No pienses en nada

Elle/Mohinder, PG, spoilers de la segunda temporada.

Pairing: Elle/Mohinder
Calificación: PG
Spoilers: final de la segunda temporada
Notas: Escrito para Rhea Carlysse en Navidad del 2007


"Espero que sepas que no estoy satisfecho en absoluto con tu comportamiento de las últimas semanas".

Una descarga y un surco en la formica blanca de la mesa.

"Tu inconsciencia está poniendo en peligro mucho más que tu propia vida."

La segunda se eleva por encima de la mesa como los picos de un cardiograma y golpea de lleno un matraz vacío. Cuando los pedazos de cristal pulverizado estallan en todas direcciones Elle ni siquiera se mueve.

"No hemos levantado esta compañía para que un par de niños la echen abajo en un día con sus ansias de protagonismo, y mi propia hija no parece entenderlo".

Ni una sola palabra. Ni un "Pero aún así te agradezco que salvaras la vida a nuestro investigador estrella, a la niña que encuentra gente y a la chica esa que aún no sabemos qué hace". Nada. Tamborilea con los dedos sobre la mesa y en vez de huellas dactilares deja círculos color ceniza. Todo empieza a oler a plástico quemado. Sin embargo, aunque ya ha destrozado casi todo el material de esa esquina del laboratorio, puede sentir la electricidad quemándola en las venas, haciéndole hervir la sangre, y se pregunta si el reventar cosas está perdiendo sus propiedades terapéuticas. Sus gafas de sol parecen pertenecer a otra dimensión, en medio de los restos y de las llamas que aún no se han extinguido, tan brillantes e intactas que cuando Mohinder entra en el laboratorio ni siquiera necesita darse la vuelta para verle.

- Las ocho de la mañana de un domingo - canturrea -. O ha sido una noche muy buena o una patética.

El pequeño Mohinder azulado de los cristales titubea, obviamente sorprendido de encontrarla allí. Lo que le sorprende a Elle es que después de todo lo que ha pasado en el laboratorio de la bomba atómica, el doctor Suresh no entre todos los días con una pistola por delante. Ella lo ha hecho unas horas antes. Su Beretta 9000S todavía está sobre la mesa, brillante y compacta, a apenas unos centímetros de las marcas de sus dedos. No sabe muy bien qué esperaba encontrarse pero no le hubiera importado encontrarse a alguien a quien disparar. El laboratorio, el antiguo estudio de aquel yonki que pintaba explosiones en el suelo con colores demasiados intensos, ha estado tan tranquilo en los últimos dos días que a Elle empieza a molestarle. Le hubiera gustado encontrarse a Sylar y le hubiera gustado disparar sin pensar y sin matar. Para eso eran las pistolas, ¿no? Para defenderse. Para matar no la hubiera necesitado. Quizá así habría más "bien hecho" y menos "qué enorme decepción". Quizá lo que tenga que llevarle a su padre es alguna cabeza de monstruo en una bandeja de oro. Alcanza las gafas de un manotazo y se las pone antes de que Mohinder, que de repente ha decidido acercarse, se dé cuenta de que quiere echarse a llorar pero no puede hacerlo mientras se dedica a freir su material de laboratorio.

- Venía a hacer unas pruebas. Maya me ha dado permiso para analizar su sangre y creo que...

- ¿Quién coño es Maya? - bosteza Elle. Hace rodar su silla hacia atrás un poco y pone los pies sobre la mesa, sus botas de piel de Ferragamo brillantes de puro nuevas. Las compras desorbitadas también parecen estar perdiendo sus propiedades terapéuticas. Rasca una de las quemaduras con el tacón de la derecha y tira varios pedazos de cristal al suelo.

Todo el mundo está haciendo algo. La tía esa está donando su sangre, Mohinder sigue con sus cosas en el laboratorio, seguro que incluso la imbécil de la chica Bennet tiene algo entre manos en ese momento. Mohinder le explica algo y ella no le escucha, la cabeza llena del sonido de los relámpagos que comunican sus neuronas. Ella es la única inútil. ¿Cómo espera su padre que no le decepcione si él mismo la condena a hacerlo, allí sentada, destrozando pedazos de cristal como si tuviera seis años?

- Qué interesante - murmura cuando Mohinder se calla, porque es lo que se supone que tiene que decir, porque sabe que le fastidiará el tono abiertamente perezoso. Porque espera que le fastidie y así buscar una excusa para gritar, que es lo único que le falta por probar en esos momentos. Eso y echar un...

- ¿Elle?

- ¿Qué? ¿Qué...? - se da cuenta con un sobresalto de que está frotándose la frente, de que lleva un rato haciéndolo, se pone la mano sobre las rodillas con tanta dignidad como es posible. Pero el puto Mohinder por una vez parece estar espabilado y Elle nota cómo la mira de arriba a abajo, las carísimas botas entre los restos humeantes de los carísimos matraces especiales, el pelo no todo lo cuidado que debería y las gafas tapándole media cara. Al menos tiene la delicadeza de darle diez segundos de silencio para recomponerse por dentro antes de volver a hablar.

- ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? - añade ligeramente alarmado. Ah, la vida en y alrededor de la Compañía. Cualquier cosa fuera de lo normal (es decir, todo) significa que ha pasado algo. Generalmente ese "algo" incluye muertos y una exhaustiva labor de ocultamiento de lo sucedido de cara al público. Hay que convencer a periodistas, sobornar a testigos, a veces darles un susto a unos u otros. Las cosas se aceleran y la sangre también, y hasta hace un par de semanas Elle no sabía hacer otra cosa, no quería hacer otra cosa y a nadie se le pasaba por la cabeza.

- Joder, me muero por salir ahí fuera.

Mohinder no dice nada, gracias a Dios o a Buda o a quien sea, porque Elle prefiere hacer como que no ha pronunciado esas palabras, como que no ha dicho exactamente lo que le pasaba por la cabeza en esos momentos. Aún así aguarda que lo haga y piensa rápidamente un millón de respuestas hirientes que le harán salir del laboratorio parapetado tras su portafolios y esperar bajo la lluvia a que ella se marche. Las piensa, las categoriza, las ordena por nombre, por intensidad y por referencias, pero Mohinder no dice nada. Y entonces, todavía sin decir nada, deja el maletín en el suelo y la rodea. Elle se gira todo lo que le permite su postura, instintivamente reacia a perder a alguien de vista.

- ¿Qué...? - repite, por tercera vez en tres minutos. Pero Mohinder le pone las manos a ambos lados de la cabeza y por un segundo frenético Elle está segura de que la va a matar, de algún modo, ahí y entonces, y que ni siquiera en sus últimos instantes de vida ha sido capaz de ser lo bastante rápida, lo bastante inteligente o lo bastante responsable.

Mohinder se inclina sobre ella al segundo siguiente.

- No hables. Respira hondo y no pienses en nada. - Elle está demasiado tensa como para pensar en nada más que en qué demonios está haciendo el genio loco a su espalda. Al menos hasta que le quita las gafas con cuidado. Después le vuelve a poner las manos sobre las sienes pero esta vez no es la presión de antes sino un toque suave con las puntas de los dedos. Respira hondo aunque no tiene nada que ver con que él se lo haya ordenado. Tiene las yemas de los dedos ásperas para alguien que no ha trabajado con las manos en su vida y Elle tarda un momento en darse cuenta que el que las aparte de vez en cuando no se debe a ninguna técnica ancestral, sino a las pequeñas descargas que su piel está desprendiendo por cuenta propia. Vuelve a respirar, esta vez voluntariamente, y cuando la tormenta dentro de su cabeza por fin comienza a amainar se da cuenta de que pensar en nada es imposible. Ahora piensa que aunque la tormenta se haya ido, queda la electricidad, y que la electricidad en esos momentos no surge sólo de ella. Que todo el mundo lleva dentro una corriente y en esos momentos siente la de Mohinder a su espalda, separados sólo por el respaldo de la silla, unos dedos invisibles poniéndole la piel de gallina y unos visibles y físicos dibujando espirales desde el nacimiento del cabello hasta sus pómulos.

- Qué haces... - susurra, no porque quiera saberlo, sólo porque se lo está preguntando ella misma. La voz de Mohinder, tan clara como de costumbre con su acento de anuncio de líneas aereas, casi la sobresalta.

- Trabajando en una universidad aprendes a tranquilizar a la gente.

Y su respuesta casi la ofende. Casi la enfada. Casi hace que se levante de un salto y le pare el corazón con un chasquido de dedos durante al menos un segundo, pero no. Estira la mano para alcanzar la de Mohinder y la aparta de su cabeza, sólo un poco, sólo para llevársela a los labios y olerla. Siente la electricidad dentro, en la piel aceitunada, en el olor a tinta y papel y ciencia que le devuelve su propio aliento. La suya y la de Mohinder, las dos, una habituada a vivir dentro y fuera, la otra que sólo existe bajo la superficie. Sin soltarle baja los pies al suelo. Todavía sin soltarle también se levanta, se da la vuelta, se arrodilla sobre la silla. Se le ocurren mil burlas de mal gusto sobre el modo en que él ha dejado de respirar. Se le ocurren mil frases ocurrentes, mil comentarios irónicos, pero lo desecha todo antes de estirarse. Cuando le besa ya se han callado todos los truenos, al menos de momento.

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