Tópicos.
¿No lo has oído nunca? Cuando sabes que necesitas llorar hasta caer dormido pero no lo consigues, y tensas la mandíbula y gimoteas mientras un par o media docena de lágrimas raquíticas caen al vaso de leche que acabas de traerte de la cocina. Primero suena como un rumor, y a medida que el llanto no llega y lo llamas se convierte en un rugido, como si un torrente de cien millones de lágrimas se paseara por tu cerebro sin querer salir.
Supongo que ese es el problema: que sólo se pasean por mi cerebro. Que siento el dolor en cada uno de los lugares tópicos; se me agarrota el pecho, en la zona del corazón, en donde sitúan el alma si es que de verdad tenemos. La garganta, la cabeza... y también en los lugares menos típicos. Porque me duelen los oídos de aborrecer la música que aún me gusta, y las manos de sujetar cualquier cosa, vasos, libros, este bolígrafo, para no arañarme hasta hacer que sea el dolor físico el que desate una tormenta que sólo suena en mi cabeza. Siento el dolor pero no puedo soltarlo, dejarlo ir durante unos minutos o unas horas.
Claro que volvería, siempre vuelve, y aunque me repiten que todo pasa estoy en la época en la que no creo que nada vaya a pasar. Igual dentro de seis meses o veinte años ha pasado. Pero ahora es aquí. Y ahora. Y sé que no pasará nunca.
Podría llorar y mandarlo lejos, en una barca sobre todo ese llanto, al otro lado de la bahía. Entonces igual dormiría. Que el dolor nadase de vuelta, sin prisa, porque de todos modos cuando abra los ojos sé que ya estará esperándome, donde deberías estar esperándome tú. A los pies de mi cama, o enredado entre mis brazos, esperando al primer segundo de lucidez de mi mañana para volver a meter mis lágrimas en una bolsa que suena a edificios derrumbándose.
Quiero llorar por tí y olvidarme de la gente que dice que no lo mereces, porque las lágrimas indicarían que algo ha ido a mejor. Duelen, pero agotan. El dolor sin lágrimas, eso no. Eso duele y te deja despierta toda la noche para poder mirar al techo y preguntarme qué estoy haciendo. Me duelen los ojos de mirar al techo o a tus fotos y no poder llorar.
Y los oídos de esperar lágrimas que son como tormentas eléctricas. Secas, calurosas, y sólo dejan el lugar por el que pasaron igual o peor de lo que estaba. Quiero que las mejillas me huelan a tierra mojada por una vez, y no a caliza despedazada por los rayos.
Esto iba a ser un relato, aunque no hubiera ni magos ni naves espaciales. Y ahora de repente se ha convertido en una carta que ni siquiera tiene destinatario y que desde luego no voy a enviar. Así que tampoco es una carta. Cuando sólo quería pensar en que son las 5:23 de la mañana. Que quiero llorar hasta dormir.
Y no puedo.

¡Dios mío! no se ni que decir, simplemente magnifico. Es tan real, puedo sentirme tan identificado... realmente genial.