Los Diarios Padawan (2): Diario de la Partida

Personajes originales. PG13. Aventuras. Post-ROTJ.

Rating: PG-13
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por George Lucas, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Situado unos veinte años después del final de la Rebelión. Publicado originalmente en SithNet.
Comentarios: Mi primer fic, al menos sabiendo lo que era un fic. Escrito en 1999.


Diario de la Partida

Caminé todo el día, intentando seguir una línea recta que se perdía constantemente. No miré atrás al dejar Deroine. La aldea ya estaba muerta. En una semana, tal vez menos, el viento, el hielo y la nieve la cubrirían convirtiéndolo en una tumba oculta. La naturaleza fiera de Hoth recuperaría aquel pequeño espacio que le habían arrebatado unos simples colonos. Allí no quedaría nada para demostrar que, alguna vez, había existido vida.


Hoth era un planeta relativamente desconocido para la Galaxia, que se había expandido con rapidez desde la caída del Imperio. Situado en el antiguo Borde Exterior, siendo una especie de frontera hacia las nuevas colonias, sus temperaturas asesinas, las tormentas constantes y la enorme distancia hasta Coruscant o cualquier otro mundo medianamente civilizado, habían hecho de él un planeta sin interés. Durante la guerra, la Alianza Rebelde instaló la base de Echo en lo que ahora es New Echo, la ciudad más grande de Hoth. A decir verdad, hace las veces de capital, ya que es la única ciudad propiamente dicha. Luego estaba Tee-Niba, el principal espaciopuerto. Aparte de eso, no hay más núcleos de población que las aldeas como Deroine. Si mis padres habían querido esconderse, no pudieron elegir lugar más adecuado.


El destino no podía haber escogido peor momento para hacerme marchar. Cuando comienza la temporada fría, el Hishe, como se llama en Girei, las tormentas de nieve se alternan con las Rebish. Aunque puede no parecerlo, las Rebish, con su caída de copos lenta y abundante son bastante más peligrosas. Poseen una belleza casi hipnótica. Basta que te quedes contemplándola unos momentos para sentir la congelación en los pies. Durante la noche, la nieve puede enterrar pueblos enteros con un manto espeso y consistente, difícil de romper una vez que se endurece. Esa era la razón principal por la que no encontraría viajeros; durante el Hishe las llanuras de Berik son intransitables a no ser que lleves contigo generadores de calor en perfecto estado y con energía suficiente para funcionar a plena potencia durante toda la noche. A esto tenía que añadir las migraciones de wampas. Los wampas eran los únicos animales peligrosos de Hoth, carnívoros implacables. Un wampa podía matarte de un sólo mordisco. Vivían entre las montañas, pero durante los cambios de estación se aventuraban a bajar hacia el sur. De pequeña había escuchado historias horribles sobre aldeas completas destrozados por un único wampa. Había que estar muy loco para viajar en esta época. Y yo que siempre me creí medianamente sensata había tomado el camino sin meditarlo siquiera, confiando ciegamente en las instrucciones de mis padres.


Cuando empezó a anochecer ya estaba aterrorizada. Aunque conocía las nociones de orientación en la nieve, especialmente difíciles porque aquí el sol casi nunca se deja ver, jamás había tenido que llevarlas a la práctica. La duda ante la dirección que había seguido durante todo el día era demasiado fuerte para ignorarla. Una de las pruebas necesitaba dos ratas keroonies, pero no tenía ninguna. La otra consistía en derretir un poco de nieve en el suelo, observando la dirección que toma el agua. Nunca se había determinado el por qué, pero era un hecho cierto que se dirigiría en dirección opuesta a las montañas. Sin pararme del todo, abrí el baúl con cuidado sacando lo único que me sería de ayuda en ese momento.


El mango de la espada láser, visto ahora con más detenimiento, estaba cubierto de raspaduras producidas por el uso. En la parte inferior tenía una pequeña arandela metálica; en el extremo opuesto había un pequeño disco, parecido a los reflectores que usábamos para condensar la potencia de los generadores. Pero por su curva y la manera en que estaba tallado, debía necesitar una enorme cantidad de energía. Con los guantes y demás telas que llevaba no podía averiguar exactamente de qué estaba hecho, aunque era ligero incluso para ser un arma. Lo sostuve en mi mano derecha unos instantes; dejé de andar para presionar el botón superior con desconfianza.


Un rayo de luz brillante azulada surgió instantáneamente del extraño reflector. Así que no era un simple cuento para niños o una leyenda... eso era una espada láser, y había sido usada por un Jedi, llamado Obi-Wan Kenobi, para más señas. La moví delante de mi cara cuidando de no acercarme demasiado, y emitió un tenue zumbido. Luego, la hundí en la nieve hasta la mitad de la hoja. Hizo un agujero de varios palmos de diámetro, en tan poco tiempo que casi no pude comprobar que, efectivamente, había caminado en la dirección adecuada, antes de que los bordes volvieran a congelarse. Debía continuar, pero estaba cansada. Si hubiera tenido que hacer la travesía en la época más cálida, quizá la ropa me habría bastado; despertaría con una fina capa de hielo y tal vez nieve cubriéndome, pero nada demasiado consistente. En cambio, en esta época del año, no podía ni siquiera pensar en detenerme.


Apagué y guardé la espada láser de mala gana. Me sentía más cómoda con ella en la mano, pero no tenía ni idea de cómo funcionaba la alimentación de energía. Podía volver a necesitarla. Apenas había dado unos pasos cuando me detuve bruscamente conteniendo la respiración. Una figura me cortaba el paso a pocos metros por delante. No sin alivio, deseché la idea de que fuera un wampa, viendo que era humana, un hombre al parecer, poco más alto que yo. Avanzó con pasos extrañamente ligeros y ágiles, sin dificultad, entrando en mi campo de visión.


Llevaba la cara descubierta. Por un instante esto me dejó tan sorprendida que no acerté a mirarle. Yo llevaba varias capas de mis vecinos tapándome por completo a excepción de los ojos, y, aún así, notaba el frío. Él, en cambio, sólo llevaba sobre la cabeza la capucha de su capa, ropas que no le hubieran protegido ni siquiera en la estación más cálida. En teoría, debería estar muerto por efecto del frío; y parecía no darse cuenta. Avanzó hasta quedar a pocos pasos, sonriente. Era joven y de aspecto cordial. Bajo la capucha se veían sus ojos, de un azul brillante. Quizá eran ilusiones de la nieve, pero... no, no estaba viendo espejismos. Todo él estaba cubierto de una pálida luz azulada, casi translúcida. Alargué la mano hacia su cara sin saber lo que iba a suceder... y no encontró nada. Veía al chico, pero mi mano pasaba a través suyo.

- No tengas miedo, Adhara - dijo cuando, asustada, oculté mi brazo bajo la túnica. Aquello era enloquecedor. - No tengas miedo - repitió.


Y a un suave gesto de su mano, todo me pareció perfectamente normal. Hablar con alguien inexistente (¡¡¡alguien que debería estar convertido en una estatua de hielo!!!) en medio de la llanura de Berik no tenía nada de extraordinario. Como si fuéramos viejos conocidos.

- ¿Estás cansada?

- No ha sido un día muy bueno. Pero se nota que eres extranjero. No se duerme fuera en el Hishe. Están los wampas, el hielo, las tormentas...

- Estoy aquí para protegerte - dijo, interrumpiendo la interminable lista de inconvenientes con voz tranquila. - Duerme.

Aquello era irreal. Conversaciones irreales en lugares irreales... Tal vez pronto me daría cuenta de que estaba durmiendo en mi cuarto, esperando que las voces irritadas de los sullustanos dieran la señal de comienzo del día. Pero de alguna forma, me daba igual. En aquellos momentos, me hubiera dado igual estar en las llanuras de Berik que haciendo espacio-stop en alguna subestación de tránsito. Caí en la nieve agotada.

Dormí hecha un ovillo hasta el amanecer, cuando el extraño silencio que se adueña de Hoth al clarear me desveló. Un par de veces durante la noche desperté confusamente, y al abrir los ojos veía a aquel joven sentado junto a mí. Pero ahora había desaparecido. Estaba tumbada en medio de un extraño círculo, como si una pared invisible me hubiera aislado, conteniendo la nieve alrededor. Me puse en pie convencida de que, por mucho que lo intentase, no iba a entender nada. Así que ¿para qué romperme la cabeza? Simplemente, había conseguido dormir.

Y mientras comenzaba a andar de nuevo, me di cuenta que me había venido bien. Me sentía más llena de energía, con fuerzas suficientes para acabar lo que fuera que había empezado.

Un día completo, andando totalmente sola, por las llanuras de Berik da para pensar mucho. Y dos aún más. Para nuestros vecinos, el pensar mucho tiempo en algo era una pérdida de tiempo. Había un refrán en Hoth que decía "Piensa mucho una cosa, y para cuando te lo quieras comer ya estará congelado". En cambio, mis padres me habían enseñado a meditar todo antes de hacerlo, o decirlo. Me habían enseñado a pensar de verdad. El primer día me había dedicado básicamente a hacerme una pregunta: ¿Por qué?. No había tenido respuesta. Tras aquel día de desesperación (acompañado por etapas de enfado contra toda la Galaxia y mis padres en particular) dediqué el segundo a pensar en aquel chico, mi guardián. Incluso le llamé en voz alta, a gritos en algunos momentos, pero no acudió. Hasta le inventé un nombre: Aer-Bervol. Aer, de Aeros, el sullustano que me fabricaba pequeños muñecos con pedazos de metal para que no me aburriera de pequeña, Be de Berik por aquellas malditas llanuras, y Vol de volar, algo que siempre había deseado, y quizá ahora pudiera cumplir. En realidad, ninguna de las tres palabras tenía que ver con la aparición, pero no creía que le importase demasiado. Además, distrayéndome así apenas tenía tiempo para darme cuenta de la realidad: no sabía a dónde iba, ni por qué. Y mucho menos, qué pasaría cuando llegara.

Había estado tanto tiempo andando, que cuando, poco antes de la noche, divisé una elevación del terreno, estuve a punto de ignorarla. Después eché a correr.

La estructura abovedada parecía un simple amontonamiento de nieve desde lejos. De cerca, también hubiera pasado por ello, de no ser porque encima suyo la nieve era casi líquida. Esto sólo lo aprecié cuando llegué sin aliento hasta ella. Alcé la vista, hacia la parte superior de la cúpula, tan alta como dos hombres. La observé un buen rato sin decidirme por mi próximo movimiento. Después, lentamente, alargué el brazo. La nieve se deshizo fácilmente, revelando una superficie blanca, artificial. Casi... casi parecía despedir calor. Con cuidado, y sin atreverme a descubrirme la cara del todo, me acerqué al material. Posé mi frente en él notando su tibieza, una calidez que no sentía desde hacía dos noches, cuando dormía tranquila en mi habitación... pero no era momento de recuerdos. Ya no cabía ninguna duda. Aquella cúpula poseía una red de termogeneradores especial, de gran calidad y potencia. Sólo así se explicaba que no estuviese enterrada bajo capas de hielo. A alguien le había interesado mucho mantenerla a punto.

Di varias vueltas alrededor. También encontré el lugar donde debían hallarse los generadores, un recuadro en el que no había ni siquiera aguanieve. El viento había amainado y pude oír su funcionamiento, uniforme y rítmico. Ya no podía esperar. Había llegado el momento de averiguar qué era aquello. Saqué el hológrafo.

- Extraño ¿verdad? Una buena construcción y un buen lugar para que no lo encuentre nadie indeseable. Parece que ya has completado tu primera prueba. - y allí, a mi lado y salido de la nada, Aer había vuelto a pegarme un susto de muerte. Observaba atentamente la cúpula, como había hecho yo momentos antes. Ni siquiera me miró. - Pulsa ese botón.

Obedecí ciegamente y, sin querer, centré mi atención en el proceso que acababa de activar. Un sonido metálico, similar al de los rústicos sistemas de hidratación mecánica en los invernaderos, se amplificó progresivamente. La cúpula tembló unos segundos; después se abrió como una fruta de Kwop madura, plegándose a ambos lados del centro. Y allí, tan nuevo como recién salido de fábrica, esperaba un Aldera NR. Plateado, elegante... perfecto. Contemplé como en sueños sus alerones desplegables, abiertos en cuña; la suave forma de flecha de la cabina de pilotaje, y entre las dos alas principales, el espacio destinado a bodega de carga y dormitorio. Una nave pequeña pero preparada para el hiperespacio. Las naves en las que mi padre había realizado misiones humanitarias justo después de la Guerra. Él era quien me había hablado de aquellos modelos, los primeros construidos en Nuevo Alderaan, diseñados para viajes a cualquier parte de la Galaxia y, como todos los productos alderaanianos, totalmente pacífica. Ni blásters, ni misiles de ignición remota, ni cañones de partículas... sólo un escudo deflector. Simplemente, una nave para viajar. "Así deberían ser todas" acababa siempre mi padre tras dibujármela en la nieve.

- Sabías lo que era, ¿verdad? - pero Aer había desaparecido, de nuevo, sin dejar rastro. Algo me decía que jamás iba a poder mantener una conversación coherente con él. Tragué saliva acercándome a la nave. "Tal vez mi nave, algún día" dije en voz alta unas cuantas veces, tanto para ver cómo sonaba como también para hacerme a la idea. Porque si la habían puesto en mi camino, era para que me sacara de allí. Quizá aún no pudiera decir que era realmente mía, pero quizá en unos años…

Pasé las manos con suavidad, prácticamente con veneración, cruzando una y otra vez bajo la cabina. Era algo más grande de lo que imaginaba. Medía unos veinticinco pies de largo, y veinte de un ala principal a otra. Sólo las secundarias, alineadas tras las mayores en grupos de dos, ya eran más grandes que yo. En el costado derecho, sobre el metal plateado y justo bajo los cristales del piloto, grandes letras doradas en Toomein decían "Estrella de Hoth". Saltando de emoción como si tuviera tres años corrí hacia la escotilla de entrada, en la parte posterior. Accioné el identificador digital y la compuerta se abrió con un sonido sordo.

El interior resultaba aún mejor de lo que mi padre contaba. La bodega de carga era tan grande como mi casa de Deroine. Cuatro literas, dos a cada pared, permanecían comprimidas en sus cajones. Cerré la escotilla. Gracias a mi padre conocía aquella nave como si hubiera vivido en ella. Sabía que, en la cabina de pilotaje, los instrumentos ya estarían preparados para volar, activados junto con todas las luces al abrir la compuerta. Mis pasos resonaron metálicos dando vueltas por la habitación. Por primera vez en mi vida estaba en una nave de verdad, una nave que había atravesado la Galaxia... y que volvería a hacerlo, pero conmigo a los mandos.

En los diagramas sobre la nieve de mi padre el tablero de mandos parecía más sencillo, pero supe perfectamente que podría manejarme sin problemas. Me senté en el sillón principal (había dos más, uno de copiloto y otro detrás), me volví a levantar y repetí el procedimiento cinco o seis veces. Al final, respiré hondo, me puse el auricular de control y me acomodé en la piel cómoda y caliente de los sillones. Desde que había cerrado la puerta exterior, la nave se había caldeado. Los sistemas parecían funcionar perfectamente. Recordando aquellas lecciones que pensé que jamás usaría, comprobé los instrumentos varias veces. Y, por fin, cerrando los ojos, encendí los motores principales.

Funcionaban. Salté en el asiento nerviosa. Ahora debía encender los controles de elevación y atravesar la atmósfera... pero algo iba mal. En la pantalla principal, justo bajo mis ojos, un mensaje parpadeaba. Un mensaje del que mi padre no me había explicado nada. Decía "Piloto automático activado. Iniciando ruta". Y la nave despegó sola.

Me levanté aterrorizada. Padre nunca, jamás, me había contado nada sobre el piloto automático. Presioné varios botones, pero en el sistema de navegación aparecía siempre lo mismo: "Piloto automático imposible de desactivar sin contraseña. Contraseña incorrecta". No había nada que hacer. Sólo esperaba que mis padres no hubieran elegido unas coordenadas equivocadas. Decidí sentarme y disfrutar de la vista y mi primer salto al hiperespacio. Cualquier planeta sería bueno, o eso pensaba.

Y fue entonces cuando me di cuenta de a dónde iba. Me dirigía al único lugar de la Galaxia al que jamás habría ido; de todos los planetas de los que me habían hablado, era el único que odiaba inconscientemente. Y ahora que ya había dejado de introducir contraseñas erróneas, la ruta brillaba en la pantalla: "Ruta iniciada. Salto al hiperespacio programado dentro de tres minutos. Coordenadas de ruta correspondientes a: Tatooine"

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