había comentado distraídamente observando mi reacción. “Me preguntó por mis padres. También quiso saber qué pensaba hacer usted, ahora que su Marca es de nuevo visible”.
Creo que sentí algo parecido al miedo. En manos de cualquier otro alumno, aquel descubrimiento hubiera sido una bomba de relojería y, aunque sabía que Vesta no diría nada, se me haría raro volver a pasar las tardes solo en la mazmorra. Después de todo, habían sido seis años compartiendo los silencios del subterráneo. Que sus padres eran mortífagos era algo del dominio público por mucho que ella intentó ocultarlo; en Slytherin a menudo algo así era un punto más en la escala de popularidad. Quizá por eso Vesta renegaba de su familia. Era irónico, pues cualquier mago cercano a Voldemort podía reconocerla en segundos. Algunos niños heredan de sus padres los ojos, la nariz, el óvalo de la cara... Vesta tenía el cabello de Medusa. Una cascada negra que la envolvía como un manto vivo y en constante movimiento. Al principio ella lo odiaba. Cuando llegó en primero, se lo cortó a la altura de la barbilla. A los tres días había recuperado su extensión, con una fuerza renovada. En tercero pasó noches enteras estudiando y mezclando pociones debilitadoras y, aunque sacó una buena nota, no sirvió de nada el que se vertiera cuidadosamente un frasco entero de una mixtura de su invención en la cabeza. Sólo consiguió vetearlo de plata. Durante un mes fue como una pequeña mofeta con túnica, deslizándose avergonzada junto a las paredes. Le costó, pero se dio por vencida y comenzó a llevarlo suelto sobre los hombros. Con el tiempo me dio la impresión de que podía controlarlo a voluntad, como su madre. Al sentirse furiosa, se echaba hacia atrás revelando el ceño fruncido y los ojos centelleantes. La mayor parte de las veces sólo flotaba cayendo sobre sus mejillas. Aunque Awbonee podía encontrarse en cualquier parte cerca suyo, prefería nadar camuflada entre los mechones con forma de culebra.
Ahogó un bostezo y miró el vagón. Eran cerca de las cinco de la madrugada. No llegaríamos a Londres hasta las diez.
- Será mejor que duermas un rato. - asintió y sonrió con los ojos empequeñecidos, recostándose en los asientos. Hizo una bola con su capa para usarla como almohada y tras musitar algo que supongo que fueron las buenas noches, se quedó dormida. Awbonee se deslizó por su cintura, como si estuviera comprobando que todo iba bien por allí, y cuando se dirigió hacia el cuello la camisa se movió, dejando la Marca Oscura al descubierto. Me quedé dormido mirando la Marca, que me sonreía desde la piel inmaculada.
This city is not my own. This world is not my home.
Estamos en Londres. En casa. Creo que esta fue mi casa una vez, aunque ahora sólo la vea como un apartamento anodino en el tercer piso de un bloque de cemento. Era mi casa cuando vivía con mis padres. Después, durante unos años más, cuando Johann Stoltz se hizo cargo de mí. Luego se debió aburrir, era un brujo todavía joven y había quedado libre porque el Ministerio no pudo demostrar nada en su contra. Así que me internó en un colegio muggle donde insistió en inscribirme en todos los programas de veranos en el extranjero. Desde entonces, ¿cuánto tiempo he pasado entre estas paredes? ¿Un mes, dos en total? Básicamente desde que mis padres se fueron, esa ha sido mi vida. Viajes y dos colegios. La verdad es que he tenido una vida “normal”. Amigos muggle cuando era más pequeña, profesores simpáticos en los cuatro o cinco países que he conocido. Una vez incluso tuve un gato. Pero Awbonee lo mordió y el gato se murió pocos minutos después.
Supongo que esta sigue siendo mi casa después de todo, porque he notado algo en el estómago cuando el ascensor nos dejó frente a la puerta. El profesor había aceptado mi sugerencia de pasar la noche aquí para descansar y decidir qué hacer. La sensación del estómago era parecida al miedo cuando giré la llave en la cerradura. Miedo por lo que pudiera haber dentro o algo que hubieran dejado aquí mis padres. En mis recuerdos, el apartamento era normal, con pocos signos que revelaran la actividad mágica. Tampoco sabía si alguien más lo habría ocupado en mis ausencias. Miedo a que estuviera desordenada. El profesor odia el desorden. No podía hacer nada contra la intensa atmósfera muggle que impregnaba el lugar, pero por favor, supliqué, que no esté desordenada.
Todo está impecable. Entramos en el recibidor, olía a cerrado y extendí la mano automáticamente a la derecha para conectar el aire acondicionado. A modo de ritual pasé las manos por el aparador de la entrada y dejé que entre tanto Awbonee se deslizara por mis piernas hasta el suelo. Me sentí de repente como una agente inmobiliaria que tuviera que vender el piso. No había mucho que ver en el recibidor, más que una silla, la pequeña mesa y unas fotografías de paisajes en blanco y negro. Atravesé el pequeño vestíbulo oyendo los pasos lentos y el susurro de la capa del profesor tras de mí. “Aquí está el despacho” indiqué. Los muebles de cedro presentaban un aspecto impecable, el escritorio estaba preparado y listo para ser usado, con la colección de plumas de mi padre ordenada en tres frascos dependiendo de su tamaño. “La cocina”, un cuarto cuadrado, ni grande ni pequeño, con estanterías y electrodomésticos blancos. “El baño” y su cortina de ducha con flores rojizas, el espejo con marco de madera, un lavabo de grifos plateados. “Mi cuarto”, tan impersonal que parecía una celda monástica. La puerta de al lado daba al salón, sofás de piel negra y libros, muchos libros. Sólo quedaba una puerta, justo frente a la sala.
- Este es... era, el cuarto de mis padres - informé, pero dejé al profesor pasar delante de mí. Podía recordarme en aquel mismo lugar, observando como los magos del Ministerio rodeaban a mi padre, que miraba al suelo, y a mi madre, resplandeciente en su bata de seda, sonriéndome. “Tus padres son malos, no puedes estar con ellos” había susurrado alguien en mi oído. Sí, lo eran. Eran malos, porque tal vez de no ser por ellos, mi cuarto estaría ahora lleno de vida, desordenado, con la maleta recién deshecha y algunos estandartes de Slytherin decorando las paredes. Podría invitar a mis amigos a visitarme... podría haber tenido más amigos, mejor dicho. Porque no podía ser amiga de aquellos que se acercaban a mí sólo por ser hija de mortífagos. Y aquellos cuya amistad me hubiera interesado, se apartaban por el mismo motivo. Mis padres habían sido malos. En todos los sentidos. Me di un fuerte manotazo en la frente. Lo hago siempre que quiero olvidar algún pensamiento, así que el profesor, acostumbrado, se limitó a echar un vistazo a la habitación. La expresión de su cara no dejaba lugar a dudas.
- Desde luego, parece una casa de muggles - viniendo de él aquello era poco menos que un insulto. Asentí. Después de todo, eran muggles los que se ocupaban de mantener la casa habitable. Tenía unos administradores, contratados por mis padres cuando nací, que se encargaban de todas esas cosas. Les veo una vez al año y me dan un recital de cuentas y proyectos. ¿Habrá algún muggle capaz de darle vida a esta casa muerta? ¿Cuánto costaría contratarlo? El profesor ha insistido en quedarse en mi cuarto y dejarme a mí la habitación grande. Todo sigue como si en cualquier momento mamá fuera a entrar por la puerta, yo la espero sentada sobre la cama, con Awbonee enrollada entre mis pies. Ella me sonríe, comenta lo bueno que ha sido el día, me hace cosquillas sobre la Marca y se pone una de sus delicadas blusas para dormir. Me dice que mi padre aún tenía asuntos que resolver, se estira como un gato y yo le digo “Qué guapa estás, mamá”. Ríe consciente de ello, se mete en la cama y nos dormimos abrazadas.
Sus blusas siguen pulcramente dobladas en el cajón. A su lado, mi camisón de algodón parece un saco de patatas. He escogido una más larga que las demás, negra, con una rosa roja bordada en la espalda y me la he puesto, poco acostumbrada a tanta suavidad. Supongo que es una especie de despedida. En realidad, tal vez debería vender todo esto, y comprarme algo bonito.
Adivina quién viene a cenar
El silencio cayó como una losa sobre el... ¿cómo lo había llamado Vesta? “Apartamento”. Sí, sólo los muggles podían ser capaces de vivir en aquella especie de caja de zapatos, apilados unos sobre otros, sin jardines, sótanos, ni siquiera un comedor decente. Era la tapadera perfecta, no concordaba en absoluto con los gustos exquisitos y bastante elitistas que Medusa y Bastian habían exhibido hasta que los enviaron a Azkabán. Aunque también era verdad que debían pasar muy poco tiempo en casa. Hasta donde yo recordaba, lo único que había trastornado la llegada de Vesta a sus vidas era que durante cuatro meses Medusa no había podido lucir su cuidada figura debido al embarazo. Después todo había seguido como si nada. De hecho, pocos mortífagos podrían recordar que existía una niña.
Examiné la habitación en busca de algo, cualquier cosa que pudiera resultar medianamente mágica. Los cajones del escritorio sólo contenían material de papelería muggle. Abrí el armario, prácticamente vacío. En uno de los compartimentos había tres túnicas de Slytherin, y tres juegos de uniforme de distintos tamaños. Cuando Vesta llegó a Hogwarts era un bulto oscuro de once años que apenas me llegaba por los hombros, y sin embargo mientras subíamos en el ascensor de aquel “apartamento”, su flequillo me había rozado la nariz. Parecía imposible. Aunque claro, los años pasan para todos. Aquella ropa doblada y casi nueva era ahora como el traje de una muñeca. Pero sólo era ropa, no había nada especial. Abrí los cajones del armario. Prendas muggles. En otro compartimiento encontré un montón de pergaminos divididos en fajos. “Aritmancia 3º”, “Artes Oscuras 1º”, “Herbología 5º”... rezaban las pequeñas etiquetas atadas a las cintas que los sujetaban. Los apuntes de Pociones eran los más numerosos, y despedían un olor fuerte, una amalgama que no pude identificar. Seguramente se debería a la extraña habilidad que Vesta tenía para derramar las cosas. Pasé las hojas con cuidado. Aquí y allá veía tachones, apuntes en los márgenes con tinta roja, y mi propia letra, generalmente corrigiendo alguna barbaridad. No pude evitar sonreír. Vesta tenía mala cabeza para las proporciones, aunque no la costaba recordar los ingredientes y sus propiedades. Durante sus primeras semanas lo pasó bastante mal en mis clases, como casi todos los descerebrados que han pasado por mi asignatura desde que enseño en Hogwarts. Y, sin embargo, en esos años ninguno se había atrevido a pedirme ayuda.
Escuché un golpe sordo en el salón. En aquel silencio denso, sonó como una pequeña explosión.
- ¿Vesta? - ninguna respuesta. Dejé los apuntes sobre la cama y me asomé al pasillo. Vesta estaba de nuevo dormida, tapada hasta la nariz con la colcha azul oscuro de la cama de matrimonio. De nuevo sentí que había cometido un gran error trayéndola conmigo. Me acerqué al umbral. Todavía no hacía un día completo que abandonamos Hogwarts, había anochecido un par de horas antes, y las huellas del cansancio le habían dejado los párpados hinchados. Caí en la cuenta que no habíamos comido nada desde la partida. Podía dejarla dormir un par de horas más, preparar algo de comer y despertarla de madrugada. Apagué la luz del cuarto dejándola descansar a oscuras y me volví hacia el salón, para buscar algún libro de conjuros que permitiera materializar un pavo asado.
- Severus, cuánto tiempo - la voz sibilina e inconfundible de Lord Voldemort borró de un plumazo todos mis proyectos culinarios. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
- Sí... mucho tiempo - respondí estúpidamente. Me hizo un gesto indicando el sillón frente a él. Tenerle cara a cara no mejoró mucho mi estado de ánimo. Había recuperado su forma humana, sí, pero parecía recién salido de una tumba. Su palidez era enfermiza, en ocasiones casi parecía que su piel era azul en lugar de blanca. Los ojos de reptil se habían agrandado y hundido en las cuencas, y respiraba con dificultad produciendo un sonido siseante. Sonrió, y aquello otorgó a su rostro un aspecto macabro y demente.
- Supongo que te acuerdas de Peter - susurró. No me había dado cuenta, o tal vez lo había confundido con una pata del sillón. Arrebujado en su capa, casi sentado en el suelo junto a su amo, Colagusano me miraba con aquella cara ovina de ojos lechosos que tenía desde los once años. Un rictus de perplejidad, asco y repentina comprensión hizo que me llevara las manos a la cara, para frotarme los ojos. Escuché algo que debía ser un ensayo de carcajada, cuando Voldemort interpretó a la perfección mi aturdimiento. - Pettigrew, vivo... y coleando. Parece mentira, ¿verdad? El héroe para la opinión pública, que murió a manos del malvado Sirius Black. Quizá él no sirva para gran cosa, pero sin duda sus dotes para la actuación merecen un reconocimiento por tu parte, Severus. Supongo que esto ha hecho tambalearse un tanto tus férreas convicciones.
Me agarré al brazo del sillón como si en ese momento estuviera cayendo desde la torre más alta de Hogwarts. Voldemort. Pettigrew. Iba a morir. Era cuestión de segundos o minutos. Y no sabía qué era lo peor. Si haber fracasado tan pronto, o que una de mis últimas certezas fuera que el maldito Sirius era inocente.
Un bostezo resonó a través del pasillo, y Lord Voldemort levantó la cabeza con movimientos más propios de una cobra que de un ser humano. Vesta también iba a morir, en su propia casa, cuando debería estar en Hogwarts cenando a la mesa de Slytherin y preparando la maleta para irse a París al día siguiente. Sentí el repentino impulso, totalmente irracional, de gritarla que desapareciese. Pero ya era demasiado tarde, porque mientras yo me reprendía por mi irresponsabilidad, ella apareció en el umbral.
Sé que Voldemort pensó en esos momentos lo mismo que yo, y no me hizo falta mirar a su reconstruida cara de reptil, porque la duda flotó en el salón, palpable como las paredes. Recortada en el umbral a la luz del pasillo, como en una función de sombras chinas, no pude distinguir en un principio quién era la chica que se apartaba el cabello a un lado con gesto coqueto, sacudiendo unas imaginarias motas de polvo de la escasa tela del camisón. Un momento de vacilación en su estudiada pose fue lo único que me aclaró las cosas. Vesta era quien había entrado en la habitación. Pero se había traído el recuerdo de Medusa pegado a su piel.
***
Por supuesto que me habían preparado para un encuentro con Lord Voldemort. Mis escasos cuatro años de vida familiar giraron siempre en torno a él, después de todo. Tengo recuerdos nítidos de mi existencia desde poco después de cumplir un año, aunque no podría decir si es debido a alguna clase de encantamiento o al hecho de tener una familia un tanto especial. El caso es que observé con los ojos entrecerrados la sombra del profesor detenerse en la puerta de mi habitación y luego entrar en el salón. Después oí voces y fue como si algo se encendiera en la habitación. Pensé al instante en la chimenea, y en si seguiría conectada a la red flu. No sé cómo explicarlo, pero algo me llamaba, algo que me levantó de la cama y me hizo verme como si por unos segundos saliera de mi cuerpo. Era yo quien caminaba, pero no mis gestos. Yo no caminaba así, lentamente, poniendo un pie delante del otro como si bailara, ni me habría apoyado jamás en el marco de la puerta con expresión indolente mientras me alisaba el pelo con los dedos. Ver a Voldemort y al profesor aún más pálido de lo normal y con aquellas caras de asombro fue lo que me devolvió a la realidad. Recuperé mi torpeza, y al momento hice memoria de cómo debía comportarme.
Avancé hacia el Señor Tenebroso sin mirar al profesor, y me arrodillé ante él. Sonrió, y me tendió una mano larga y anémica en la que apoyé la frente como señal de respeto. Al levantar los ojos me encontré con la mirada curiosa de un hombre agachado al que no había visto, de cara afilada y ratonil, que parecía haber perdido algo en el borde de mi camisa. Instintivamente crucé los brazos sobre mi pecho frunciendo el ceño. Voldemort me alzó sin dificultad y dejó escapar un gorjeo sutil.
- Una pequeña Medusa... - susurró, y sus ojos pasaron al profesor, todavía sentado en el sillón a mi espalda. - ¿No es casi tan adorable como ella? Y sin duda, tan feroz. - de nuevo clavó la mirada en mí. Tragué saliva, porque parecía que su mirada entraba desde mis párpados, viendo todos mis pensamientos, pero me limité a inclinar la cabeza y no sé cómo, sonreír. Extendió el dedo índice hacia mi cintura, levantando la tela negra, y rozó la Marca. Una sensibilidad agradable templó mi estómago, muy diferente a la quemazón aguda que me había hecho retorcerme de dolor tantas noches durante el último curso. Respiré profunda y rápidamente, y entonces mi sonrisa fue sincera. Voldemort asintió para sí mismo.
- ¿Confías en él? - bisbiseó, y pensé que simplemente había bajado el tono de voz. Sin embargo, cuando me volví hacia el profesor éste tenía una expresión desconcertada, al igual que el hombre agachado a mis pies. Caí en la cuenta de que Voldemort me había hablado en pársel, y tragué saliva. Mamá y papá siempre hablaban en pársel cuando estábamos en casa, pero hacia tanto de aquello... y aunque entiendo a Awbonee, apenas he hablado con ella frases más largas que “No, ahí no” o “Quédate aquí”. Con la garganta oprimida por el temor a quedar mal ante el Señor Tenebroso, llevé mi lengua hacia el velo del paladar, y me concentré en los siseos propios de ese lenguaje.
- Sí - respondí. Pero era obvio que Lord Voldemort no se conformaría con un simple monosílabo. Entonces mi lengua prácticamente se desató. - Confío en él, le conozco, vos también podéis confiar en él, mi señor.
- Hace cuatro años... intentó detener a Quirrell. Intentó detenerme a mí. Debería morir por ello. - murmuró. Aunque el profesor entendiera pársel, el tono de Voldemort era tan bajo que no habría distinguido gran cosa. Hice memoria. Cuatro años. Yo empezaba tercero.
- No, os estaba protegiendo, señor. Yo lo sé, me lo contó, sabía que Quirrell era un auténtico inútil. - mentí a medias. El profesor sólo me había comentado de pasada que me mantuviera alejada de Quirrell siempre que pudiera. No resultó difícil; aquel mago con turbante me resultaba desagradable, con su tonto tartamudeo y sus chillidos de niña cada vez que alguien dejaba libre algún bicho en sus clases. Las apariencias engañan, fue una lección que aprendimos bien ese curso. - Y que sería enormemente peligroso para vos, en aquel estado, quedar en manos de alguien tan necio. Sobre todo cuando el niño estaba tan vigilado. - Voldemort hizo chirriar sus dientes afilados cuando mencioné de pasada a Potter, y su mano esquelética se contrajo hasta parecer la garra de un ave rapaz. Sopesó mi coartada escudriñando al profesor.
- ¿Respondes por él? - preguntó al fin. Miré al profesor, que había recuperado su expresión inmutable, y esperaba en un silencio casi respetuoso. Él sabía qué hacer, siempre lo sabía. Aunque mentir a Voldemort era algo muy distinto a inventar predicciones para la señorita Trelawney. ¿Y si se daba cuenta en aquel mismo instante, y nos mataba a los dos? Pero sin el profesor, me quedaría sola. Con los mortífagos. Sola y mortífaga. Estaba claro, ¿no?
- Respondo por él. Dicto atque vita - añadí. Ya estaba hecho. Dicto atque vita , la promesa más solemne entre mortífagos... “Nunca la pronuncies, mi niña, porque nadie está libre de sospecha. Confía sólo en mí, y en nadie más, porque yo nunca te traicionaré”, me había dicho mi madre cepillándome el pelo una noche. “Sí, mamá”. Y luego, había dejado que se la llevaran. Traición por traición, mamá.
Ahora sólo confío en ti...
***
Desperté con un previsible dolor de cabeza, y la sensación de que mi cerebro se hallaba en algún lugar muy lejano. No recordaba nada. Vesta había entrado en la habitación y había hablado con Voldemort, sí, pero ¿luego qué? Cuando abrí los ojos y me acostumbré a la luminosidad, reconocí la habitación de Medusa y Bastian, bañada en la luz que entraba a raudales por una única ventana. Sintiendo cómo el dolor se trasladaba desde mis parietales a la parte trasera de los ojos, me incorporé llevándome las manos a la cabeza. Awbonee cayó sobre la colcha desde mi brazo y me hizo saltar al suelo. Tras un par de siseos que casi me sonaron a burla, la tomé de la parte media de la cabeza y la metí en el cajón de la mesita.
De pie en la habitación intenté sopesar la situación fríamente. El primer problema... Voldemort había estado cerca. Demasiado. “¿Dónde estaba Vesta?” era otra pregunta que interrumpía mis teorías. Para empezar, necesitaba una lechuza. También, saber de qué habían estado hablando. Y ella no estaba en su cuarto, ni en la cocina ni en el salón. Cuando iba hacia el despacho de Bastian, escuché ruidos al otro lado de la puerta de la calle. Pasos, golpes contra la madera... Me puse en guardia inconscientemente.
- Oh... mierda... las llaves... - la voz de Vesta sonó decepcionada al otro lado. Escuché mas pasos a lo largo del descansillo y luego el silencio. Nada más durante unos minutos, como si se hubiera evaporado, ningún movimiento al otro lado de la delgada madera oscura. Abrí la puerta.
- ¿Qué haces esperando ahí? - pregunté. Levantó la cabeza sobresaltada, sentada en el descansillo y rodeada de bolsas de plástico. - Creo que tienes bastantes cosas que explicarme. Empezando por el hecho de que no recuerdo absolutamente nada de la visita de... de anoche.
Asintió poniéndose en pie y llevando las bolsas a la cocina.
- No quería despertarle. Recordaba que había una tienda pequeña por aquí cerca, así que fui a comprar algo para desayunar... - colocó sobre la pequeña encimera de la cocina un montón de paquetes; jamón dulce, varias botellas de zumos diferentes, bacon, mermelada... y un enorme pastel de chocolate. Ocurría algo grave. Todavía más grave. Vesta sólo tomaba golosinas en época de exámenes, cuando estudiaba durante toda la noche. Se ponía tan nerviosa que casi era peligroso dejarla coger su varita. - Pero se me olvidaron las llaves.
- Luego solucionaré eso, pero ahora preferiría que me contases qué sucedió después de que Voldemort me durmiera. Lo último que recuerdo es que entraste en la habitación. Puedo imaginarme que de alguna manera le convenciste de que no me matara. Espero que no hayas pronunciado...
No pude terminar la frase. Su mano derecha se disparó sobre la encimera, lo bastante fuerte como para lanzar al suelo la taza que acababa de llenar de agua. Así que era eso exactamente lo que había hecho, lo que la preocupaba. Me pasé las manos por la cara. Reprenderla no iba a solucionar nada, no rompería la validez de aquel pacto. Y sin embargo había sido tan estúpido... demasiado estúpido para Vesta. Era más digno de alguien como Neville Longbottom.
- Reparo - murmuré, y los pedazos de loza volvieron a unirse, escapando de entre sus dedos cuando se agachó al suelo para recogerlo. - No sé si entiendes todo lo que conlleva ahora el Dicto.
- Pero iban a matarle - murmuró aún acuclillada en el suelo, con la vista fija en las baldosas.
- ¿Debería darte las gracias por hacer que ahora puedan matarnos a los dos? Siempre hay más soluciones. Sin embargo ahora, si desconfían de mí, si consiguen probar remotamente cualquier hecho que me vincule sinceramente con cualquier elemento al que estén enfrentados, tú serás la responsable.
Asintió levantándose.
- Pero yo estoy de su lado, profesor. En realidad en ese caso yo soy tan traidora ante ellos como usted.
Iba a odiarme por lo que tenía que decirle.
- Yo no soy hijo de Medusa. Tú eres de los suyos, lo quieras o no lo has sido siempre. Voldemort no escucha a cualquiera, ni acepta juramentos a la ligera. Pero incluso siendo hija de Medusa, si yo soy descubierto no tendrán más remedio que matarte. Por eso lo que hiciste fue estúpido. Loable pero estúpido. ¿Por qué van a morir dos cuando sólo desconfían de uno?
En silencio me tendió una taza humeante de café, y se sirvió algunos cereales muggles de aspecto artificial en un cuenco. Tenía ojeras, más de lo normal, el usual semicírculo lívido era casi cárdeno a la luz gris del patio. Incluso en su época de esplendor, Voldemort provocaba impresión en la gente, con sus ojos gélidos y sus maneras sigilosas. Vesta era todavía una estudiante, y había pasado una noche ante él, ante su forma revivida, aquella especie de espantapájaros que yo sólo podía recordar difusamente. Quizá no había sido estúpida. El miedo a veces nos hace parecerlo.
- Afortunadamente para ti, no entra en mis planes inmediatos dejar que nos descubran. Ahora, si no te importa, necesito saber qué sucedió.
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Incluso tras pronunciar el juramento, no fue fácil convencer a Voldemort de que el profesor estaba de su parte. “Hay demasiados desplantes, demasiadas faltas de fe, mi pequeña medusa” susurraba cada cierto tiempo. No, no fue fácil porque nunca se me dio demasiado bien mentir. Y, conforme le repetía hasta casi convencerme yo misma, que cada paso dado por el profesor había sido por el bien de la Orden Tenebrosa (“Señor, de otra manera ¿creéis que habría venido conmigo, aquí?”), la entrevista fue volviéndose algo parecido a una conversación.
Hablé con el Señor Oscuro, mientras el profesor parecía inconsciente y el vasallo se frotaba las manos nervioso. Me dijo que mis padres estarían fuera de Azkabán muy pronto, todos los años de separación serían recompensados. Al hablar de mi madre, sus ojos fríos se iluminaban con un temblor granate. Como si él pudiera tener aprecio a algo. Con largas pausas para coger aire me repitió una y otra vez que yo me parecía tanto a ella, que era como una hija de la Orden Tenebrosa.
Jamás he querido serlo. Asentía y le daba la razón, en parte porque sabía que debía hacerlo, Pero también porque sus dotes de orador me han engañado durante unas horas esta noche. Ahora es de día, y no quiero ser hija de la Orden Tenebrosa. Ni de Medusa. He vivido diecisiete años condicionada por una simple relación de parentesco, como si yo no fuera otra cosa que una prolongación de mi madre. Antes de ir a Hogwarts, con los magos que cuidaban de mi por temporadas. Y, en Hogwarts, con sus hijos. No lo llevo tatuado en la frente, pero casi, pegado a la cabeza, y en el vientre. “Y hay algo en tu actitud” decía Aries, queriendo halagarme. Aún no he descubierto el qué.
Mi madre era perfecta, todos la recuerdan así, incluida yo. Tan perfecta que no fue capaz de mentir cuando la preguntaron si era seguidora de Lord Voldemort, si había utilizado las maldiciones imperdonables en su nombre. Prefirió Azkabán antes que traicionar sus ideales y quedarse con su hija. Un acto de valor, merecedor de recompensa ahora que el Señor Tenebroso ha retornado. Yo sólo era la opción B.
Voldemort está aún débil, hubiera querido saber cómo ha recuperado su forma “humana”, pero no me atreví a preguntar. Imagino que tiene algo que ver con el barullo que ha montado Potter en el torneo de los Tres Magos, para variar. Al cabo de un rato, le hizo una seña al otro hombre, al que se refirió como Colagusano, que se rascó distraídamente el cabello ralo y se aproximó a mí.
- Tranquila, no pienso morderte - graznó con una voz desafinada que intentaba ser alegre cuando me eché de forma inconsciente hacia atrás. No es simplemente que aquel hombrecillo me resultase desagradable. Se ayudó del brazo izquierdo para sentarse en el sofá; el derecho era como un guante plateado, refulgente, pero lo manejaba con cierta torpeza. El cuero produjo un chirrido cuando acomodó su cuerpo esmirriado. Esperé a que siguiera hablando, aunque en realidad sentía deseos de levantarme y alejarme de él lo más posible. Casi me resultaba más agradable hablar con Voldemort. - ¿Cómo te ha ido el curso, Vesta?
Me quedé sin palabras. ¿Qué pregunta era aquella? Me vino a la memoria la típica escena de vida muggle, la visita a casa de la abuelita y las conversaciones gastadas con las amigas de la abuelita mientras tomaban el té. A Colagusano sólo le faltaba el vestido de flores. No pude evitar sonreír.
- ¿De qué te ríes? - preguntó incómodo. Voldemort también sonreía, y tuve miedo de que pudiera leerme la mente. Su expresión era ahora de curiosidad, arrebujado en el confortable sillón. Las llamas de la chimenea hacían que la madera a su alrededor bailara entre sombras y reflejos dorados, y le quitaban algo de espectral a su palidez. De repente la idea de tomar el té con los abuelos cobró un significado siniestro. Porque, si yo era hija de la Marca Tenebrosa, él era de algún modo mi abuelo...
- Bien - respondí. “Decepcionantes”. Aquel curso no había podido concentrarme. Un desastre. Aún así, hubo felicitaciones de compañeros, de padres de compañeros, pero me sentía totalmente inútil. Y los exámenes, el sentimiento de inseguridad. Poca gente pudo mantener sus notas. Luego había estado la Marca... me quemaba en los momentos más extraños, y después de que aquel ardor desapareciese, pasaba varios días preocupada. A veces tenía pesadillas en que la Marca comenzaba a brillar, pero no de forma apagada y granate, sino como esos collares fluorescentes que venden en las fiestas muggles. Brillaba y brillaba, en medio de la cena en el Gran Comedor, y yo me sentía como un árbol de Navidad, mientras el profesor Moody se acercaba cojeando a mí, blandiendo su varita, preparado para atacarme...
- Eso... eso es bueno, necesitamos chicas inteligentes - dijo Colagusano. ¿Pretendía que me sintiera mejor? Me volví a Voldemort de manera automática; de algún modo presentía que él... comprendía. Que sabía lo furiosa que estaba conmigo misma. Se llevó uno de aquellos dedos esqueléticos al mentón y asintió para sí mismo. ¿Cómo alguien como Voldemort, tan astuto, taimado... podía confiar en aquel hombrecillo que tartamudeaba tratando de transmitir correctamente los deseos de su amo? Y todo para terminar diciendo nada.
Porque esas son las instrucciones: esperar. Sencillas, incluso alguien recién llegada como yo a su círculo sabría cumplirlas, ¿no? El clima de agitación que va a crear su regreso será una estupenda cortina de humo para reconfigurar su organización logística. Esperar a que lleguen instrucciones, y luego seguirlas. Formábamos un equipo interesante según Lord Voldemort. Los mortífagos no desconfiarán del profesor si acompaña a la hija de Medusa, y los magos buenos apenas repararán en mí, acompañada por un profesor de Hogwarts.
A él no le ha sorprendido demasiado que nos dejen esperando aquí, por lo visto es lo normal. “Ya funcionaba así antes. Voldemort marca las direcciones, como el dueño de un teatro de títeres. Los demás son quienes lo organizan todo, preparan los ataques, coordinan, planean... Él sólo señala los objetivos.” ha sido su explicación cuando he terminado de contarle al detalle cada instante de la noche, con el café ya frío sobre la mesa. Sé que quería dejarme mañana en el aeropuerto, con mi excursión muggle, pero ahora ya no puede. Está obligado a llevarme con él. El propio Voldemort lo ha decidido así... Voldemort, una palabra que no se puede pronunciar en el mundo de Hogwarts, y al que ahora me tengo que referir casi como un miembro de la familia.
1973
No le gustaba demasiado aquel lugar. Era tan medieval, tan clásico... no podía escuchar música. No había dónde enchufar el tocadiscos, ni siquiera iban las pilas de la radio portátil. Ningún sonido que no fueran los susurros de los pasadizos y el ocasional maullido de un fantasma violinista. Definitivamente, Hogwarts era muy aburrido. Había esperado grandes cosas de aquel viaje. Visitar Londres. Conocer a los Rolling Stones. Y sin embargo allí estaba, una noche templada de comienzos de Mayo, sin más cosas que hacer que despertar a pedradas al calamar gigante del lago. Pero las piedras rebotaban sobre el agua oscura como si fuera una cama elástica. Sintió deseos de lanzarse y rebotar ella también hasta un lugar lejano. Alguno en que pudieran salir al anochecer. No hacía más de dos días que había llegado, y ya odiaba aquel castillo de mil torreones, todos igual de fríos.
“Incluso los monstruos se aburren hoy” murmuró mesándose los cabellos mientras se dejaba caer por un pequeño terraplén. Se sentó en la hierba, apoyando la espalda sobre la tierra en desnivel, e hizo un par de globos con el chicle. Podía ver las murallas desde allí, y acarició la idea de llegar a Hogsmeade y marcharse. Que la buscara todo el mundo, ya estaría lejos. Tras unas vacaciones como Dios manda, volvería a casa y allí no habría pasado nada. Después de todo, sólo estaba allí porque la increíblemente estúpida Verónica Bianchi había caído de una forma también increíblemente estúpida durante un entrenamiento de quidditch. Había que llevar a diez alumnas a Hogwarts. Ella estaba justo después de Verónica en las puntuaciones. Siempre se había enorgullecido de su buena estrella, pero cuando llegó a Hogwarts y echó un vistazo a sus paredes de piedra y al páramo inglés, sospechó que Fortuna ya no le era tan favorable.
Tomó un rizo de pelo negro entre sus dientes y adoptó una expresión contemplativa. Después se puso en guardia. En el silencio animado de la pradera había algo más. Oyó pasos rápidos a su espalda. Un gorjeo apagado. Luego, unas voces sobre su cabeza. “¡No! ¡Por ahí no!”. Gateó por el desnivel. “¡Cuidado! ¡La bajada!”.
- ¡AUCH! - exclamó al levantarse y chocar contra algo que la derribó de nuevo. Se sintió rodar mientras ese algo se retorcía sobre ella. Tras unos manotazos al aire vio aparecer dos sombras entremezcladas, vestidas con los uniformes del colegio.
- Oh... oh... - las tres se miraron confusas mientras trataban de desenredar sus piernas y túnicas. Se quedaron sentadas en la hierba, las dos chicas pelirrojas con el uniforme de Hogwarts, y la de pelo negro, la extranjera, estudiándose mutuamente. - ¿Te has hecho daño? - preguntó finalmente la pelirroja más alta, sacudiendo la hierba de su túnica y tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.
- Sólo ha sido un golpe. - respondió. Sus ojos grises siguieron los movimientos de la chica más baja, que agachada pasaba las manos por el césped, buscando algo. - ¿Eso era una capa invisible? Me llamo Medusa.
- Lo sé. Os sentáis a nuestra mesa en el comedor. Soy Layla. Y el gnomo es Lily - Layla sonrió mientras Lily la dedicaba una mueca burlona. Tomó la capa con la mano derecha y al levantarla la mitad de su cuerpo pareció desvanecerse en el aire. Medusa se acercó fascinada. Nunca había visto una capa de invisibilidad más que en los libros.
- No se lo digas a nadie, ¿eh? - susurró Lily llevándose el dedo índice a los labios. Cuando Layla se colocó a su lado, Medusa salió de su error inicial. Había pensado que las dos chicas eran hermanas, pero sólo fue una impresión pasajera. Lily reía sin parar, y sus ojos brillaban moviéndose de un lado a otro, algo más separados de lo normal. Tenía la nariz cubierta de pecas. Medusa recordó una ilustración de su libro de Mitología Avanzada, en la que aparecían Titania y Puck según un pintor muggle. “Si Puck fuera mujer, se parecería a la tal Lily” pensó inconscientemente. “Y si Titania fuera pelirroja, sería Layla”.
- Potter nos matará. - dijo Layla, y no supo si hablaba en broma o en serio.
- No si tú le amenazas con no volver a dejarle copiar tus apuntes de Herbología. Además, no tiene por qué enterarse. - y entonces las dos estallaron en carcajadas. Medusa decidió que le caían bien. Y, además, habían salido del colegio sin permiso cubiertas por una capa invisible. Aquello era aún mejor.
- ¿A dónde ibais?
Lily se revolvió el cabello, del que se desprendieron algunas briznas de hierba. Parecía dispuesta a responder, cuando entornó los ojos fijándose en algún lugar a la espalda de Medusa.
- Oh no, ¡Apollyon! - susurró, y como si de la misma persona se tratase, Layla y ella rodearon a Medusa y se cubrieron las tres con la capa.
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El callejón Diagon podría ser uno de mis lugares favoritos del mundo mágico, si no estuviera siempre atestado de gente. Posiblemente es sólo una cuestión de lógica: nunca puedo visitarlo más que en vacaciones, exactamente cuando también pueden visitarlo todos los magos de once a dieciocho años. De todos modos no puedo imaginármelo vacío, ni siquiera a mediados de trimestre. La gente que va y viene, y recorre Londres como si el callejón les atrajera irremisiblemente, parece ser propia de allí. Es el tipo de lugar donde no puedes imaginar que simplemente viva alguien que no sea tendero, dependiente... No sé, puede resultar triste. Como si no tuvieran vida fuera de ese laberinto de calles mágicas que a los de fuera nos resulta tan fascinante.
Nunca había llegado al callejón Diagon en metro. Johann me llevó allí a través de la chimenea nada más recibir la carta de Hogwarts, para comprar un par de chucherías. Los libros siempre estaban ya en casa, empaquetados, resplandecientes en sus cubiertas de cuero y piel, oliendo a pergamino, cada vez que llegaba de un nuevo viaje. Dejaba las maletas y cogía los baúles con mis iniciales, sabiendo que todo lo que necesitara para el curso estaba ya allí dentro. Incluso la varita, ciprés, 26 centímetros, cola de fénix... ni siquiera es de Ollivanders. Es italiana, mi madre la trajo para mí con su ojo clínico, resultó ser perfecta para Encantamientos. El profesor Flitwick la adora. También he acompañado a menudo a Bella, a Roshiel, a tomar helados o cumplir caprichos en vacaciones. En Navidades el callejón pierde la mitad de su encanto por culpa de la nieve, sucia, pisoteada, y los empujones para llegar a tiempo a la última escoba de oferta, edición especial para regalo. El curso terminó esta mañana. A la vez que el profesor y yo tomábamos el metro en la boca de debajo de mi casa, por la tarde, el expreso de Hogwarts debía estar aún entrando en King's Cross. Hacía cuentas mentalmente apoyada en una barra mellada.
- Mamá, mamá, mira, ¿va disfrazado? - preguntó una niña muggle de unos tres o cuatro años señalándonos con poco disimulo. Pero da igual. Las ciudades grandes con tanta gente estrambótica recluida en un espacio tan pequeño son especiales. Se puede ir disfrazado de cualquier cosa, o no disfrazado, simplemente vestido al estilo mágico. Nadie, excepto los niños pequeños y aquellos que sospechan que no es un simple disfraz, se fijará en ti. Lo sé, lo he probado. La madre de la niña ni siquiera la miró, ni a nosotros, sentada leyendo una revista con una expresión hastiada en su rostro demasiado pintado. Se la veía casi tan exasperada como al Profesor Snape, que no había dicho una sola palabra desde que habíamos entrado al vagón, y se limitaba a mirar las luces de los túneles por la ventana.
La muggle pequeña debía viajar a menudo en metro, porque dominaba el truco de mirar a la gente a través del reflejo de las ventanas. Es curioso que nadie te mire a la cara en el metro, pero en cambio escudriñen cada detalle a través de un cristal reflectante. Sostuve su mirada, algo aburrida, mientras movía sus ojos claros por mi falda del colegio. De todos modos a la niña rubia no debió parecerle demasiado excéntrico mi modo de vestir, porque enseguida se centró en el Profesor.
Supongo que podría haberla advertido, con cualquier gesto, de que al profesor no le gusta que se le queden mirando niñas chillonas de cuatro años en metros muggles con las paredes pintarrajeadas, pero no lo hice. Igual fue curiosidad por ver cómo reaccionaban ambos.
Tras bajarse en una estación de metro no muy transitada Snape y Vesta llegan frente a un cartel de cine, en el que una de las fotografías les toma el pelo un rato antes de dejarles pasar.
Aquel molesto poltergeist me lanzó al callejón, y di dos traspiés antes de lograr equilibrarme. Allí todo seguía igual, como si el ritmo frenético del resto del mundo, mágico y muggle, no afectara a las pequeñas tiendas polvorientas. Igual de abarrotado, igual de ruidoso, pero imperturbable... Me giré justo cuando el profesor saltaba desde el cuadro del metro muggle que abría aquel lado del portal. Se sacudió el extremo inferior de la capa, manchado de hollín, mirando a su alrededor como si llevara siglos sin pisar aquel lugar. Luego echó a andar entre la multitud y le seguí con cierta dificultad, hasta que se detuvo en una encrucijada.
- Debo ir a Gringotts. No te muevas de aquí - ordenó, y volvió a desaparecer por la atestada calle principal. El edificio marmóreo de Gringotts podía verse desde la esquina de la terraza donde me había dejado, y parecía aún más blanco entre todas las casitas de madera oscura y vieja. Me senté en una de las sillas azules y al momento una bruja poco mayor que yo se acercó a preguntarme qué quería, toda amabilidad y sonrisas. Comprobé que tenía un par de sickles en el bolsillo y pedí un enorme café.
La gente iba y venía con tran

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