Personajes originales. PG13. Aventuras. Post-ROTJ
Rating: PG-13
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por George Lucas, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Situado unos veinte años después del final de la Rebelión. Publicado en SithNet.
Comentarios: Mi primer fic, al menos sabiendo lo que era un fic. Escrito en 1999.
Diario del comienzo
Desde la ventana de mi habitación se veía una enorme planicie helada, el paisaje que cubría casi todo Hoth, a excepción de las montañas de Erenia. Lo único que de cuando en cuando rompía la calma de la nieve eran las arriesgadas caravanas de viajeros o mercaderes durante la temporada cálida. Nuestro único contacto con el mundo exterior.
En realidad, podría decirse que Deroine era un pueblo perdido, aislado del resto de la Galaxia, tan poco interesante que ni siquiera aparecíamos en los mapas más completos. Apenas éramos doce humanos, tres androides y dos sullustanos exiliados. Las otras dos familias ya llevaban allí desde los comienzos de la colonización del planeta, hacía cerca de veinte años tras la restauración de la República. Mis padres habían llegado pocos meses antes de que yo naciera buscando la tranquilidad, después de la guerra. Por más que se lo pedí, nunca me contaron nada de aquellos años en el ejército rebelde y su lucha contra el Imperio. Lo único que averigüé fue que ambos habían combatido en la mayor parte de las batallas y, al contrario que muchos de sus amigos, seguían vivos. Y, después de esas cortas respuestas, me mandaban a mi habitación. Yo quería saber más, que me contaran algo sobre La Batalla de las Nieves que les había conducido por primera vez a Hoth, y de la que había escuchado retazos sueltos contados por los nómadas que buscaban refugio en las ventiscas. Toda mi pasión era conocer una época que yo me había perdido por muy poco. Pero nunca me dejaron. "Tu lugar está aquí" era una cantinela frecuente, casi tanto como: "No sabes la suerte que tienes por haber nacido lejos de todo eso".
Cuando cumplí los dieciséis, mi madre abrió un armario de la despensa. "Adhara" me dijo mientras acercaba hacia el borde del estante una caja metálica cubierta de hielo para que pudiera verla; "Nunca he entendido por qué, pese a que hemos intentado alejarte de ello, sigues obsesionada con la guerra. Pero algún día nosotros no estaremos, y entonces tendrás que conocer el pasado y encontrar tu destino. Entonces tendrás que abrir esto". Acarició la capa de hielo que cubría la urna con reverencia. No había visto esa caja en toda mi vida, y me pregunté de dónde la habría sacado. Mi madre jamás se alejaba más de medio kilómetro de la casa y cuando lo hacía era para traerme de vuelta porque echaba a andar tras las caravanas. Ni siquiera podía haberla comprado. Cada vez que llegaban huéspedes se encerraba en la cocina y sólo salía tapada de pies a cabeza para servir la comida. Padre, en cambio, desaparecía a veces durante días enteros y al volver tenían largas charlas a las que, por supuesto, yo nunca estaba invitada. Empecé a pensar que nunca saldría de aquel pueblo.
De repente una noche, de madrugada, algo me hizo levantarme de la cama en plena ventisca, y sintiendo cómo tiraba de mí, me abrigué bien saliendo a la nieve. Avancé casi a gatas durante unos minutos, hasta que estuve a unos cien metros del pueblo. Fue entonces, al caer sobre la nieve notando que aquella extraña voluntad me abandonaba, cuando escuché un estallido que apagó el rugir del viento obligándome a volver la vista hacia las viviendas. Entre la nevada vi unas sombras negras que sobrevolaron Deroine a escasa altitud y se dirigieron hacia donde yo estaba. Me aplasté aún más contra el terreno hasta que noté que la nieve empezaba a empaparme y las naves pasaron sobre mí sin verme, dando la vuelta hacia el pueblo. En segundos, los resplandores rojizos de tres blasters de combustión fría iluminaron fugazmente las casas. Grité, pero el ruido de los motores apagó mi voz. Aquellas naves desconocidas desaparecieron entre las nubes tan rápido como habían llegado, mientras yo echaba a correr hacia mi casa sabiendo, de alguna manera, que allí no quedaría nadie con vida. Los restos quemaban aún pese a la nieve, convertidos en un montón de piedras y metal recalentado. Cuando fue obvio que lo único que quedaba de Deroine era yo misma intenté llorar, pero las lágrimas no salían. Por alguna razón yo me había salvado y, al igual que mi madre, creía a pies juntillas que las cosas no suceden por casualidad. Si mi pueblo había sido borrado del mapa, con el tiempo justo para que yo me levantara de la cama y escapara al mismo final, habría sido por algo. Puede que en aquellos momentos estuviera demasiado conmocionada para pensarlo, pero tenía que haber una razón. Sólo me quedaba esa seguridad...
Rogué al destino en el que mi madre me había enseñado a creer, y a los dioses corellianos de mi padre, la Suerte y el Azar, que alguien acudiera a mi llamada. De alguna manera el hablar en voz alta me ayudó a pensar racionalmente. Nadie iba a aparecer a salvarme milagrosamente o a explicar qué pasaba. Lo único que se me ocurrió para combatir el frío que amenazaba ya con congelar mis manos fue empezar a levantar escombros. Si llegaba a Tee-Niba, necesitaría dinero. En Deroine no había, ya que todo lo obteníamos de los invernaderos o los trueques y regalos con los mercaderes viajeros, así que tendría que encontrar algo para vender. De momento la comida no era indispensable; la necesidad había hecho que todos los del pueblo fuéramos capaces de resistir sin comer días y, a veces, semanas, sin que se notara excesivamente en nuestro rendimiento. Éramos expertos en sobrevivir, pero ahora, con sólo los guantes de taun-taun que usaba para dormir en las manos, casi pude sentir el amenazador tono azulado que precedía a la congelación total. Empecé por los restos de la casa de los sullustanos, aunque dudaba encontrar algo más que chatarra y piezas de androide. Incluso en este rincón perdido, mis vecinos continuaban con los negocios de su raza. Debía ser una cuestión de instinto; jamás vendían nada a forasteros y reparaban gratis todas las máquinas de la diminuta comunidad. Aparté lo que me parecieron toneladas de tornillos y chapas calcinados, y todo lo que encontré de utilidad fueron dos capas negras, enterradas tan profundamente en las ruinas que el rayo no las había tocado. Me las eché sobre los hombros maldiciendo la baja estatura de sus fallecidos dueños. Ni siquiera me llegaban a las rodillas, pero por suerte tenía puestos mis pantalones más gruesos. El registro en el resto de las viviendas tuvo prácticamente los mismos resultados; después de una delgada capa de cenizas aparecía ropa de abrigo, mantas, capas… y por fortuna ninguno de los cuerpos. De cualquier modo, nunca cavaba lo suficiente como para poder encontrarlos.
Finalmente, cuando el amanecer me sorprendió, tuve el valor de acercarme a lo que quedaba de mi hogar: un pequeño promontorio de piedra quemada ligeramente hundido en la nieve. ¿Y si mis padres, extrañados por mi ausencia, habían estado a punto de salir y el ataque les había pillado en la entrada? En tal caso, les encontraría en cuanto empezase a remover, y ya no tendría fuerzas para otra cosa que no fuera tirarme allí a llorar hasta que el frío me matase. Pero por otro lado, la misma sensación extraña que me había salvado me decía que algo muy importante me esperaba ahí debajo. Algo que debía descubrir.
Mis manos comenzaron a levantar restos antes de que mi cabeza lo ordenara, hasta que choqué con algo metálico que parecía un tirador. Lo agarré intentando desenterrarlo, pero apenas se movió. Con las dos manos volví a probar, noté cómo cedía deslizándose lentamente hasta que logré sacarlo por completo y lo tuve ante mí. Se trataba de la caja de mi madre, sólo que no era una caja pequeña como me había parecido al verla aquella única vez. Era un baúl en el que fácilmente habría entrado Yukte, mi vecino de tres años, aunque algo encogido. Por un momento jugué mentalmente con la posibilidad de que ante el ataque mi madre hubiera podido esconderle ahí, pero el hielo que lo cubría demostraba que no lo había abierto nadie en las últimas horas. Juzgando el aspecto de las placas, vi que llevaba sin deshacerse meses, y se había formado lejos de cualquier signo de vida. Era demasiado consistente y aunque los objetos guardados en la despensa también se congelaban, era un elemento diferente hasta en el reflejo del sol o el tacto, carente por completo de la uniformidad del formado bajo control. Puede que para un extranjero esto pasase inadvertido, pero para cualquier habitante de Hoth era algo clarísimo. Podíamos leer el hielo o la nieve con la misma facilidad que un jawa encaja las piezas de un droide.
Al no tener otra herramienta para raspar el congelado comencé a agrietarlo con uno de los prendedores que llevaba en el pelo. El esfuerzo me hizo entrar en calor y al poco rato ya estaba sudando, pero una vez que abrí las brechas suficientes el hielo se desprendió en placas con relativa facilidad. ¿De dónde habían sacado mis padres aquello, si estaban absolutamente en contra de cualquier cosa que llamara la atención? Y aquel baúl era, o al menos había sido, de alguien increíblemente importante o rico. Estaba hecho de una aleación plateada desconocida para mí, seguramente imposible de abrir a la fuerza. Las posibilidades de encontrar la llave eran nulas, suponiendo que estuviera bajo mis pies. Todo parecía estar preparado para que ese cofre me causase extrañeza y curiosidad. El hielo me había impedido ver hasta entonces los grabados de la tapa. Había criaturas enormes de aspecto exótico y peludo, androides y máquinas en pleno combate, batallones de soldados en las esquinas, unos acorazados y armados hasta los dientes; los otros sin uniforme y desorganizados pero con apariencia más humana… una obra de arte incluso para mí, que no había visto nada destinado a complacer por su belleza en toda mi vida. Pero las sorprendentemente vivas imágenes de aquellas luchas no me desconcertaron tanto como el reconocer las caras de mis padres en la parte central del grabado. Para ser más exactos, parecía que el resto de las figuras sólo estaban allí como fondo para ellos, para aquellas facciones en una versión juvenil pero reconocible.
Di la vuelta al baúl y me fijé en los laterales, también repletos de imágenes, además de unos pequeños símbolos aislados. Mi madre me había enseñado más o menos a leer y escribir en el idioma oficial de la Galaxia, y aquello parecía una variación del mismo. Me costó, pero descifré el nombre de mi padre en varios lugares. En la cara delantera, la huella de una mano sobre el nombre de mi madre. Pero sus apellidos no eran los mismos que los que yo llevaba. Mi nombre completo, Adhara Phoenix Naberrie, no correspondía a los de mis padres que se leían allí: Sienth Kesal y Leranna Ardekies, unas palabras que jamás había escuchado antes. Y sin embargo hicieron que el corazón se acelerara como si despertase de un letargo, convencida inconscientemente de que me habían ocultado algo importante y mis padres (comoquiera que se llamasen) no fueron unos simples soldados rasos en la Alianza Rebelde. Kesal y Ardekies… tal vez fueran sus apodos, pero entonces ¿por qué grabarlos en una urna para luego no volver a mencionarlos nunca? Podía tratarse de alguna especie de obsequio de la Alianza. Pero no, un cofre así no se regala a un recluta corriente.
Sin pensarlo apoyé mi mano sobre la huella del baúl, encajándola como si aquel molde lo hubieran marcado mis propios dedos, y la extraña voluntad que me acompañaba aquel día pasó a través de ellos hasta el metal, que tomó un color blanco. Un segundo después la tapa saltó con un pequeño chasquido de su cierre y aparté la mano. Notaba aquella energía tan presente en la palma que tardé un rato en dejar de mirarme las yemas y decidirme a echar un vistazo en el baúl. Lo primero que vi, fue un pequeño reproductor de hologramas sobre la tela de algo que parecía un vestido, demasiado suave para estar hecho en Hoth. Centré mi atención en el aparato. Su diseño era anticuado pero eficaz, en lugar de los engorrosos trastos que llevaban los viajantes del mercado de Tee-Niba. Aunque no había visto uno en mi vida, lo relacioné con los modelos B7-Hol usados tras la guerra y ligeramente modificado. En un canto del pequeño disco habían añadido un botón rojo parecido a los dispositivos de llamada de androides a distancia, y posiblemente inútil ahora. Rocé el sensor de activación del holograma y la figura tridimensional de mis padres se formó sobre el círculo. Tembló por interferencias y luego volvió a estabilizarse. Un pequeño chirrido precedió la grabación de voz.
"Hija, si ahora tienes esto en tus manos, nosotros habremos sido destruidos. Tienes que irte de Hoth lo más rápido posible sin hablar con nadie más" ¿Con quién esperaba mi padre que hablara? Había una posibilidad entre millones de que alguien pasase por allí en los próximos días. No era ya época de mercado. El invierno se me echaba encima. Volví a concentrarme en sus palabras buscando algo de sentido a lo que oía. "Camina hacia las montañas durante dos días y llegarás a una pequeña elevación en forma de círculo. Cuando estés allí presiona el botón rojo de este aparato" La forma de padre dejó paso a la figura femenina que hasta entonces se había ocultado detrás suyo como una sombra. "Adhara, haz caso a las instrucciones de tu padre. No te separes jamás del cofre ni de lo que contiene porque es la única manera en que podrás encontrar tu sitio en la Galaxia. Pronto sabrás más, pero de momento date prisa en irte. Que la Fuerza te acompañe, hija" ¿¿La Fuerza?? ¿Qué quería decir mi madre con eso? ¿Tan duro era lo que me esperaba que iba a necesitar ser aún más fuerte?. Quizá era sólo una frase hecha, algo como un proverbio de sus tiempos en la Alianza. El aparato zumbó señalando que eso era todo. Eso era todo… la despedida de mis padres y su definitivo permiso para irme. No, no es que me dieran permiso, es que me instaban a marcharme de allí. Durante unos instantes pude verme, sentada sobre las ruinas de mi casa, como si no estuviera dentro de mi cuerpo. Dejé salir una lágrima, que se congeló a la altura de mis labios. La aparté con la mano y comencé los preparativos de la marcha. Miré hacia el cielo. Las nubes emprendieron su camino hacia las montañas. Seguiría a la tormenta.
En una hora estuve lista para marcharme. Cuando el mensaje acabó, revolví algo el interior del baúl y encontré dos cajas más. La primera, un simple cubo de metal ordinario, contenía collares, pulseras y otros adornos que no me eran de ninguna utilidad a no ser que alguien me los comprara. Por el momento ni podía ni quería deshacerme de ellos. Imaginé a mi madre adornada con aquellas joyas, tan joven como aparecía en la tapa grabada, y su imagen apareció en mi mente tan nítida como si estuviera viendo un holograma. No debería haber sido fácil el imaginarla vestida así, pero al contemplarla mentalmente me pareció que ahora la veía en su estado natural, que mi madre, tal como yo la conocía, era sólo una máscara. En toda mi vida me había enseñado una cara diferente; disfrazada con las ropas de trabajo de Hoth era sólo un montón de tela gruesa y piel de taun-taun. Cuando era pequeña creía que siempre estaba triste. Nuestra vecina, Asdine, era mucho más risueña, dentro de lo risueño que se puede ser en Hoth. Al pasar el tiempo me acabó pareciendo tan normal que yo misma adopté esa tristeza cotidiana, supongo que por su influencia y también porque empezaba a pensar que nacer en Deroine era lo más similar a enterrarme en vida. Me parecía increíblemente egoísta, pero sentía que había nacido en el lugar equivocado.
Dejé a un lado la caja de los adornos para fijarme en la otra, tan distinta como podría serlo un humano de una rata kerooni. Su aspecto era imponente como el del baúl, aunque no fuera tan lujoso en adornos y estuviera fabricada de simple madera negra, brillante. En ese momento me pareció que aquella pequeña urna alargada estaba rodeada por una aureola de dignidad y poder que la hacía resultar especial a primera vista. Medía unas dos manos de largo con un solo adorno, un nombre grabado a mano en la madera: Obi-Wan Kenobi. Kenobi… murmuré recordando algo que había olvidado hacía tiempo. Cuando tenía tres o cuatro años mi madre me contaba historias sobre un joven caballero Jedi llamado Kenobi. Los caballeros Jedi llevaban una espada especial, con una hoja láser que podía partir a un hombre acorazado por la mitad. Reí ante la idea de que el cofre guardase aquella espada… y de repente supe qué era exactamente lo que había dentro. Lo supe incluso antes de abrirlo y ver el mango metálico reposando sobre la tela azul. Cerré la caja bruscamente intentando tranquilizarme. Cuando volvía a abrirla casi esperaba que estuviera vacía, que lo que había visto hubiera sido sólo un espejismo producto de mi imaginación. Pero seguía allí.
Tragué saliva nerviosamente. De repente parecía que mis padres, en alguna época, habían sido prácticamente el centro del universo. Me sentí enfadada con ellos, más que cuando no me dejaban escuchar sus conversaciones, o me mandaban a dormir a la mitad de alguno de los relatos de los viajeros. Aquello era mucho más importante, les concernía directamente y era posible que también a mí. Y nunca me habían dicho una palabra. Decidí emprender el camino en aquel mismo momento. Quién sabe lo que me tenían preparado ahora.
La nieve comenzó a caer de nuevo sobre el poblado, esta vez con la suavidad de las nevadas que anunciaban el invierno, una nieve lenta pero constante…

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