Los Diarios Padawan (3): Diario de la Búsqueda

Personajes originales. PG13. Aventuras. Post-ROTJ

Rating: PG-13
Disclaimer: Esta historia está basada en personajes y situaciones creadas por George Lucas, utilizados sin ánimo de lucro.
Notas: Situado unos veinte años después del final de la Rebelión. Publicado originalmente en SithNet.
Comentarios: Mi primer fic, al menos sabiendo lo que era un fic. Escrito en 1999.


Diario de la Búsqueda

Describir Wagga Yaum a cualquiera que no lo conozca es casi imposible si no eres un droide de creación literaria o alguien medianamente preparado. Ninguna de las dos cosas abundan en Tatooine (dudo que ni siquiera existan). Para empezar, Wagga Yaum es una ciudad construida a partir de otra ciudad, Urken. Tras la caída del Imperio, Tatooine se convirtió en el punto de destino para la mayoría de los que no deseaban ser encontrados. Urken comenzó a crecer a un ritmo vertiginoso y en poco tiempo ya doblaba su tamaño original, y siguió recibiendo aquella afluencia adicional de fugitivos. Actualmente Urken es simplemente un barrio de los muchos que componen la ciudad; su situación central lo convertía en lo más parecido a un núcleo pero únicamente se distinguía por conservar su mercado tradicional, la base de todos los negocios, cambios y amaños de Wagga Yaum. Los tenderetes ocupan la totalidad de las calles principales apoyados en las paredes de arenisca de las casas, dejando sólo espacios por donde entrar a los toscos edificios. Las pequeñas y siniestras callejuelas que desembocan en ellas son el escondrijo preferido para los acuerdos clandestinos y otras actividades no menos prohibidas.

Volviendo al mercado en sí, hay puestos donde venden cualquier cosa; frutas traídas de los nuevos territorios aliados de la República junto a condensadores de energía para transbordadores; calzas hechas con piel de unas ratas que pululan por ahí, las womp, parecidas a las keroonies pero con una sucia piel marrón; y bolsas de piel de bantha… Eso sumado al bullicio y al constante mestizaje de culturas que se da en todos los espaciopuertos, pero que en Wagga Yaum parece amplificado, le da un ambiente especial que no gusta a mucha gente, pero también hechiza a otros seres. Hay Ingos que se deslizan entre tus pies y trepan por las barras de los toldos cuando desean comprar algo, grupos de Wanges jugándose miles de créditos en las peleas callejeras de dugs y otras especies poco conocidas se mezclaban con los nativos de Tatooine; los jawas, tusken raiders, humanos y demás criminales que llevaban años en el planeta.

Entre tal variedad podría parecer fácil pasar desapercibido, pero no lo es. Hay miles de ojos en las calles de Urken, y en aquellos momentos al menos los de dos orgánicos y tres droides seguían mis pasos…

Mientras intentaba avanzar entre los puestos, una figura pequeña esquivó la multitud con la habilidad de quien no ha hecho otra cosa en toda la vida, buscó una pequeña elevación y salió de la ciudad extendiendo sus ocultas alas mecánicas, rumbo al Mar de Dunas oriental. Aunque me hubiera percatado de su vigilancia, no le habría reconocido como el droide Counzo de memoria holográfica que era. Posiblemente le hubiera tomado por uno más de los especímenes desconocidos que me rodeaban. Su cobertura exterior, diferente a la de cualquier otro Counzo, imitaba perfectamente una piel orgánica. De cualquier modo en aquel lugar podía estar buscando a otro ser, entre la población casi exclusiva de nareos, como se llamaba a los forajidos en Hoth.

Llevaba ya un buen rato por allí y la cabeza empezaba a dolerme. El ambiente del mercado, unido al calor asfixiante, era un cambio demasiado opuesto a la agradable temperatura de la nave como para que mi mente y mi cuerpo lo aguantaran sin quejarse. Eso, a pesar de que al entrar en la órbita del planeta decidí cambiarme de ropa. El viaje había sido tranquilo y rápido. Una vez realizado el salto al hiperespacio, la nave había seguido su ruta y yo no tenía nada que hacer en la cabina de piloto. Así que decidí fijarme algo más en mi extraño equipaje. Había abierto el baúl para vaciarle del todo y, como había imaginado, la tela fina y suave que reposaba en el fondo era un vestido. Muy sencillo, fresco, blanco... jamás me había puesto nada parecido. Comparándolo con las pesadas ropas que se deben llevar en Hoth, iba casi desnuda. También encontré dinero, una gran cantidad de créditos en una pequeña bolsa bajo el vestido. Me costó bastante decidirme a dejar la nave. Mi sentido común aconsejaba continuar con los intentos de desconectar el piloto automático, porque nada más posarse a las afueras de la ciudad, los mandos se habían bloqueado. Pero por otra parte, ya que estaba allí no podía negar que me apetecía conocer una ciudad. Por primera vez, iba a estar en un lugar vivo de verdad. Así que me eché la capa más fina que traía por encima de los hombros, cogí 1000 créditos, oculté la espada láser entre los abundantes pliegues de la falda y acabé dirigiendo mis pasos hacia Wagga Yaum.

Ahora a mi alrededor todos parecían encontrarse de maravilla, gritaban y reían a carcajadas ignorando los soles gemelos, que castigaban con toda la fuerza de su calor el mercado. Un par de veces la vista se me nubló, a punto de perder el conocimiento. La temperatura era insoportable, para alguien que ha vivido siempre entre nieves eternas; encontré una bocacalle estrecha, desierta, a la sombra, con el mismo alivio de los mercaderes que veían las luces de Deroine en medio de las tormentas. Apoyándome en la pared de arenisca, cerré los ojos notando que mi mente regresaba. Ni siquiera llevaba medio día en Tatooine, y ya sabía con certeza que aquel planeta no me gustaba. Había vagado sin rumbo durante toda la mañana, asustándome de cualquier ser que se acercara más de tres pasos. No sabía por qué la nave me había traído hasta allí; tal vez por un error de coordenadas, o algunos datos residuales del piloto automático que mis padres no habían tenido en cuenta. Lo cierto es que en cuanto me encontrara mejor, buscaría a algún viajero como yo (perdido, atemorizado, solo…) que pudiera sacarnos a los dos de Tatooine, y de paso me enseñara a pilotar la nave en condiciones. O pagaría a un corelliano para que me llevara hasta la Estación Centralia, y una vez allí trataría de ingresar en la Academia de Vuelo de Wedge Antilles. Sí… hasta ahora no había recordado lo mucho que soñaba de pequeña con la Academia del general Antilles. Estaba impaciente por marcharme.

Separándome de la pared sacudí con cuidado la arena que se había pegado en el vestido y mi pelo . Al llevarme la mano a la cintura tuve una desagradable sorpresa: la bolsa con los 1000 créditos ya no estaba allí. Los malditos ladrones de Tatooine me la habían jugado en alguno de aquellos choques "accidentales" en la apretada plaza del mercado. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Me llevé las manos a la cabeza dando la espalda a la calle principal. Dos figuras se acercaron sigilosas.

- ¿¡¿Ama Leranna?!? -

Me pegaron un susto de muerte. Giré bruscamente y encontré un droide antiguo, muy antiguo pero bien conservado. Algunas marcas opacas en las juntas del metal demostraban que había sido remetalizado varias veces, pero el modelo debía ser anterior a la Guerra Civil Galáctica, tal vez incluso anterior a las Guerras Clónicas. Cualquier habitante de la Galaxia, tanto si vivía en Coruscant o Nuevo Alderaan, como en la aldea más remota de Hoth, sabía que los androides de protocolo no se fabricaban con forma humana desde la caída del Imperio. Y si a esto añadimos que la vida media de un mecánico es de unos diez inviernos debido a las constantes modernizaciones de sistemas, estaba ante lo que podría llamarse un androide especial. Era plateado, y bajito, debido posiblemente a un error de fabricación. Tenía la cabeza ladeada y esto le daba un aspecto de extrañeza. Abrí la boca intentando decir algo, por lo menos preguntar a qué Leranna se refería. Una cascada de pitidos nerviosos me cortó obligándome a mirar hacia abajo, a un droide que no había visto aún.

Este era un mecánico que me sonaba familiar, aunque no recordaba de qué. Bajito, con una cabeza desproporcionada en comparación con su cuerpo, tenía un pequeño círculo en la parte delantera, lo que podría llamar su cara. Parecía un botón... eso fue lo que me dio la pista. Era un Pit Droid, un androide de ayuda mecánica en boxes. Les había visto despiezados en la cabaña de los sullustanos, porque en Hoth no servían para mucho. Por lo visto, se hundían constantemente en la nieve y se negaban por sí solos a realizar el duro trabajo en los invernaderos. Así que mis vecinos los desmontaban, canibalizando sus piezas de manera que sirvieran a otras máquinas. Lo que más me extrañaba, era que pudiera expresarse mediante esos pitidos. No recordaba haber visto ningún módulo de sonido entre las piezas en Deroine. Saltó un par de veces, a punto de caer, mientras emitía otra serie de chirridos que para mí no tenían ningún significado. El droide de protocolo asintió bajando la cabeza.

- Vaya, lo siento, mis sensores visuales ya no son lo que eran - supongo que hablaba sobre mí: no parecía darse cuenta de que el otro tenía algo que decir hasta que un zumbido de impaciencia lo sacó de sus razonamientos. Primero me miró a mí, luego al Pit Droid y de nuevo volvió la cabeza observándome.

- No puede ser… aunque ¡por todos mis circuitos! ¡Claro que sí es ella!

- Perdonad, ¿os conozco?

En un principio, la estúpida conversación me había hecho gracia. Ahora ya empezaba a resultar preocupante. Quizá esos dos, pese a su aspecto simple y agradable, eran otro par de delincuentes. Quizá ya me había metido en líos. Comprobé que el láser continuaba oculto bajo los pliegues del vestido pero confié en no tener que usarlo; con mi grado de habilidad, tal vez representara mayor peligro para mí que para los robots.

- No, no nos conoces, pero servimos a tu familia - el Pit Droid pitaba y saltaba alternativamente. De no haberse tratado de un androide, lo hubiera tomado por una expresión feliz - No hay duda. Eres una auténtica Ardekies, hija de Leranna.

Retrocedí prácticamente de un salto y me llevé la mano a la boca sin salir de mi asombro. ¿Cómo sabía un robot, un robot de un planeta desconocido, a quien no había visto en mi vida, algo que yo misma había averiguado días antes? Lo más extraño era que afirmaba trabajar para mi familia. Podría haber aceptado que el otro, el mecánico, hubiera conocido a mis padres, pero no me entraba en la cabeza que aún los recordara. En cuanto al de protocolo, sencillamente no le podía encajar en sus vidas. ¡Maldita sea! Todo era demasiado extraño desde hacía unos días…

- Soy Nooti, un droide de protocolo versión H29.4 y este es Baartos, un simple droide de boxes.

Baartos ignoró el comentario, más cariñoso que despectivo, y emitió un bip risueño andando hacia mí. A estas alturas tengo que aclarar que jamás me habían gustado los androides. Los veía como unas máquinas desagradecidas, costosas de reparar y a menudo peligrosas. Cuando vivía en Deroine no me acercaba a ellos, primero por miedo y después por puro desprecio. Sentí la tentación de apartarme de éste, pero me limité a removerme intranquila. Después de todo apenas me llegaba a la cintura.

- Tenías razón, Baartos, era ella. Menos mal que me lo dijiste. Imagina que no te hubiera hecho caso... - hablaba sin parar incluso cuando no era escuchado. En cierto modo, tuve la certeza de que no representaban ningún peligro. Casi con seguridad podrían serme de ayuda. Tenían una memoria de mayor capacidad de la normal (los mecánicos no suelen recordar lo sucedido más de unos siete años antes) y, por tanto, gran cantidad de información, entre todos aquellos enlaces metálicos que me ponían los pelos de punta.

"Cuidado" soñó una voz clara en mi cabeza, pero no se refería a los robots. Alcé la vista para descubrir, justo detrás de Nooti, a dos nativos de mal aspecto. El droide interrumpió su discurso de "qué bien que te hice caso" al seguir mi mirada.

- Por los soles de Tatooine... - Nooti alzó las manos en un gesto que tanto podía ser una especie de saludo local como un "No llevo nada de valor", acompañando el movimiento con unos monosílabos breves y secos. Un idioma totalmente desconocido para mí.

Me desplacé hacia un lado para verles del todo. Los dos pertenecían a la misma raza. La piel escamosa color marrón, largas patas de aspecto vegetal y enormes tentáculos en lugar de brazos, acabado en unas manos deformes y aparentemente pesadas. Llevaban algo parecido a una armadura, y casco. Aún así se podía ver que tenían sus cabezas humanoides cubiertas de cicatrices, sobre todo alrededor de los ojos, totalmente redondos y hundidos. No eran exactamente la clase de seres en los que confiaría a simple vista. El que parecía el jefe, con una fea herida atravesándole la cara, dijo algo a Nooti.

- ¿Qué te ha dicho?

- Son Shaggies, mi señora. Acaba de decir que no le interesan los droides... pero que por una muchacha humana joven le sacarían 100000 créditos a cualquier... Hutt...

Había tenido la suerte de no encontrar nunca a un Hutt, pero eso no significaba que desconociese sus costumbres. Eran, sin excepción, unos bichos repugnantes, malvados y ladrones. Amasaban fortunas y contrataban mercenarios para todos los trabajos sucios. En realidad, nunca he comprendido cómo seres que estarían totalmente indefensos sin la protección de sus matones, conseguían dominar ciudades como Wagga Yaum, aparentemente reductos de libertad total. Ni siquiera la Nueva República había conseguido acabar con sus imperios criminales. Tampoco me apetecía averiguar el secreto de su éxito.

De improviso, Baartos salió disparado en dirección a uno de los shaggies. La acometida, tan inesperada como temeraria, pilló de sorpresa al esclavista. Con una velocidad asombrosa en un droide, tomó impulso y saltó encogido contra el más cercano. Impactó de lleno contra las delgadas patas. Un crujido seco y desagradable anunció la rotura de alguna, o las dos extremidades. El shaggi trastabilló unos segundos para caer aullando al suelo pero el robot, con un movimiento preciso de su brazo eléctrico, le aturdió callándole. La otra criatura derribó furiosamente a Baartos con un golpe de sus tentáculos, aunque fue evidente que no le interesaba destruirle. Incapaz de mantener el equilibrio, el Pit Droid voló unos metros hasta chocar con la pared y Nooti se acercó a ayudarle.

Pensé que tras aquello, el otro shaggi se marcharía. Pero no fue así. Nooti había corrido hacia Baartos, dejando al shaggi parte del camino libre. Se agachó para tomar impulso y saltó sobre los robots hasta quedar frente a mí. Gruñó mostrando una especie de sonrisa. "Empújale" escuché. Tratando de dejar los espejismos para otro momento, intenté concentrarme en cómo salir de aquel lío. En un instante, sin pensarlo, el miedo que me paralizaba se convirtió en furia. Al abrir los ojos miraba al shaggi de otra forma. La ira, ahora condensada en alguna parte de mi mente, me dominó por completo. Vi que yo ya no era la presa. Él también. El miedo paralizó sus ojos de reptil sin intentar escapar. Levanté la mano y dejé salir la cólera entre mis dedos. No pensé en empujarle. Pensé en lo mucho que me gustaría que muriese. Cayó al suelo retorciéndose entre descargas de energía, menos afortunado que su compañero; al menos las patas rotas se curan. Y entonces perdí el conocimiento, derrumbándome peligrosamente cerca del shaggi agonizante, que empezaba a oler a quemado.

Una vez, cuando tenía seis años, llegaron tres comerciantes de Sirania con un niño algo mayor que yo. Por aquel entonces yo sólo tenía una distracción; con los restos de chatarra que me daban los sullustanos a menudo, construía pequeñas naves en las que montaba algunas ratas keroonies. Luego, las colocaba sobre las placas de hielo y organizaba carreras. Aquel día me desperté pronto. Amenazaba tormenta y quería guardar las ratas en casa, porque el tosco corral que las había montado, en la parte trasera de la casa, no superaría ni siquiera los primeros vientos. Pero cuando llegué al pequeño cercado donde las tenía se me cortó la respiración. Las seis o siete keroonies que había por la noche eran un montón de jirones de piel sanguinolenta y huesos mordisqueados. No supe qué había pasado hasta que escuché una carcajada sobre mi cabeza. El niño siranio, sentado en el techo del cobertizo, acariciaba a un pequeño erakini marrón oscuro que aún roía un pedazo de carne con sus diminutos dientes afilados. Le grité casi a punto de llorar.

-¡¿Por qué has hecho esto?!

- Creí que eran comida para los animales - mintió sonriente. Durante la cena la noche anterior, yo había hablado sin descanso con mi padre sobre la necesidad de que me construyese un pequeño corral interior para guardarlas. El niño lo había escuchado con atención. Le odié por lo que había hecho; deseé que él y su erakini sufrieran, igual que las ratas. Quise que se cayera del cobertizo.

Y se cayó. No resbaló ni fue derribado por un movimiento brusco del erakini. Simplemente noté cómo le empujaba con unas manos invisibles, estrellándole con fuerza contra el suelo.

En condiciones normales, esa caída no hubiera significado más que unas simples magulladuras, tal vez ni eso. La nieve alrededor de las casas solía estar blanda. Pero aquello no eran condiciones normales. El erakini murió aplastado por el niño; él se rompió una brazo y la nariz. Para casi todo el mundo, fue un accidente, un resbalón, una mala caída. Aquella noche mis padres se quedaron despiertos, hablando, hasta poco antes del amanecer. Por la mañana padre construyó un corral pequeño que instaló en mi cuarto silenciosamente. Y el episodio quedó olvidado para mí. Ahora, mientras estaba inconsciente en alguna parte de un montón de arena mal llamado planeta, sentía la misma emoción que cuando tiré al niño del tejado, una sensación fría de poder en la palma de mi mano. Porque de pronto supe que había sido yo la única responsable. La imagen de aquella pequeña de seis años se disipó en una niebla oscura y densa que lo cubrió todo.

Durante minutos, horas, o tal vez años, seguí perdida en aquella bruma, tan negra como el espacio que había visto desde la cabina de la nave, pero sin estrellas. Una sola luz brillaba tenuemente a lo lejos, velada por una figura de porte siniestro que parecía llamarme. Quise correr hacia ella.

- ¡No! - Aerbevol se materializó a mi lado, pero esta vez tan real como yo misma. Miró unos instantes hacia la luz y luego volvió la vista hacia mí, agarrándome de un brazo.

- No lo hagas, Adhara. No comiences este viaje y despierta.

- Despierte señora, despierte… - nadie me había llamado señora en toda mi vida. Nooti lo hacía además con un tono preocupado y respetuoso que quedaba muy fuera de lugar en Wagga Yaum. Pero ya no estábamos en la ciudad. Abrí los ojos a un cielo azul brillante, despejado de las naves que atravesaban incesantemente el aire de la capital. Estaba tumbada en la parte trasera de un landspeeder cochambroso, rodeada de cajones de comida suficientes como para aguantar un invierno en Hoth. Baartos, que manejaba el destartalado vehículo, giró la cabeza hacia la parte trasera emitiendo un bip suave.

- ¡Por supuesto que está bien! Y además nos ha salvado - dijo Nooti a Baartos.

Bebí el agua del odre que me ofreció, demasiado caliente y desmineralizada como para quitarme la sed. Aún así fue agradable mojarme los labios y la cara. Los soles gemelos pegaban de lleno el Mar de Dunas. Ni siquiera el aire que producía el movimiento del landspeeder conseguía refrescar un poco el insoportable calor de aquel condenado lugar.

- Os encontráis bien, ¿verdad señora?

Asentí incorporándome. Pensando bien la pregunta, y dejando aparte la sed y el calor, me sentía igual que la noche que dormí en la nieve. Totalmente llena de energía. Hubiera podido trabajar todo el día en la casa y luego ayudar a mi madre en el invernadero sin cansarme lo más mínimo. La idea pasó por mi cabeza fugazmente, hasta que reconocí la verdad. Madre había muerto. Aquella nueva percepción de encontrarla cuando llegáramos al final del trayecto, que aumentaba a cada instante, era estúpida. Y sin embargo, existía.

Intentando apartarla de mis pensamientos, no tuve más remedio que hacer lo único que podía. Comenzar una conversación con el droide de protocolo. De momento preferí no saber a dónde me conducían, aunque prácticamente estaba segura de que sería bueno. En cierta manera, me importaba bastante poco. Así que deseché la pregunta de "¿A dónde me lleváis?".

- ¿Dónde estamos?

- En el Mar de Dunas, señora. Para ser exactos, nos dirigimos hacia la zona Occidental de Anchorhead. Por si lo desconocéis, Anchorhead fue una ciudad mediana creada en el… - y desgranó montones de datos aburridos sobre las granjas de humedad, el comercio y los peligros de los habitantes del desierto. En buena hora se me había ocurrido preguntarle nada a un droide de protocolo. Expertos en historia, idiomas... pero nunca había imaginado que resultaran tan pedantes. Por fin, acabó.

- Fue destruida por los últimos restos del Imperio justo después de la Batalla de Endor. Actualmente sólo el amo y nosotros vivimos allí. Mire, ya llegamos.

Asomé un poco por el borde del vehículo. Ni siquiera una tormenta de nieve hubiera podido levantarme. Y por supuesto que, precisamente en Tatooine, una tormenta de nieve era lo último que podía suceder. Aún lejos, o eso parecía en aquel vasto desierto, pude ver lo que llamaban una granja de humedad. Una construcción semiesférica mediana con varios edificios pequeños alrededor. El humo blanco de vapor era la única prueba de que funcionaba. Cuando estuvimos ya cerca, me di cuenta que lo que me habían parecido cobertizos eran simplemente grupos de máquinas. Resultaban similares a los condensadores de nieve que usábamos en los invernaderos de Hoth, aunque era obvio que en Tatooine no seguirían el mismo proceso. Y, al contrario de lo que había pensado, sí que había gente.

Un anciano enredaba en el interior de los artefactos, pero al escuchar nuestra llegada se incorporó. Aunque sin duda era ya mayor, salió con agilidad del entramado mecánico para acercarse a la pequeña puerta de la granja. Llevaba el largo pelo blanco recogido, y la barba le llegaba a la altura del pecho. Vestía con ropas de trabajo, tan descoloridas que dudé si alguna vez habrían tenido otro aspecto. Pero me levanté de un salto, olvidando la pereza, cuando Baartos comenzó a disminuir la velocidad del landspeeder. Jamás había visto a aquel anciano, ni siquiera había visto nunca a alguien tan mayor. Pero lo vi en sus ojos, verdes, brillantes, conocidos, incluso antes de que Nooti le hablara.

- Amo Neusen, ella es...

Y así llegué a la casa de Neusen Ardekies. Mi abuelo.

Leave a comment

About this Entry

This page contains a single entry by published on February 27, 2005 5:51 PM.

Los Diarios Padawan (2): Diario de la Partida was the previous entry in this blog.

El largo camino a Valinor (1): Ausencias y Camino is the next entry in this blog.

Find recent content on the main index or look in the archives to find all content.