Lupin/OC. R. Angst.

Rating: R
Personajes: Lupin, personajes originales
Disclaimer: Harry Potter, su mundo y sus personajes son propiedad de JK Rowling. Vesta es un personaje original creado por mí.
Notas: Respuesta al reto "Intercambio de parejas".
Comentarios: No miréis, que me da vergüenza >__<


Está harta de las preguntas, de la curiosidad muda queriendo saber a todas horas cómo es Azkabán, cómo son los dementores, dando por hecho que sus ojos y su mente están allí, perdidos en el océano, sólo porque nunca se detiene a mirar dos veces a su alrededor durante las clases. Nunca los cuchicheos habían sido tan intensos como este año, cuando ya no hay preguntas porque todo el mundo ha visto a los guardianes, han sentido el frío, el miedo, y nunca más serán simples figuras de cuento con las que amenazar a los magos pequeños. "Si no te lo comes todo vendrá un dementor y te llevará a Azkabán".

Demasiado tarde. Ya ha estado allí. No necesita poner un pie en la roca viva porque mire a donde mire siempre hay alguien convencido de que puede estar en dos sitios a la vez. Quizá piensan que no es ella, sino una parte de los que se quedaron en la prisión esperando la oportunidad de oro que le llegó a Sirius Black. Después de todo, Vesta apenas existe. Es O’Connelly, como su padre o su abuelo, un nombre familiar con el cual podrían estar refiriéndose a cualquier otra persona. O la hija de Medusa. En la mente de muchos es el cabello de Medusa, los gestos de Medusa, Medusa caminando entre los vivos con una apariencia ligeramente distinta, algo más discreta, un poco menos brillante, pero ella al fin y al cabo.

Vesta ha dejado de estar harta para preguntarse si eso es verdad, y desde dentro de su cabeza a veces su madre asiente, tirando de los hilos de marioneta que la atan a sucesos que no vivió, pero que conoce muy bien. Siempre presente para reírse cuando una expresión de reconocimiento acude al rostro de un desconocido, o nubla la expresión indiferente del profesor Snape.

Vesta detiene su paseo para intentar que esa certeza deje de impregnar su mente. Es algo que sabe desde siempre, porque ha sucedido cientos, miles de veces a lo largo de su vida, y por tanto debería ser tan cotidiano como el crujir de los pergaminos en blanco. Pero cuando se refiere a él cobra un matiz burlón, el de una risa segura y resonante que confirma lo que no quiere reconsiderar.

Que cuando la mira, no la ve a ella. Ve un reflejo difuso de la persona que la controla desde el mar, alguien que volverá un día con la nitidez de la idea original. Mientras tanto Vesta siente que Medusa podría estar viviendo a través de ella sin darse cuenta.

Piensa en ello mientras rodea el castillo, alejándose en una espiral de radio cambiante y el viento en contra. Nubes, aire, la lluvia pulverizada hacen de Octubre un cúmulo de noches desagradables de las que todos se esconden en el calor de las Salas Comunes, las aulas o el Comedor. Y en realidad, ni siquiera es de noche. Sólo un fulgor de azul oscuro tiñe los bordes de la bóveda celeste. No hay más colores, sólo azul y niebla, y de repente el naranja y el malva de otras tardes similares parecen no haber existido nunca. Vesta se pregunta con sorna si también su madre tiene algo que ver con ello, puede imaginarla asomada a su ventana en Azkabán, arrancando con los dedos las nubes que prestaban los colores cálidos al atardecer de Hogwarts. Azul claro, azul oscuro, jirones de sombra surgiendo del bosque igual que el vapor de un caldero, pero nada se mueve.

Cae en la cuenta de ello cuando está a apenas diez metros del sauce boxeador, e inconscientemente se protege la cabeza con los brazos. Nada sucede. Ha estado allí más veces, de pie a la distancia justa para que las ramas levanten el aire a su alrededor sin llegar a tocarla, y nunca el árbol había estado quieto como lo está en ese momento. En el resplandor intenso de la tarde hay una luna enredada entre las ramas torcidas, pero el sauce la sujeta con las ramas inmóviles de un árbol muggle cualquiera. La luna intenta rodar fuera de su alcance, y Vesta extiende la mano acercándose al árbol. Aunque sabe que no puede liberar la luna, el sauce inmóvil es algo tan inusual que acercarse tiene algo de momento irrepetible. Los nudos del tronco son nuevos para ella, porque nunca ha podido observarlos detenidamente sin que las ramas a su alrededor oscilasen tapándolos de la vista. Hay raíces retorcidas y un hueco entre ellas, y al mirar dos veces descubre que el hueco no es un simple hoyo en la tierra, provocado por la erosión, sino que alguien adulto podría pasar entre las raíces sin problemas.

Nunca ha sido dada a la aventura ni a investigar, pero sólo quiere desaparecer durante unas horas. Se sienta en una de las raíces con las piernas colgando, sin pensar porque ya ha decidido, antes de impulsarse con los brazos y dejarse caer en el pasadizo. Puede ponerse de pie sin problemas, aunque si se pusiera de puntillas posiblemente podría tocar el techo del agujero con los dedos. Y el pasillo continúa hacia adelante, en la oscuridad, igual que el rastro excavado por un gusano gigante. ¿Qué mejor lugar para desaparecer? Apenas ha caminado un par de metros cuando un sonido hace que se detenga.

Cuando distingue la forma humana sentada junto a la pared, su primer pensamiento es para Sirius Black, el asesino, el fiel servidor de Voldemort que los miraba desde cada pared en Hogsmeade. Y no siente miedo, porque el lado en el que la colocaron al nacer es el lado por el que Sirius Black ha escapado de Azkabán. En realidad no siente nada, más que un ligero malestar al presentir lo que vendrá después.

"Ah, tú debes ser la hija de..."

Porque eso es lo que siempre viene después.

Sin embargo no es Sirius Black quien tiembla sentado en la tierra removida, a no ser que desde que salió de Azkabán se haya cortado el pelo y los disgustos lo hayan vuelto castaño y veteado de gris, igual que la madera de una mesa apolillada. Se ha tapado con su túnica raída, inconfundible, pero no está dormido. Sólo mira al suelo. Luego la mira a ella.

El profesor Lupin entraba en la rutina de Vesta como otro encargado de impartir Defensa contra las Artes Oscuras más, independientemente del aspecto desastrado que tanto molestaba a los Slytherin o de la dedicación que mostraba en sus lecciones concienzudamente preparadas. Era un buen profesor, otro más que quizá duraría en el puesto al contrario que sus inútiles predecesores, y desde luego no la clase de persona que uno espera encontrar escondido en un pasadizo subterráneo. Vesta siente deseos de gritarle que no tiene derecho a estar ahí, cuando ella también trata de esconderse, y lo último que quiere es que alguien le pregunte qué le ha llevado hasta los límites de los terrenos de Hogwarts, hasta el interior del Sauce Boxeador. Pero no lo hace porque él la ha mirado y no puede reprimir un escalofrío.

Tiene los ojos verdes. Brillan demasiado para un rostro tan pálido, por eso nunca antes se había fijado en ello.

- ¿Qué estás haciendo aquí?

No es el profesor Lupin. La voz surge de un lugar más profundo, acerada por el esfuerzo de hablar, y febril igual que los ojos que la escrutan intensamente. Ese no es el profesor Lupin que sonríe orgulloso ante el asombro de la clase al descubrir un nuevo animal que estudiar. Le ve fruncir el ceño y reconocerla.

- ¿Medusa? Vete de aquí. Ahora. Vete.

No. No puede creerlo. Y la voz de Medusa elige ese momento para canturrear en su memoria algo que creía haber olvidado, algo que cantaba cuando era pequeña y le enseñaba fotos de sus días en Hogwarts, aunque en realidad no fuera una canción.

"Y el pequeño lobito, que no sabe qué hacer cuando no puede pensar".

Luna llena, y él tiembla porque no puede evitarlo.

"Solo. La gente a veces se pierde..."

Luna llena, el instinto luchando por hacerse con el control cuando aún no es de noche, y un nuevo tono en la voz normalmente tranquila. Un tono gélido que a Vesta le recuerda a otra voz, ahora tan parecida, y le seca la garganta.

"El lobo es mucho más libre porque deja de pensar."

Vesta siente las piedras moverse en la tierra, y clavarse cuando se arrodilla frente a él buscando una mirada. Hay una lucha de matices en sus pupilas, tiemblan ante cada golpe, y las barreras resisten a fuerza de apretar los dientes. No quiere mirarla. Y eso la pone furiosa, sin saber muy bien por qué, así que se inclina hacia él entornando los ojos.

- Si tanto queréis a Medusa, tú puedes tenerla.

El verde oscuro gana. Las manos de Lupin se cierran en torno a las suyas con la rapidez de unas esposas, y al inclinarse sobre ella la túnica revela un cuerpo al borde de la desnutrición, cubierto de cicatrices, de heridas antiguas visibles sólo para quien no teme mirarlas. En las muñecas de Vesta los dedos, los huesos, hacen daño.

- No sabes lo que dices.

Y por un segundo tiene miedo del hombre que está frente a ella aguantando la respiración. Se da cuenta que va a cometer un error, guiada por el deseo elemental de creer que el dueño de la voz helada sabe quién es. Su madre se ríe de la indecisión infantil, de sus deseos de huir ahora que aún puede, después de haber comprobado que no sabe lo que está haciendo ni por qué. Es una satisfacción que no piensa darle, se dice Vesta. Por una vez será ella quien utilice a Medusa, aunque sea una huida directa al callejón sin salida.

- Siempre sé lo que digo. - miente. Cierra los ojos para no verse reflejada en los de Lupin, mientras él intenta ignorar a la luna llena.

Ambos pierden sus batallas personales.

Hay piedras, y tierra removiéndose bajo su espalda cuando se echa atrás, buscando el apoyo de la pared. Aparecen largas marcas rojas que ninguno de los dos ve al intentar apartar la camisa, que resiste los tirones estrangulando la piel de brazos y estómago. Hay lagunas de incomprensión moviéndose en los ojos de Lupin, más allá de la oscuridad del lobo dentro del cuerpo humano, cuando Vesta abre los ojos y se atreve a mirarle.

Hay un momento en que ambos se arrepienten eternamente de lo que está a punto de suceder. Dura lo bastante para darse cuenta que intentan esconderse de hechos sobre los que no tienen ningún poder, pero no lo suficiente como para detener al animal y al sentimiento de rencor con el que busca la venganza.

Vesta se desliza de espaldas por el suelo, buscando la suavidad relativa de la túnica abandonada, y Lupin la sigue a gatas, frunciendo el ceño un segundo cuando bajo la tela áspera de la falda aparece una marca que en condiciones normales reconocería al instante. Pasa los dedos sobre ella durante un segundo como parte del camino para terminar de desnudarla, y Vesta se mira el estómago conteniendo la respiración y la sangre en sus mejillas, cerrando los ojos cuando sin una palabra él vuelve a entrar en su campo de visión, descendiendo sigilosamente.

La piel de Lupin es fría, se aferra a su espalda, piensa en estupideces para alejar el dolor y el desconcierto por lo que está sucediendo, fiestas de cumpleaños muggles llenas de gorros de papel, visitas al zoológico, los lobos grises tras las verjas, Caperucita Roja, los hombros cubiertos de pecas bajo sus dientes, pero Caperucita nunca buscó al lobo, ahora no eres tú sólo porque lo esté deseando, sólo porque duele más de lo que esperaba y porque no esperaba que fuera así, pero todo termina y se olvida, porque en realidad él no sabe que es ella, y ella no quiere aceptar que no es él...

- Vesta, lo siento...

Pero sí es ella. La certeza le cala hasta los huesos como el calor de los cuerpos húmedos de sudor, y las palabras ahogadas, y hay un ritmo que sigue aumentando sin que ella recuerde cuándo empezó a seguirlo, cuando ya no duele físicamente, y el lobo hombre se desvanece en sus brazos, respirando sobre su hombro. Entonces Vesta esconde la cabeza junto a un rostro diferente, porque todo se ha detenido perdiendo el poco sentido que pudiera tener, y sólo puede cerrar los ojos.


Durante horas cae en un sueño profundo plagado de cuchillos que flotan a su alrededor, buscando sus manos en el aire. Al cortarla dejan líneas finas que hay que mirar de cerca para distinguir. Sólo cuando estira la piel de las palmas con los dedos se abre una trinchera lacerada de bordes limpios, con el brillo rojo de la sangre que aún no fluye al fondo. El dolor es tan real que la despierta. Y al despertar descubre que el dolor es real porque las heridas también lo son. La piel cálida, suave, del animal que dormita a su espalda, no puede borrar las marcas de la noche. Las de las piedras. Las de las uñas y las manos urgentes. Las de las garras, marcadas por el lobo dormido que se remueve en sueños. Por unos momentos agradece que ya no sea el humano junto al que cerró los ojos, sino un animal por completo, incapaz por tanto de ver que se ha echado a llorar por ninguna razón en concreto.

Y es curioso, porque las lágrimas que recorren la cara manchada de tierra son igual de cálidas y espesas que la sangre deslizándose desde su espalda a los costados. Duelen incluso más.

Con cuidado de no despertarle se arrastra hasta la pared, en cuclillas. Un amanecer gris perla mantiene a la luna envuelta en humo justo a la salida del túnel. Vesta se pone la ropa sin dejar de mirar al animal, que de vez en cuando gruñe en sueños, y regresa al castillo. Al salir al exterior empieza a notar el dolor de las heridas que palpitan en su espalda. Sabe que empeorará a lo largo de varios días. Luego quizá pueda olvidarse de ello. Espera poder olvidarse de ello. Se repite la idea a sí misma una y otra vez hasta que sin darse cuenta alcanza la sala común de Slytherin, totalmente vacía, y tendiéndose de bruces en el sofá espera a que el sol termine de salir.

***

- Eso lo tienes que añadir ahora

- No seas imbécil, en las instrucciones pone que primero la esencia de caléndula.

- Porque lo habrás copiado mal, espera. Vesta. ¡Vesta! Ni caso...

No se ha quedado dormida. Sólo miraba la mesa, buscando durante horas algo que no encuentra en los apuntes. Pero el manotazo en la espalda es una manera bastante dolorosa de devolverla a la realidad, y ahoga un gemido sin volverse hacia atrás. De todos modos Linda y Bella ya han perdido el interés. Entre la clase llena de bostezos ningún alumno repara en las sombras color vino que reaparecen bajo la camisa, sin llegar a mancharla. Nadie las ve y a nadie le interesa saber qué hacen ahí.

Mientras, Snape frunce el ceño y se pregunta qué clase de mascota deja unas marcas de ese tipo.

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This page contains a single entry by published on February 27, 2005 2:25 PM.

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